Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 3

La noche cayó sobre el campamento real como un manto de terciopelo salpicado de estrellas. Amira permaneció sentada frente a Khalid, sintiendo el peso de su mirada como una presión física. El humo del incienso danzaba entre ellos, creando figuras efímeras que se desvanecían antes de poder ser nombradas.

—Has visto mi campamento, has probado mi agua, has respirado mi aire —dijo Khalid, dejando su taza sobre una bandeja de plata—. Ahora dime, ¿qué crees que soy?

Amira sostuvo su mirada sin parpadear.

—Un hombre que se ha acostumbrado a que el mundo se doble a su voluntad.

—¿Y eso te asusta?

—Me parece predecible.

La respuesta pareció tomarle por sorpresa. Khalid inclinó la cabeza, y sus dedos trazaron un círculo sobre el borde de la bandeja.

—Predecible. Hace años que nadie me llama así. La mayoría usa palabras como «temible» o «implacable».

—La mayoría no ha caminado descalza por el desierto durante dos días —respondió Amira, con un tono que bordeaba la insolencia—. La muerte te enseña a reconocer lo que realmente importa. Y las apariencias no importan.

Khalid se levantó con una lentitud deliberada, y Amira sintió cómo su instinto de lucha se tensaba en cada músculo. Pero él no se acercó a ella. Caminó hacia la entrada de la tienda, apartó la tela y miró hacia el horizonte, donde las estrellas se fundían con la línea infinita de la arena.

—Mi padre solía decir que el desierto es un espejo —dijo, sin volverse—. Te devuelve lo que eres, sin adornos, sin mentiras. He visto a hombres romperse aquí, deshacerse como azúcar en el agua, porque no podían soportar lo que veían de sí mismos.

—¿Y qué viste tú?

Khalid se volvió, y sus ojos brillaron con un reflejo de fuego.

—Suficiente para saber que no tengo miedo de lo que soy.

El viento entró en la tienda, agitando las telas y llevándose parte del humo. Amira sintió el frío del desierto en su piel, y por un momento, el silencio entre ellos fue más elocuente que cualquier palabra.

—Ahora dime —prosiguió Khalid, regresando a su asiento—, ¿qué hacía una mujer como tu en medio del desierto, a merced de traficantes?

Amira frunció el ceño. No esperaba que investigara sus documentos tan rápido.

—Necesitaba trabajo. Llegué a este país con una visa de empleo, buscando una oportunidad. Una mujer elegante, de ojos de cristal, me ofreció un puesto en un palacio. Dijo que buscaban a alguien con mis habilidades: organización, manejo de agendas, discreción. —Amira rió sin humor—. La discreción era para que no preguntara demasiado cuando me metieron en un camión sin ventanas.

—¿Y tus habilidades? —Khalid inclinó la cabeza, evaluándola—. ¿Son reales?

—Trabajé cinco años como secretaria ejecutiva en el Ministerio de Salud de mi país. Manejo cinco idiomas, sistemas de archivo, correspondencia diplomática y sé calmar a hombres con egos más grandes que este desierto. —Lo dijo con un dejo de orgullo herido—. Pero eso no impidió que me vendieran como ganado.

Khalid la observó en silencio, y Amira sintió que la desnudaba con la mirada, no en el sentido carnal, sino en el de leer cada pliegue de su alma. Finalmente, habló:

—Eres valiente. Y tonta. Caminar por el desierto sin agua es una sentencia de muerte. Pero también eres afortunada. Hoy es el día de la procesión real hacia el oasis norte, y mis hombres te vieron. Si hubiera sido otro día, estarías muerta.

—Quizás la muerte habría sido mejor —murmuró Amira, sin pensar—. Si me devuelves a ellos, preferiría morir.

Khalid inclinó la cabeza, y por un instante, algo como el respeto cruzó sus ojos.

—No te devolveré a nadie. Pero tengo una oferta que hacerte.

Amira levantó una ceja, desconfiada.

—¿Una oferta?

—Necesito una secretaria. La mía renunció hace dos semanas para casarse, y mi oficina en la ciudad es un caos. Documentos perdidos, reuniones olvidadas, clientes enfurecidos. —Khalid se inclinó hacia ella, y su cercanía la hizo contener la respiración—. Tienes las habilidades que busco. Y yo tengo lo que necesitas: protección, un salario, y un lugar donde desaparecer de quienes te quieren vender.

Amira sintió que el suelo se movía bajo ella. ¿Una oferta de trabajo? Después de todo lo que había pasado, ¿el universo le tendía una mano o una trampa?

—¿Y si me niego?

—Entonces saldrás de esta tienda y el desierto decidirá tu destino. Pero recuerda, Amira: los hombres que te capturaron pertenecen a una red que opera en toda la región. No descansarán hasta encontrarte. No solo por el dinero que perdieron, sino porque tú los viste. Eres un testigo vivo.

—¿Y trabajar para ti me garantiza que no me encontrarán?

Khalid sonrió, y fue una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que transformaba su rostro severo en algo casi humano.

—Soy el jeque de la tribu Al-Mansur. Mi palabra es ley en este territorio. Y en la ciudad, mi nombre abre puertas que para otros permanecen cerradas. Si trabajas para mí, nadie te tocará. Pero el trato tiene condiciones.




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