Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 4

El vehículo blindado atravesó las puertas de la ciudad de Al-Majd al amanecer, con sus muros de piedra dorada teñidos de rosa por el sol incipiente. Amira llevaba una túnica nueva que los hombres de Khalid le habían proporcionado, demasiado larga para su altura, y un pañuelo que olía a incienso. Durante el viaje, nadie le había dirigido la palabra excepto el conductor, un hombre de rostro impasible llamado Tariq, que se limitó a señalar los edificios más importantes mientras avanzaban por calles estrechas.

—La mezquita del Sultán, el zoco grande, la ciudadela —había enumerado con voz monótona—. La oficina del jeque está en el distrito administrativo.

Ahora, Amira se encontraba frente a un edificio de tres plantas con fachada de piedra blanca y ventanas arqueadas que miraban a una plaza adoquinada. No había ningún cartel que indicara la propiedad de Khalid Al-Mansur. Solo una placa de bronce con el grabado de un halcón.

Tariq abrió la puerta y la escoltó al interior sin ceremonias. El vestíbulo era fresco y silencioso, con suelos de mármol y una recepción vacía. Sobre el mostrador, un teléfono descolgado emitía un pitido insistente.

—Arriba —dijo Tariq, señalando una escalera de caracol—. La primera puerta a la derecha.

Amira subió los escalones con la respiración contenida, sintiendo el peso de la noche anterior como un sueño del que aún no había despertado. Había dormido apenas dos horas en la tienda de Khalid, en un catre improvisado, mientras el viento aullaba y las voces de los hombres se mezclaban con el rumor de los camellos.

La primera puerta era de madera oscura, con un pomo de latón en forma de cabeza de serpiente. Amira la empujó y se encontró en una oficina que era, para todos los efectos prácticos, un campo de batalla.

Papeles cubrían cada superficie: el escritorio de caoba, las sillas, el suelo. En un rincón, tres archivadores estaban abiertos, con carpetas colgando como lenguas moribundas. Una taza de té medio vacía albergaba un ecosistema de moho, y una planta en la ventana se inclinaba hacia el suelo con una desesperación tan humana que Amira sintió una punzada de simpatía.

—Bienvenida al caos —dijo una voz detrás de ella.

Amira se giró y encontró a un joven de bigote recortado, con gafas de montura dorada y una chaqueta demasiado grande que le quedaba como un traje prestado. Extendió la mano.

—Soy Rafiq. El primo lejano de Khalid. Encargado de... bueno, de intentar mantener esto en orden hasta que llegaras. Llegas tarde.

—Me capturaron, me vendieron, escapé a pie por el desierto y pasé la noche en una tienda real —respondió Amira con una sequedad que no admitía réplica—. ¿Eso cuenta como excusa?

Rafiq parpadeó tres veces seguidas, como un búho desconcertado.

—Ah. —Se ajustó las gafas—. Entonces... ¿sabes usar un sistema de archivo alfabético?

—Sé usar cinco sistemas diferentes, incluyendo el decimal Dewey y el código de archivos diplomáticos de la ONU.

Rafiq suspiró con un alivio tan audible que Amira casi sonrió.

—Eres mi salvación. Voy a prepararte café. Muy fuerte. Si sobrevives a eso, sobrevivirás a cualquier cosa aquí.

Mientras Rafiq desaparecía por una puerta trasera, Amira recorrió la oficina con la mirada. En la pared, detrás del escritorio principal, colgaba un mapa de la región marcado con chinchetas de colores: rojo, azul, amarillo. Unas líneas trazadas a mano unían algunos puntos, creando una red que recordaba a las venas de un cuerpo enfermo.

Se acercó al mapa y estudió los nombres: Al-Majd, el oasis norte, la ruta del comercio de especias. Y luego, en un rincón, casi borrado, el nombre de un pueblo: Umm Al-Hayal.

Reconoció el nombre. Era el pueblo donde su familia había tenido una casa, antes de la guerra. Antes de que todo ardiera.

—¿Te interesa la geografía?

La voz de Khalid llegó desde la entrada. Amira se volvió y lo encontró apoyado contra el marco de la puerta, con un traje oscuro que le sentaba como una armadura. No llevaba el turbante ni las túnicas de la noche anterior, pero su presencia llenaba la habitación con la misma intensidad.

—Solo me preguntaba por qué tienes chinchetas en un mapa de zonas tribales —respondió Amira, apartándose del mapa con una naturalidad que no sentía—. ¿Planificando una guerra?

—Planificando una cena, en realidad. —Khalid entró y dejó una carpeta sobre el escritorio—. Esta noche, en mi casa, reunión con el gobernador de la provincia sur. Necesito que tomes notas, que cronometres los discursos y que no dejes que nadie te saque de quicio.

—¿Y por qué no puede hacerlo Rafiq?

—Porque Rafiq se desmaya cuando ve a la esposa del gobernador. Es alérgico al perfume de jazmín.

Amira soltó una risa corta, a pesar de sí misma.

—Tengo mucha experiencia con esposas de gobernadores. La mayoría solo quieren que alguien escuche sus quejas sobre los banquetes y las niñeras.

Khalid la miró con una expresión que no pudo descifrar.

—¿De verdad trabajaste en un ministerio?

—Cinco años. —Amira levantó la barbilla—. Mi jefe era un hombre que creía que los informes debían escribirse con tinta dorada y que las reuniones podían durar ocho horas. Le organizaba la vida, su agenda y sus excusas para no ver a su esposa.




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