Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 5

Khalid inclinó la cabeza, y en sus ojos brilló algo que Amira no había visto antes. Algo que podría ser ira, o determinación, o un eco de su propia sed de venganza.

—Para desmantelarla. Desde dentro.

El silencio se alargó entre ellos. Amira miró la fotografía, los ojos de vidrio, esa sonrisa que la había condenado. Y luego miró a Khalid, el hombre que le había ofrecido un trabajo, un techo, una nueva identidad.

—No quiero ser un peón en tu juego —dijo, con voz firme—. Si voy a hacer esto, quiero saber las reglas. Todas.

Khalid se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, la plaza parecía un tablero de ajedrez, las sombras de los transeúntes moviéndose como piezas en un juego que ella aún no comprendía.

—Las reglas son sencillas —dijo, sin volverse—. Tú trabajas para mí. Finges ser mi secretaria. Asistes a las reuniones, organizas mis citas, hablas con mi gente. Y poco a poco, te acercas a ella. La mujer de los ojos de vidrio. Fatima Al-Hassan, o como quiera que se llame. —Se volvió, y su mirada era un puñal—. Cuando tengas suficiente información, me la das. Y entonces yo haré lo que hago mejor: destruir todo lo que toca.

—¿Y si ella me reconoce?

—No lo hará. —Khalid se acercó a ella, y su cercanía era un calor que quemaba—. No te vio en el camión, solo te entregó al chofer. Además, yo he borrado tus registros. En este país, Amira Hassan no existe. Existe una mujer llamada Layla, tu prima, que busca trabajo. ¿Entiendes?

Amira asintió, aunque su corazón golpeaba contra sus costillas.

—Entiendo. —Miró la fotografía una vez más, y sintió que el odio era un combustible que ardía en su pecho—. Pero quiero algo más.

—Dime.

—Cuando la atrapes —dijo Amira, con cada palabra mordiendo el aire—, quiero estar allí. Quiero ver su cara cuando sepa que todo se acabó. Quiero que sepa que fui yo quien la derribó.

Khalid la observó en silencio. Luego, lentamente, su sonrisa se amplió.

—Eso ya lo tenías asegurado —dijo, y en su voz había un eco de la noche anterior—. Bienvenida a la guerra, Amira.

El mapa en la pared pareció brillar bajo la luz de la mañana. Las chinchetas rojas, las líneas trazadas a mano, el nombre de Umm Al-Hayal en el rincón. Todo encajaba como piezas de un rompecabezas que Amira empezaba a comprender.

Y por primera vez en meses, no se sintió una víctima. Se sintió una cazadora.

Rafiq regresó con el café, y Amira tomó la taza con manos temblorosas. El aroma la envolvió, y por un instante, el miedo se disipó. Khalid la miraba desde la ventana, y en sus ojos, ella vio algo que la hizo contener la respiración: no era solo un acuerdo, no era solo una alianza.

Era el principio de algo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar. Y mientras el café se enfriaba en la taza y el sol ascendía sobre la ciudad, Amira supo que su vida, la que había dejado atrás en el desierto, ya no existía. Había cruzado la línea.

Y no había vuelta atrás.

La primera semana en la oficina de Khalid Al-Mansur transcurrió como una tormenta silenciosa. Amira —ahora Layla para el mundo— aprendió los ritmos de la casa: el café que debía estar listo a las siete en punto, los documentos que llegaban en sobres sellados con cera roja, las llamadas que nunca debía contestar antes del mediodía. Rafiq la miraba con una mezcla de admiración y terror mientras ella reorganizaba los archivadores por orden cronológico y alfabético simultáneamente, creando un sistema que ni él ni nadie más podía descifrar sin su ayuda.

—Eres peligrosa —le dijo Rafiq el tercer día, observándola mientras ella mecanografiaba una carta al gobernador de la provincia este—. Nadie debería poder hacer dos cosas a la vez con esa cara de calma.

—He tenido práctica —respondió Amira sin levantar la vista—. En mi antiguo trabajo, mi jefe me pedía que organizara su agenda mientras él me gritaba por cosas que no había hecho.

—¿Y cómo sobreviviste?

—Aprendí a desconectar. —Amira terminó la carta y la extendió—. Aquí. Revisa la ortografía. Los gobernadores se ofenden si confundes "protocolo" con "protectorado".

Rafiq tomó la carta con reverencia y se retiró. Amira suspiró y miró por la ventana. La plaza estaba tranquila esa mañana, con vendedores ambulantes ofreciendo dátiles y té a los transeúntes. Nadie miraba hacia arriba, hacia la oficina del jeque. Nadie sabía que dentro había una mujer que había escapado de la muerte y ahora tejía su venganza entre carpetas y sellos.

La puerta se abrió sin aviso. Khalid entró con paso rápido, seguido de dos hombres con trajes oscuros que Amira no había visto antes. Tenían el aspecto de quienes han pasado demasiado tiempo en habitaciones sin ventanas.

—Layla —dijo Khalid, usando su nuevo nombre con una naturalidad que aún la hacía parpadear—. Prepara la sala de reuniones. Y trae el archivo de la ruta norte.

Amira se levantó de inmediato, pero sus ojos se encontraron con los de Khalid por un instante. Él asintió casi imperceptiblemente, y ella supo que algo importante estaba ocurriendo.

La sala de reuniones estaba en el segundo piso, una habitación amplia con una mesa de caoba y ventanas que daban al patio interior. Amira encendió las lámparas y colocó el archivo sobre la mesa antes de retirarse a un rincón, donde una silla discreta esperaba a la secretaria. Era su lugar ahora: cerca de la acción, invisible para quienes no sabían mirar.




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