Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 6

La fotografía de Umm Al-Hayal pasó la noche bajo la almohada de Amira. Durmió con la mano aferrada a ella, como si fuera un amuleto, un ancla a un pasado que creía enterrado. Soñó con el olivo, con sus ramas retorcidas buscando el cielo, y con la voz de su abuela llamándola desde la puerta de la casa de adobe. Pero cuando despertó, antes del amanecer, el sueño se desvaneció y solo quedó la realidad: estaba en una habitación prestada, en una ciudad que no era la suya, con un nombre que no le pertenecía.

Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se vistió con la ropa que Khalid había mandado a comprar: pantalones oscuros, blusas sencillas, un abrigo ligero. Ropa de secretaria. Ropa invisible. Se recogió el cabello en un moño apretado y se miró en el espejo. Layla. Tenía que ser Layla.

Cuando llegó a la oficina, Khalid ya estaba allí. Estaba de pie junto a la ventana, con una taza de café en la mano, observando la plaza que despertaba. Sobre la mesa de la sala de reuniones había una pistola, pequeña y negra, y una caja de municiones.

—Buenos días, Layla —dijo sin volverse.

—Buenos días, jeque.

—Ven aquí.

Amira se acercó. Khalid dejó la taza y tomó la pistola. La sostuvo con familiaridad, como si fuera una extensión de su mano.

—Es una Glock 19. Ligera, fácil de ocultar. —Se la entregó con el cañón apuntando hacia abajo—. Tómala.

Amira la tomó. El metal estaba frío, más pesado de lo que esperaba. Recordó la última vez que había sostenido un arma: un rifle oxidado que un soldado moribundo le había entregado antes de cerrar los ojos. Lo había usado para defenderse, para sobrevivir. Pero aquello había sido en otra vida.

—El seguro está aquí. —Khalid le mostró el mecanismo—. Solo se quita cuando estás lista para disparar. Y nunca, nunca, apuntes a algo que no quieras destruir.

—Lo entiendo.

—¿De verdad? —Khalid la miró a los ojos—. Porque una vez que quitas el seguro, no hay vuelta atrás. No importa si es un enemigo o un error. La bala no distingue.

Amira sostuvo su mirada.

—Lo entiendo —repitió—. Mejor que nadie.

Khalid asintió lentamente. Luego tomó la pistola de vuelta y la guardó en una funda que colgó de su cinturón.

—Iremos al campo de tiro esta tarde. Rafiq nos cubrirá. —Hizo una pausa—. Pero antes, hay algo que debes saber.

Amira esperó.

—Fatima tiene ojos en todas partes. No solo en Umm Al-Hayal. También aquí, en la ciudad. —Khalid caminó hacia el mapa de la pared—. Anoche recibí información. Uno de mis informantes fue encontrado muerto en el mercado. Tenía la garganta cortada y una nota en el bolsillo.

—¿Qué decía?

—"Deja de buscar". —Khalid se volvió—. Alguien sabe que estoy investigando a Fatima. Alguien dentro de mi propia organización.

El silencio entre ellos fue denso, cargado de sospecha.

—¿En quién confías? —preguntó Amira.

—En Rafiq. En ti. —Khalid se acercó—. Y en nadie más.

Amira sintió el peso de esas palabras. Confianza. Una palabra que había perdido todo significado en el campamento, donde la supervivencia dependía de no confiar en nadie. Pero Khalid la miraba con una intensidad que la hacía querer creer.

—¿Qué hacemos?

—Seguir adelante. Pero con más cuidado. —Khalid tomó su abrigo—. Vamos. El campo de tiro nos espera.

El campo de tiro estaba en las afueras de la ciudad, en un edificio abandonado que había sido una fábrica de textiles antes de la guerra. Rafiq los esperaba en la entrada, con una expresión sombría.

—Jeque, he revisado los registros de los últimos tres meses. —Rafiq hablaba en voz baja, mirando de reojo a Amira—. No hay nada sospechoso. Todos los que trabajan aquí han estado con nosotros desde el principio.

—Eso no significa nada —dijo Khalid—. El traidor puede ser alguien que llevas años conociendo. —Se volvió hacia Amira—. Empecemos.

El interior de la fábrica era un laberinto de pasillos y salas vacías. En una de las salas, alguien había montado un blanco improvisado: sacos de arena apilados contra una pared de ladrillos.

—Diez metros —dijo Khalid, entregándole la pistola—. Quiero que dispares al centro del saco.

Amira tomó el arma. Sus manos temblaban ligeramente. Respiró hondo, recordando las instrucciones que Khalid le había dado. Seguro. Empuñadura. Postura. Apuntar. Disparar.

El primer disparo le sacudió los brazos. El retroceso fue más fuerte de lo que esperaba, y la bala se desvió, impactando en el borde del saco.

—Otra vez —dijo Khalid, sin expresión.

Amira disparó de nuevo. Y otra vez. Y otra. Con cada disparo, el temblor disminuía. Con cada disparo, el mundo se reducía a una sola cosa: el punto donde quería impactar.

Después de veinte disparos, diez de ellos habían dado en el centro.

—Bien —dijo Khalid—. Ahora imagina que el saco es Fatima.

Amira levantó la pistola. Cerró los ojos por un instante y vio los ojos de vidrio, la sonrisa que no llegaba a las pupilas, las manos que la habían entregado al chofer como si fuera un saco de grano.




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