—¿A qué cuenta?
—A nombre de una tal Sanaa Al-Rashid. —Rafiq tragó saliva—. Es una de las identidades de Fatima.
Khalid no se movió. Pero Amira vio cómo sus manos se cerraban en puños.
—¿Quién tiene acceso a esas cuentas?
—Solo yo. Y usted. —Rafiq palideció—. Y… y Karim.
—Karim —repitió Khalid, y su voz era un susurro peligroso.
—Su primo. El que trabaja en el Ministerio del Interior.
Khalid cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió, había una tormenta en ellos.
—Convoca una reunión. Esta noche. En la oficina. —Se volvió hacia Amira—. Tú vendrás.
—¿Yo?
—Eres mi secretaria. Y necesito que observes. Que escuches. Que me digas lo que ves.
Amira asintió. La pistola aún estaba caliente en sus manos.
Esa noche, la oficina de Khalid Al-Mansur se llenó de hombres. Eran seis, todos con trajes oscuros y expresiones graves. Karim, el primo, era el más joven, con el cabello engominado y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Amira los observó desde su rincón, con una libreta en la mano, tomando notas que nadie leería.
Khalid presidió la reunión desde el extremo de la mesa. Habló de la ruta norte, de los camiones, de la necesidad de más vigilancia. No mencionó la transferencia. No mencionó a Fatima. Pero sus ojos se posaron en Karim más de una vez, y Amira notó cómo el primo se removía incómodo en su silla.
Cuando la reunión terminó, Karim se acercó a Khalid.
—Primo, ¿puedo hablar contigo a solas?
Khalid asintió. Amira se levantó para retirarse, pero Khalid la detuvo con un gesto.
—Layla se queda. Es mi secretaria. Confío en ella.
Karim miró a Amira con desconfianza, pero no discutió.
—He oído rumores —dijo Karim en voz baja—. Dicen que estás investigando a Fatima Al-Hassan. Que quieres desmantelar su red.
—¿Y?
—Es peligroso. Fatima tiene amigos en las altas esferas. Amigos que no dudarían en matarte. —Karim se inclinó—. Olvídalo, primo. Por el bien de la familia.
Khalid lo miró en silencio por un largo momento.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de ti, Karim? —dijo finalmente—. No es que seas un traidor. Es que crees que soy estúpido.
Karim palideció.
—¿De qué hablas?
—La transferencia. La cuenta en el extranjero. Sanaa Al-Rashid.
Karim retrocedió un paso. Su mano se movió hacia su chaqueta, pero antes de que pudiera sacar lo que fuera, Amira ya tenía la pistola en la mano, apuntándole al pecho.
—No te muevas —dijo, y su voz era hielo.
Karim la miró con sorpresa, luego con furia.
—¿Tú? ¿La secretaria?
—Layla —dijo Khalid, levantándose—. Baja el arma. Karim no va a hacer nada estúpido. ¿Verdad, primo?
Karim tragó saliva. Su mano cayó a un lado.
—No sé de qué me acusas —dijo, pero su voz temblaba.
—Te acuso de traición —dijo Khalid—. De vender información a Fatima. De ordenar la muerte de mi informante. —Se acercó a su primo, y su presencia era un muro—. ¿Sabes lo que le pasa a los traidores en esta familia?
Karim no respondió. Pero en sus ojos había miedo.
—Se les da una oportunidad —continuó Khalid—. Una sola. Para que confiesen. Para que reparen el daño. —Hizo una pausa—. Tienes hasta el amanecer.
Karim miró a Amira, luego a Khalid. Luego, lentamente, se derrumbó en una silla.
—Ella me obligó —susurró—. Fatima. Tiene algo sobre mí. Algo que podría destruir a mi familia.
—¿Qué?
—Mi hermano. El jardinero del gobernador. —Karim levantó la vista, y sus ojos estaban húmedos—. Ella lo tiene. Lo secuestró hace un mes. Si no cooperaba, lo mataría.
Khalid no parpadeó.
—¿Y creíste que traicionarme a mí lo salvaría?
—No sabía qué hacer. —Karim se cubrió el rostro con las manos—. Lo siento. Lo siento.
Amira bajó la pistola. Sentía una mezcla de asco y lástima. Karim era un cobarde, pero no un monstruo. Fatima era el monstruo.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Khalid.
—No lo sé. Ella nunca me lo dijo. Solo me enviaba pruebas de que seguía vivo.
Khalid se volvió hacia Amira. En sus ojos había una pregunta silenciosa.
Amira asintió. Sabía lo que tenía que hacer.
—Si Fatima tiene a su hermano —dijo—, podemos usarlo. Podemos encontrar al hermano y usarlo como moneda de cambio. O como cebo.
Khalid la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
—¿Y cómo propones que encontremos a su hermano?
—Karim dijo que trabaja en la residencia del gobernador. —Amira se volvió hacia el primo—. ¿Dónde vive? ¿Dónde lo viste por última vez?