El reloj marcaba las cuatro de la madrugada cuando Amira salió del edificio por la puerta trasera. El aire era frío y olía a humedad, a tierra mojada, a los restos de una lluvia que había caído durante la noche. Llevaba una mochila negra al hombro y, debajo de la chaqueta, la pistola que Khalid le había dado meses atrás. Ya no le pesaba. Ya no le temblaban las manos.
Khalid la esperaba junto a un coche gris, sin distintivos, con el motor en marcha. No llevaba traje. Vestía ropa oscura, práctica, y en sus ojos había una calma que Amira había aprendido a reconocer. No era paz. Era concentración. La calma de un hombre que ha decidido lo que va a hacer y no permitirá que nada lo desvíe.
—¿Listo? —preguntó Amira.
—Desde hace horas. —Khalid abrió la puerta del copiloto—. Sube. Conduzco yo.
Amira no discutió. Se deslizó en el asiento y cerró la puerta. El interior del coche olía a cuero viejo y a café. Khalid tenía un termo entre los asientos.
—¿Café? —ofreció.
—No, gracias.
—Mejor. Mantén los sentidos despiertos.
Arrancaron en silencio. Las calles de la ciudad estaban vacías, salpicadas por charcos que reflejaban las farolas como espejos rotos. Amira miraba por la ventana, pero su mente estaba en otra parte. En Karim. En su hermano. En Fatima.
—¿Crees que Karim dijo la verdad? —preguntó finalmente.
Khalid tardó en responder.
—Creo que dijo una verdad. No necesariamente toda la verdad. —Giró el volante con suavidad—. Los hombres como Karim no mienten por maldad. Mienten por miedo. Y el miedo tiene capas. Como una cebolla. Vas quitando una y encuentras otra.
—¿Y si nos está tendiendo una trampa?
—Entonces moriremos con los ojos abiertos. —Khalid la miró de reojo—. ¿Tienes miedo?
Amira consideró la pregunta. Era extraño. Hace un año, habría dicho que sí. Hace un año, habría temblado solo con imaginar una situación como esta. Pero ahora, sentada en un coche frío con un hombre peligroso, camino a una misión aún más peligrosa, no sentía miedo. Sentía algo más profundo. Algo más antiguo.
—No —dijo—. No miedo. Otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No sé cómo llamarlo. —Amira frunció el ceño—. Es como… como cuando estás en el mar y viene una ola grande. No puedes luchar contra ella. Solo puedes nadar hacia ella y esperar que no te ahogue.
Khalid asintió lentamente.
—Mi padre lo llamaba aceptación. Decía que el miedo es un visitante. La aceptación es una casa. —Hizo una pausa—. Mi padre era un hombre sabio. También era un hombre muerto. Así que no sé cuánto vale su sabiduría.
Amira no respondió. Había algo en la forma en que Khalid hablaba de su padre. Una mezcla de respeto y dolor. De amor y resentimiento. Como si el hombre hubiera sido a la vez un héroe y un verdugo.
Doblaron hacia el barrio antiguo. Las calles se estrecharon. Los edificios se volvieron más viejos, más grises, más cansados. Algunos tenían las ventanas rotas. Otros tenían grafitis en las paredes. Pero entre toda esa decadencia, había una belleza obstinada. Unos maceteros con flores marchitas. Una fuente seca con azulejos azules. Una mezquita con un minarete que se alzaba hacia el cielo como un dedo acusador.
—Ahí —dijo Khalid, señalando con la barbilla—. La casa de la esquina.
Amira la vio. Era una casa baja, de dos pisos, con una puerta de madera verde y una ventana con rejas. No había luz en el interior. No había movimiento. Pero en la acera de enfrente, aparcado con una discreción sospechosa, había un coche negro. Dos siluetas en su interior.
—Vigilancia —murmuró Amira.
—Sí. —Khalid apagó el motor y se hundió en el asiento—. Dos hombres. Probablemente armados. Probablemente en comunicación con Fatima.
—¿Qué hacemos?
Khalid guardó silencio un momento. Luego, se volvió hacia ella.
—¿Recuerdas lo que te dije la primera vez que viniste a mi oficina? Que no contrataba a gente que no supiera pensar.
—Lo recuerdo.
—Bien. Entonces dime. ¿Qué ves?
Amira observó la escena. El coche negro. La casa. La calle. Las sombras. Y luego, algo más. Un detalle que los demás podrían haber pasado por alto.
—La ventana del segundo piso —dijo—. Está entreabierta. Las cortinas se mueven. Hay alguien dentro.
Khalid siguió su mirada.
—¿El hermano?
—O un guardia. O Fatima misma. —Amira mordió el interior de su mejilla—. Pero si Karim dijo la verdad, y su hermano está secuestrado aquí, entonces Fatima no lo tendría en el segundo piso. Lo tendría en el sótano. O en un cuarto sin ventanas. Algo que no le permitiera escapar.
—¿Entonces?
—Entonces el segundo piso es donde duermen los guardias. O donde Fatima se aloja cuando viene. —Amira se volvió hacia Khalid—. El hermano está abajo. En la planta baja. Probablemente en la parte trasera, donde no hay ventanas.
Khalid la miró con una intensidad que hizo que Amira sintiera un cosquilleo en la nuca.