Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 9

El edificio abandonado estaba justo al lado de la casa de la ventana verde. Tenía un andamio de metal que subía hasta el tercer piso. Khalid fue primero. Subía con una agilidad que contradecía su tamaño, sus movimientos precisos, silenciosos. Amira lo siguió. Sus manos encontraron los barrotes fríos del andamio. Sus pies encontraron los travesaños. Subió, peldaño a peldaño, sin mirar hacia abajo.

En el tercer piso, Khalid la ayudó a subir al tejado. Las tejas estaban resbaladizas por la lluvia. Amira se agachó, buscando equilibrio. Khalid hizo lo mismo. Avanzaron despacio, en cuclillas, hasta el borde que daba a la casa de la ventana verde.

La ventana del segundo piso estaba a un salto de distancia. Un salto peligroso. Pero posible.

—¿Puedes? —susurró Khalid.

—Puedo.

Khalid asintió. Luego, saltó. Aterrizó en el alféizar de la ventana con una gracia que parecía imposible. Amira contuvo el aliento. Khalid se agarró al marco, empujó la ventana, y se deslizó dentro.

Un momento después, su mano apareció en la ventana, extendida hacia ella.

Amira saltó.

Por un instante, el mundo se detuvo. El aire frío. La ciudad oscura. La muerte esperando abajo. Luego, la mano de Khalid cerrándose alrededor de su muñeca. Tirando de ella. Hacia dentro.

Aterrizó en un pasillo oscuro, con el corazón golpeándole el pecho. Khalid estaba a su lado, con un dedo en los labios. Amira asintió. No había necesidad de palabras.

El pasillo tenía tres puertas. Una al frente. Una a la izquierda. Una a la derecha. Khalid señaló la de la derecha. Amira negó con la cabeza y señaló la de la izquierda. Khalid arqueó una ceja. Amira hizo un gesto hacia la puerta de la derecha, luego hacia su oído. Escucha. Khalid escuchó. Y entonces lo oyó. Un ronquido. Suave. Regular. Alguien dormía detrás de la puerta de la derecha.

Amira señaló la puerta de la izquierda. Khalid asintió. Se movieron hacia ella.

La puerta estaba entreabierta. Amira la empujó con un dedo. Chirrió. Ambos se quedaron quietos. El ronquido continuó. Amira exhaló. Miró por la rendija.

La habitación estaba vacía. Una cama deshecha. Una silla. Una mesa con una lámpara apagada. Y en el suelo, junto a la cama, una trampilla. De madera. Con un candado.

Amira se volvió hacia Khalid. Él ya la había visto. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

Amira entró en la habitación. Khalid la siguió. Cerró la puerta tras ellos. La habitación olía a humedad y a sudor. A encierro. Amira se arrodilló junto a la trampilla. El candado era pequeño. Frágil. Pero no tenía llave.

—¿Puedes forzarlo? —susurró.

Khalid se arrodilló a su lado. Sacó algo del bolsillo. Una navaja. La abrió. La introdujo en el candado. Giró. El metal chirrió. Luego, un clic.

El candado cayó.

Amira levantó la trampilla. Una escalera de madera descendía hacia la oscuridad. Un olor fétido subió. A orina. A miedo. A humanidad encerrada.

—Bajo yo primero —dijo Khalid.

—No. —Amira negó con la cabeza—. Yo.

Khalid la miró.

—¿Por qué?

—Porque si es una trampa, prefiero que seas tú el que quede libre para sacarme. —Amira sostuvo su mirada—. Y porque soy más pequeña. Más rápida. Si hay alguien abajo, puedo esconderme mejor.

Khalid guardó silencio. Luego, asintió.

—Ten cuidado.

Amira descendió por la escalera. Los peldaños crujían bajo su peso. El aire se volvía más denso, más pesado. Abajo, la oscuridad era casi total. Solo una rendija de luz se filtraba por debajo de una puerta.

Amira llegó al suelo. Era de tierra. Húmeda. Fría. Se movió hacia la puerta. La abrió.

La habitación era pequeña. Sin ventanas. Con una sola bombilla que colgaba del techo, parpadeando. En una esquina, sobre un colchón sucio, había un hombre. Delgado. Barbudo. Con los ojos hundidos y las muñecas atadas con cuerda.

Al verla, el hombre se estremeció. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Solo un graznido ronco.

—¿Eres el hermano de Karim? —susurró Amira.

El hombre parpadeó. Luego, lentamente, asintió.

Amira sacó la navaja de Khalid. Cortó las cuerdas. El hombre gimió. Sus muñecas estaban en carne viva.

—¿Puedes caminar?

—No… no lo sé. —Su voz era un hilo—. Llevo… días.

Amira lo ayudó a incorporarse. El hombre era ligero. Demasiado ligero. Olía a sudor y a miedo. Amira lo guio hacia la escalera. Khalid ya estaba abajo, esperando.

—¿Es él? —preguntó.

—Sí.

Khalid miró al hombre. Luego, a Amira.

—Tenemos que salir. Ya.

Subieron por la escalera. El hombre apenas podía moverse. Khalid lo cargó sobre sus hombros. Amira iba detrás, con la pistola en la mano. Ya no le importaba el ruido. Ya no le importaba la discreción. Solo quería salir de esa casa.

Cruzaron el pasillo. La puerta de la derecha seguía cerrada. El ronquido continuaba. Llegaron a la ventana. Khalid pasó primero al hombre. Luego, saltó él. Amira los siguió.




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