El piso franco de Khalid estaba en el décimo piso de un edificio de oficinas abandonado, en la zona industrial de la ciudad. No tenía nombre en la puerta. No tenía timbre. Solo una cerradura de seguridad que Khalid abrió con una llave que llevaba colgada del cuello, como si fuera un amuleto.
Amira entró detrás de él, ayudando a Yusuf a caminar. El hombre pesaba poco, pero sus piernas fallaban cada pocos pasos. Olía a encierro, a sudor viejo, a miedo. Amira lo sentó en un sofá de cuero gastado y le cubrió las piernas con una manta que encontró en un armario.
—Agua —dijo Khalid, y le tendió una botella—. Bebe despacio. Si bebes rápido, vomitarás.
Yusuf obedeció. Sus manos temblaban tanto que casi no podía sostener la botella. Amira se la sujetó mientras él bebía. Cuando terminó, Yusuf cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante semanas.
—¿Cuánto tiempo estuviste ahí? —preguntó Amira.
—Treinta y dos días. —Yusuf abrió los ojos—. Los conté. Cada día. Cada hora. Es lo único que te mantiene cuerdo. Contar.
Khalid se acercó con una silla y se sentó frente a él. No había hostilidad en su rostro, pero tampoco compasión. Era el rostro de un hombre que necesitaba respuestas.
—Yusuf. Necesito que me cuentes todo. Desde el principio. ¿Por qué te secuestró Fatima?
Yusuf tragó saliva. Sus ojos se movieron entre Khalid y Amira, como si buscara una salida. No la encontró.
—Yo… trabajaba en la residencia del gobernador. Como jardinero. —Su voz era ronca, como si las cuerdas vocales estuvieran oxidadas—. No era nadie. Solo un jardinero. Pero un día, mientras podaba los rosales del jardín trasero, escuché una conversación. El gobernador y un hombre. No vi al hombre. Solo oí su voz.
—¿Qué decían? —preguntó Khalid.
—Hablaban de un cargamento. De algo que llegaría en un barco. —Yusuf se humedeció los labios—. El gobernador decía que necesitaba más tiempo. Que la ruta del norte estaba comprometida. Y el otro hombre se rió. Dijo: *"Fatima no acepta retrasos."*
Amira sintió un escalofrío. Fatima. Siempre Fatima.
—¿Y luego? —insistió Khalid.
—Luego, me vieron. —Yusuf bajó la vista—. No sé cómo. Quizá hice un ruido. Quizá el gobernador me vio por el rabillo del ojo. El caso es que esa misma noche, dos hombres entraron en mi casa. Me golpearon. Me metieron en un coche. Y desperté en ese sótano.
—¿Viste a Fatima? ¿Hablaste con ella?
—Una vez. —Yusuf cerró los ojos—. Vino a verme. Me dijo que si cooperaba, viviría. Que solo necesitaba que mi hermano hiciera algo para ella. Un favor.
—¿Qué favor?
—No me lo dijo. Solo me dijo que Karim era un buen chico. Que haría lo correcto. —Yusuf abrió los ojos, y había lágrimas en ellos—. Y luego se fue. No la volví a ver. Solo a los guardias. Y a la radio que ponían a veces. Para que no me volviera loco.
Khalid se levantó. Caminó hacia la ventana. La ciudad empezaba a despertar. Las primeras luces del amanecer teñían el cielo de naranja y gris.
—¿Sabes qué cargamento era? —preguntó sin volverse.
—No. Pero escuché una palabra. Varias veces. *Zafiro.*
Amira frunció el ceño.
—¿Zafiro?
—Sí. El gobernador la repetía. *"El Zafiro llegará pronto. El Zafiro lo cambiará todo."* —Yusuf se encogió de hombros—. No sé qué significa. Pero no era una piedra. Era algo más. Algo que daba miedo.
Khalid se volvió. Su rostro era ilegible.
—Zafiro —repitió—. ¿Estás seguro?
—Seguro.
Khalid miró a Amira. En sus ojos había algo que ella no había visto antes. No era miedo. Era algo más profundo. Algo más antiguo.
—¿Qué es Zafiro? —preguntó Amira.
Khalid tardó en responder.
—Un nombre en clave. —Se sentó de nuevo—. Hace años, cuando mi padre dirigía la red, había un agente doble. Un hombre que trabajaba para nosotros y para los servicios secretos de un país vecino. Su nombre en clave era Zafiro.
—¿Y qué pasó con él?
—Desapareció. —Khalid apretó los puños—. Lo descubrimos. Íbamos a interrogarlo. Pero alguien lo mató antes. Y nunca supimos quién.
Amira procesó la información.
—¿Crees que Fatima está trabajando con el mismo Zafiro? ¿O con alguien que usa su nombre?
—No lo sé. —Khalid se pasó una mano por el rostro—. Pero si Fatima está usando ese nombre, no es una coincidencia. Es un mensaje. Para mí. Para mi familia.
Yusuf los miraba con confusión.
—No entiendo. ¿Quién es Fatima? ¿Por qué hace esto?
Khalid lo miró.
—Fatima Al-Hassan es la persona más peligrosa que he conocido. Trabajaba para mi padre. Era su mano derecha. Su confidente. —Hizo una pausa—. Y luego lo traicionó. Lo vendió. Y mi padre murió por su culpa.
Amira ya había oído esa historia. Pero cada vez que la escuchaba, sentía un nudo en el estómago. Khalid hablaba de su padre con una mezcla de amor y rabia. De admiración y resentimiento.