Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 11

Amira sintió el peso de esas palabras. No era una carga. Era un honor. Uno peligroso. Uno que podía matarla.

—¿Qué tengo que hacer?

—Ir al puerto. Observar. Ver qué llega. Y si es lo que creo que es… —Khalid hizo una pausa—. No lo toques. No te acerques. Solo observa. Y luego vuelve.

—¿Y si me descubren?

—Entonces corre. —Khalid le sostuvo la mirada—. No luches. No seas heroína. Corre. Porque si te capturan, no podré salvarte.

Amira asintió. Sabía lo que eso significaba. Khalid no era un hombre que hacía promesas vacías. Si decía que no podría salvarla, era porque era verdad.

—¿Y Yusuf? —preguntó, mirando al hombre en el sofá.

—Yusuf se queda aquí. —Khalid se volvió hacia él—. Estarás seguro. Hay comida. Hay agua. Hay una cama. No salgas. No abras la puerta. Si alguien llama, no respondas.

Yusuf asintió con gratitud.

—Gracias. Por todo.

—No me des las gracias todavía. —Khalid caminó hacia la puerta—. Amira. Vamos. Tenemos que prepararte.

En la habitación contigua, Khalid abrió un armario metálico. Dentro había armas. Pistolas. Cuchillos. Chalecos antibalas. Y ropa. Ropa práctica. Oscura. Anónima.

—Ponte esto. —Le tendió unos pantalones negros y una chaqueta gris—. No es elegante, pero te hará invisible.

Amira se cambió en silencio. La ropa le quedaba bien. Demasiado bien. Como si hubiera sido hecha para ella.

—¿Cuándo salgo?

—Ahora. El barco llega al amanecer. Tienes una hora. —Khalid le tendió una pistola—. Llévala. Pero solo úsala si es absolutamente necesario.

Amira tomó la pistola. La comprobó. Estaba cargada. La guardó en la funda que llevaba en el costado.

—Khalid.

—¿Sí?

—¿Qué pasa si es una trampa? ¿Qué pasa si Fatima me está esperando?

Khalid la miró. Su rostro era duro. Pero sus ojos… sus ojos eran suaves.

—Entonces, morirás haciendo lo correcto. —Hizo una pausa—. Pero no vas a morir. Eres demasiado lista para eso.

Amira sonrió. No era una sonrisa alegre. Era una sonrisa de aceptación.

—Eso espero.

Salió del edificio por la puerta trasera. El aire frío le golpeó el rostro. El cielo estaba gris, con nubes bajas que prometían lluvia. Caminó hacia la parada del autobús. No había nadie en la calle. Solo gatos callejeros y basura acumulada.

El autobús llegó diez minutos después. Amira subió. Pagó. Se sentó en la parte trasera. El autobús estaba casi vacío. Solo una anciana con un pañuelo en la cabeza y un hombre con un maletín. Amira los ignoró. Miró por la ventana.

La ciudad pasaba a su lado. Edificios grises. Calles vacías. Semáforos que parpadeaban sin sentido. Amira sintió una punzada de soledad. No era miedo. Era otra cosa. La sensación de estar sola en una misión que podía matarla.

Pero luego pensó en Khalid. En la forma en que la había mirado. En la forma en que había dicho *"eres demasiado lista para eso"*. Y la soledad se volvió más ligera. Más llevadera.

El autobús la dejó a tres manzanas del puerto. Amira bajó y caminó el resto. El puerto era un laberinto de contenedores, grúas y barcos. Había poca gente. Algunos estibadores. Un guardia de seguridad que dormitaba en una garita. Y en el muelle tres, un barco. Pequeño. Viejo. Con el nombre pintado en el casco: *Estrella del Norte.*

Amira se ocultó detrás de un contenedor. Observó. El barco estaba siendo descargado. Cajas. Muchas cajas. Pero no eran cajas normales. Eran cajas de madera, selladas con cinta roja. Y los hombres que las descargaban no eran estibadores. Eran soldados. Vestidos de civil, pero soldados. Amira lo sabía por la forma en que se movían. Por la forma en que vigilaban.

Y entonces lo vio. Un hombre que no descargaba. Un hombre que observaba. Estaba de pie en el muelle, con las manos en los bolsillos y una sonrisa en el rostro. Era alto. Delgado. Con el cabello canoso y los ojos fríos. Amira no lo conocía. Pero supo, con una certeza visceral, que era peligroso.

El hombre sacó un teléfono. Marcó. Esperó.

—Está aquí —dijo—. El Zafiro está aquí.

Amira sintió que la sangre se le helaba. Zafiro. El nombre que Khalid temía. El nombre que había matado a su padre.

El hombre guardó el teléfono. Se volvió hacia uno de los soldados.

—Asegúrense de que todo esté listo. Fatima quiere el cargamento esta noche. Sin errores.

Amira se pegó más al contenedor. Su corazón latía tan fuerte que temía que la oyeran. Tenía que salir de ahí. Tenía que volver. Tenía que decirle a Khalid.

Pero antes de que pudiera moverse, el hombre se volvió. Y sus ojos se encontraron con los de ella.

Por un instante, el mundo se detuvo. El hombre no gritó. No sacó un arma. Solo la miró. Con una curiosidad tranquila. Como si fuera un espécimen interesante.

Luego, sonrió.

—Hola —dijo—. No te he visto antes.




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