Una Curvy para el Jeque del Desierto

Capítulo 12

Amira corrió.

No pensó. No planeó. Solo corrió. Sus pies golpeaban el asfalto mojado, salpicando agua sucia. Detrás de ella, los disparos resonaban como truenos en la niebla. Una bala pasó tan cerca que sintió el aire desplazarse junto a su oreja. Otra impactó en un contenedor metálico, arrancando una lluvia de chispas.

Dobló a la izquierda. Luego a la derecha. El puerto era un laberinto de acero y concreto. Contenedores apilados como montañas. Grúas inmóviles como dinosaurios muertos. Amira se movía entre ellos, buscando sombras, buscando salidas.

—¡Córtenle el paso! —gritó una voz detrás de ella. La voz del hombre de cabello canoso—. ¡No la maten! ¡La quiero viva!

Amira sintió un escalofrío. Viva. Eso significaba interrogatorio. Significaba dolor. Significaba cosas peores que la muerte. Siguió corriendo.

Llegó a una zona de almacenes. Edificios bajos, de ladrillo, con puertas de metal oxidadas. Algunas estaban abiertas. Amira se metió en el primero que encontró. Cerró la puerta tras de sí. La oscuridad la envolvió.

Respiró. Una vez. Dos veces. El aire olía a óxido y a aceite viejo. Sus ojos se adaptaron lentamente. Estaba en un almacén vacío. Estanterías volcadas. Cajas rotas. Y en el fondo, una ventana. Alta. Pequeña. Pero suficiente.

Amira corrió hacia ella. Trepó por una estantería caída. Sus dedos encontraron el marco de la ventana. Empujó. Estaba clavada. Maldijo en voz baja. Buscó algo. Un tubo. Una barra. Encontró un pedazo de metal en el suelo. Lo usó como palanca. La ventana cedió con un chirrido.

Afuera, pasos. Voces. Los hombres se acercaban.

Amira se deslizó por la ventana. Cayó al suelo de tierra. Se levantó. Corrió. Estaba en un callejón estrecho, entre dos almacenes. Al final del callejón, una valla. Y detrás de la valla, la calle. La libertad.

Corrió hacia la valla. Sus manos encontraron los barrotes. Trepó. Estaba a mitad de camino cuando los disparos comenzaron de nuevo. Una bala rozó el metal junto a su mano. Otra pasó entre sus piernas. Amira saltó. Cayó al otro lado. Rodó. Se levantó.

Estaba en la calle. Un coche pasaba. Amira se lanzó hacia él. El conductor frenó, bocina aullando. Amira abrió la puerta del copiloto y se metió.

—¡Conduce! —gritó—. ¡Conduce o nos matan a los dos!

El conductor, un hombre mayor con bigote y ojos asustados, no discutió. Pisó el acelerador. El coche salió disparado.

Amira miró por el retrovisor. Los hombres del puerto habían llegado a la valla. Uno de ellos levantó un arma. Pero el coche ya estaba demasiado lejos.

Amira se derrumbó en el asiento. Su corazón latía como un tambor. Su respiración era agitada. Pero estaba viva.

—¿Está bien? —preguntó el conductor con voz temblorosa—. ¿Qué está pasando? ¿Quiénes eran esos hombres?

—Lo siento —dijo Amira—. Lo siento mucho. Solo… solo lléveme al centro. Por favor.

El conductor la miró de reojo. Luego, asintió. No hizo más preguntas. Probablemente pensó que era una loca. O una criminal. O ambas cosas. No importaba. Estaba viva.

El coche la dejó en una plaza del centro. Amira bajó. Le dio las gracias al conductor. El hombre se marchó sin mirar atrás. Amira se quedó sola en la plaza, temblando, con la ropa mojada y el corazón aún desbocado.

Sacó el teléfono. Marcó el número de Khalid. Una vez. Dos veces. Tres.

—¿Amira? —La voz de Khalid era tensa—. ¿Estás bien?

—No. —Amira tragó saliva—. Me vieron. Tuve que correr. Pero estoy viva.

Silencio. Luego:

—¿Dónde estás?

—En la plaza del Reloj. La del centro.

—No te muevas. Voy a buscarte.

—Khalid. —Amira cerró los ojos—. Vi al hombre. El de Zafiro. No sé quién es. Pero es peligroso. Muy peligroso.

—Lo sé. —La voz de Khalid era sombría—. Lo sé. Espérame. Cinco minutos.

La llamada se cortó. Amira se sentó en un banco. La plaza estaba vacía. Solo una fuente que no funcionaba y unos árboles con las hojas mustias. Amira se abrazó a sí misma. Tenía frío. Tenía miedo. Pero sobre todo, tenía rabia.

Rabia hacia Fatima. Hacia el hombre de cabello canoso. Hacia todos los que habían convertido su vida en una huida constante. Rabia hacia un mundo que no le daba tregua.

Cinco minutos después, un coche gris apareció en la plaza. Khalid bajó. Corrió hacia ella. Se arrodilló frente al banco.

—¿Estás herida?

—No. Solo asustada.

Khalid la miró. Luego, hizo algo que Amira no esperaba. La abrazó. Fue un abrazo breve. Torpe. Como si Khalid no estuviera acostumbrado a abrazar a nadie. Pero fue un abrazo. Y Amira lo sintió hasta los huesos.

—No vuelvas a hacer eso —murmuró Khalid—. No vuelvas a asustarme así.

—No fue mi intención.

—Lo sé. —Khalid se separó. Su rostro volvió a ser duro—. Vamos. Tenemos que movernos. Si te vieron, Fatima sabrá que estamos cerca.

Subieron al coche. Khalid condujo en silencio. Amira miraba por la ventana. La ciudad pasaba a su lado. Gris. Indiferente. Como si nada hubiera pasado.




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