El puerto a medianoche era un cementerio de acero.
La niebla había bajado sobre los muelles como un sudario, espesa y salada, borrando los contornos de las grúas y los contenedores. Solo se veían siluetas. Solo se oían ecos. El agua golpeaba los pilotes con un ritmo lento, casi hipnótico. Y en algún lugar, lejano, una sirena de barco aullaba como un animal herido.
Amira y Khalid llegaron por el lado oeste, donde la valla tenía un corte que Khalid conocía de años atrás. Se deslizaron por el hueco como sombras. Amira llevaba el chaleco debajo de la chaqueta, la pistola en el costado, y un cuchillo en la bota. Khalid llevaba el rifle cruzado a la espalda y una bolsa con explosivos plásticos.
—Recuerda el plan —susurró Khalid mientras avanzaban entre dos filas de contenedores.
—Lo recuerdo. —Amira mantenía la voz baja—. Tú vas al barco. Yo cubro la retaguardia. Si algo sale mal, nos encontramos en el punto de extracción.
—Y si uno de los dos no llega en quince minutos…
—El otro se va. Sin mirar atrás.
Khalid se detuvo. La miró.
—No voy a dejarte.
—Eso es lo que dijiste que había que hacer.
—Lo sé. —Khalid apretó la mandíbula—. Pero no voy a hacerlo.
Amira sintió algo en el pecho. Algo cálido. Algo peligroso.
—Khalid…
—No discutas. —Khalid siguió avanzando—. Vamos.
Llegaron al borde del muelle tres. La Estrella del Norte seguía allí, amarrada, con las luces de cubierta encendidas. Pero algo había cambiado. Ahora había más hombres. Más armas. Más movimiento. Estaban cargando las cajas rojas en camiones. Tres camiones. Con matrículas borradas.
—Se están llevando el cargamento —susurró Amira.
—Lo sé. —Khalid observó la escena—. Tenemos que actuar ahora. O nunca.
Se ocultaron detrás de una pila de neumáticos. Khalid sacó unos prismáticos.
—Cuento diez hombres. Dos en la pasarela. Tres en el muelle. Cinco en los camiones. —Hizo una pausa—. Y ahí está.
Amira siguió su mirada. Junto al primer camión, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tranquila, estaba Tariq Al-Mansur. El tío. El traidor.
—¿Lo ves? —preguntó Khalid.
—Lo veo.
—Ese hombre me enseñó a atar los cordones de los zapatos. —La voz de Khalid era plana—. Me llevó a pescar cuando tenía ocho años. Me dijo que un hombre debe proteger a su familia por encima de todo.
—Khalid…
—Y ahora está aquí. Vendiendo a esa misma familia. Por dinero. Por poder. Por lo que sea.
Amira le puso una mano en el brazo.
—No es tu culpa.
—Lo sé. —Khalid bajó los prismáticos—. Pero duele igual.
Se quedaron en silencio un momento. Luego, Khalid sacó la bolsa de explosivos.
—Voy a poner cargas en los camiones. Cuando exploten, el caos será total. Tú te quedas aquí. Si alguien viene hacia ti, dispara. Pero no te muevas de esta posición.
—¿Y tú?
—Yo voy a por mi tío.
—Khalid, eso es una locura. Hay diez hombres armados.
—Lo sé. —Khalid la miró—. Pero es algo que tengo que hacer. Tú lo entiendes, ¿verdad?
Amira lo entendía. Lo entendía demasiado bien. Había cosas que no se podían delegar. Cosas que había que hacer uno mismo. Aunque doliera. Aunque matara.
—Entonces ve —dijo—. Yo te cubro.
Khalid asintió. Luego, hizo algo inesperado. Sacó algo del bolsillo. Un colgante. Una pequeña estrella de plata.
—Era de mi madre. —Se lo puso en la mano a Amira—. Si algo me pasa… quiero que lo tengas tú.
—No va a pasarte nada.
—No lo sabes. —Khalid cerró los dedos de Amira alrededor del colgante—. Pero gracias.
Luego, se fue.
Amira lo vio moverse entre las sombras. Rápido. Silencioso. Como un fantasma. Llegó al primer camión. Se agachó. Puso la carga. Luego al segundo. Luego al tercero.
Amira contuvo el aliento. Los hombres seguían cargando. Nadie lo había visto. Nadie lo había oído.
Khalid volvió hacia ella. Se agachó a su lado.
—Listo. Cuando exploten, corremos hacia el barco. Hay una lancha en la popa. Podemos usarla para escapar.
—¿Y el cargamento?
—El cargamento se va al infierno. —Khalid sacó el detonador—. ¿Lista?
Amira asintió.
Khalid pulsó el botón.
La primera explosión iluminó la noche como un sol naciente. El camión se levantó del suelo, envuelto en llamas. Luego el segundo. Luego el tercero. El aire se llenó de humo, de gritos, de órdenes confusas.
—¡Ahora! —gritó Khalid.
Corrieron.
Amira nunca había corrido tan rápido. Sus pies golpeaban el muelle, esquivando escombros, cuerpos, fuego. Los hombres disparaban al azar, sin saber a quién. Una bala pasó silbando. Otra impactó en un contenedor. Amira no se detuvo.