La lancha los dejó en un embarcadero privado al este de la ciudad, detrás de un almacén de pescado que ya no olía a pescado sino a abandono. Khalid conocía el lugar. Había sido punto de extracción de su padre en los viejos tiempos. Ahora era solo un recuerdo con moho en las paredes.
Amira ayudó a Khalid a subir por la escalera de madera. El brazo le sangraba a través de la chaqueta, manchando la tela de un rojo oscuro que se volvía negro bajo la luz de las farolas. Khalid no se quejaba, pero Amira notaba el peso de su cuerpo apoyándose en ella. Más de lo que él habría admitido.
—No deberías haber vuelto por mí —dijo Khalid mientras caminaban hacia el coche que habían dejado escondido.
—No volví por ti. Volví por el colgante. —Amira sonrió débilmente—. Me lo diste. No iba a dejarlo ahí.
Khalid la miró. Luego, hizo algo raro. Soltó una risa corta. Casi un ladrido.
—Eres imposible.
—Lo sé.
Llegaron al coche. Amira condujo. Khalid se sentó en el asiento del copiloto, con el brazo apoyado en la ventanilla, mirando la ciudad que empezaba a despertar. El cielo estaba gris, con una línea de naranja en el horizonte que prometía un día sin sol. La niebla se aferraba a los edificios como si no quisiera soltarlos.
—Al palacio —dijo Khalid.
Amira frenó.
—¿Estás seguro? Después de lo que pasó…
—Precisamente por lo que pasó. —Khalid se volvió hacia ella—. Tariq sabe dónde está mi oficina. Sabe dónde vivo. Sabe quiénes son mis hombres. Pero no sabe qué hay en el palacio. Nunca lo supo.
—¿Y qué hay en el palacio?
Khalid guardó silencio un momento.
—La verdad —dijo finalmente—. Mi padre guardaba todo ahí. Documentos. Nombres. Pruebas. Cosas que ni yo mismo he querido mirar.
Amira arrancó de nuevo. El coche se deslizó por las calles vacías. Pasaron por delante de la plaza del Reloj, donde Amira había esperado horas antes, temblando de frío y de miedo. Pasaron por delante del mercado, donde los primeros vendedores montaban sus puestos. Pasaron por delante de la mezquita, con su minarete recortándose contra el cielo como un dedo que señalaba algo que nadie quería ver.
El palacio de Khalid Al-Mansur no era un palacio. Era una casa grande, de piedra clara, con un jardín descuidado y una verja alta. Estaba en las afueras de la ciudad, en una colina desde la que se veía todo. El edificio tenía dos plantas, ventanas estrechas y una puerta de madera maciza con aldabas de bronce. No había guardias en la entrada. No había cámaras. Khalid nunca había creído en la seguridad visible.
—¿No deberíamos tener más protección? —preguntó Amira mientras aparcaban.
—La mejor protección es que nadie sepa que estás aquí —dijo Khalid—. Y ahora mismo, nadie lo sabe. Solo tú. Y Yusuf.
—¿Y si Yusuf…?
—Yusuf está en el piso franco. Solo. Sin teléfono. Sin forma de comunicarse. —Khalid abrió la puerta—. Confío en él. Pero no lo suficiente como para darle un teléfono.
Entraron. La casa olía a polvo y a cera vieja. Los suelos eran de mármol, con alfombras persas desgastadas. En las paredes había cuadros: retratos de hombres con barba y mirada severa, paisajes de montañas, caligrafía árabe enmarcada. Amira sintió que entraba en otro mundo. Un mundo que no era el suyo.
Khalid la guio por un pasillo hasta una puerta al final. Sacó una llave del bolsillo. Abrió.
La oficina era grande. Con estanterías hasta el techo. Con una mesa de madera oscura, cubierta de papeles y mapas. Con una ventana que daba al jardín. Y en el centro, un globo terráqueo antiguo, con países que ya no existían.
—Siéntate —dijo Khalid, señalando una silla—. Tengo que vendarme el brazo. Y luego… luego tenemos que hablar.
Amira se sentó. Khalid fue a un armario, sacó un botiquín y se sentó frente a ella. Se quitó la chaqueta. La camisa estaba empapada en sangre. Amira apartó la vista.
—No mires —dijo Khalid—. No es bonito.
—Ya he visto sangre antes.
—No la mía.
Amira lo miró. Khalid se vendaba el brazo con movimientos precisos, sin quejarse. La herida era profunda, pero no letal. Una bala había pasado rozando, llevándose piel y carne, pero sin tocar hueso. Khalid terminó, se puso una camisa limpia y se sentó detrás de la mesa.
—Bien —dijo—. Ahora hablemos.
—¿De qué?
—De todo. —Khalid abrió un cajón. Sacó una carpeta. La puso sobre la mesa—. De mi padre. De Fatima. De Zafiro. De ti.
Amira frunció el ceño.
—¿De mí?
—Sí. —Khalid la miró fijamente—. ¿Quién eres, Amira? ¿De verdad?
Amira sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—Ya te lo dije. Soy una refugiada. Vine de…
—De la guerra. Lo sé. —Khalid abrió la carpeta—. Pero hay algo que no me contaste. Algo que descubrí hace unas semanas. Cuando empecé a investigar a todos los que trabajan conmigo.
—¿Me investigaste?