La tarde cayó sobre la casa de piedra como un paño oscuro.
Amira llevaba horas revisando el mapa de Zafiro, memorizando rutas, salidas, nombres. Khalid había salido al mediodía para conseguir el vestido, las invitaciones falsas y los detalles finales del plan. Le había dicho que no abriera la puerta a nadie. Que no respondiera al teléfono. Que si algo pasaba, usara la pistola y corriera hacia el jardín, donde había un muro bajo que daba al callejón.
Amira había asentido. Pero ahora, sola en la casa enorme, con el silencio royéndole los nervios, se sentía más expuesta que nunca.
Cerró la carpeta. Se levantó. Caminó por el pasillo hacia la cocina. Necesitaba agua. Necesitaba mover las piernas. Necesitaba no pensar en la gala, en Fatima, en Tariq, en la posibilidad de que todo saliera mal.
La cocina estaba al fondo de la casa. Era grande, con azulejos blancos y una mesa de mármol. Amira abrió el grifo. Llenó un vaso. Bebió. El agua estaba fría. Le ayudó a calmar el nudo en el estómago.
Y entonces lo oyó.
Un ruido. Suave. Casi imperceptible. Pero en una casa vacía, cualquier ruido era una alarma. Amira dejó el vaso. Se quedó quieta. Escuchó.
Nada.
Quizá había sido el viento. Quizá una rama contra la ventana. Quizá su imaginación.
Salió de la cocina. Caminó hacia el pasillo. Y entonces lo vio.
La puerta de la entrada estaba abierta.
No mucho. Solo unos centímetros. Pero abierta. Y Khalid había cerrado con llave. Amira lo había visto. Lo había oído girar la llave.
Amira sintió que la sangre se le helaba. Retrocedió un paso. Su mano fue hacia su costado, donde llevaba la pistola. Pero no la llevaba. La había dejado en la oficina, sobre la mesa, mientras revisaba los documentos.
Estúpida. Estúpida. Estúpida.
Se movió hacia atrás. Hacia la cocina. Hacia la puerta trasera. Pero antes de que pudiera dar tres pasos, una figura apareció en el pasillo.
Era un hombre. Alto. Con pasamontañas. Vestido de negro. Y no estaba solo.
Detrás de él, dos más. También con pasamontañas. También de negro. También armados.
Amira no gritó. No corrió. Se quedó quieta. Como un animal que sabe que si corre, lo matan.
—Hola, Layla —dijo el primer hombre. Su voz era distorsionada por la tela. Pero había algo en ella. Algo familiar—. O debería decir… Amira.
Amira sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Quién eres?
—Alguien que te ha estado buscando durante mucho tiempo. —El hombre dio un paso adelante—. Alguien que sabe quién eres. Y lo que sabes.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. —El hombre se rió—. Eres la hija del coronel. El que descubrió Zafiro. El que murió por ello. Y ahora… ahora tú vas a terminar lo que él empezó. O vas a morir como él.
Amira sintió que las piernas le temblaban. Pero no se movió.
—¿Eres de Fatima?
—Trabajo para quien paga. —El hombre se encogió de hombros—. Y ahora mismo, Fatima paga muy bien.
—¿Qué quieres?
—A ti. —El hombre la miró—. Solo a ti. Si vienes sin resistencia, no haremos daño a nadie. Ni a ti. Ni a Khalid. Ni a esa pobre alma que rescataste del sótano.
Amira pensó. Pensó rápido. Si iba con ellos, moriría. Tarde o temprano. Si no iba, moriría ahora. Pero quizá… quizá podría ganar tiempo. Quizá Khalid volvería. Quizá habría una oportunidad.
—Está bien —dijo—. Iré con ustedes.
El hombre asintió. Hizo un gesto a los otros dos. Se acercaron. Uno de ellos le agarró el brazo. El otro le puso una capucha en la cabeza.
—Buena chica —dijo el primer hombre—. Esto será más fácil de lo que pensaba.
Amira sintió que la arrastraban. Sintió el aire frío en la piel. Sintió el suelo bajo sus pies. Y luego, el rugido de un motor. Un coche. La puerta se cerró. El coche arrancó.
Amira estaba secuestrada.
Pero en su mente, un pensamiento se repetía una y otra vez. Un pensamiento que la mantenía cuerda. Un pensamiento que era casi una oración.
Khalid vendrá. Khalid vendrá. Khalid vendrá.
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Khalid llegó a la casa a las seis de la tarde.
El sol se ponía. El cielo era una herida de colores. Traía una bolsa con el vestido. Un vestido rojo. Elegante. Peligroso. Como la noche que les esperaba.
Aparcó el coche. Bajó. Caminó hacia la puerta. Y entonces lo vio.
La puerta estaba abierta.
Khalid se detuvo. Su mano fue hacia su pistola. La sacó. Caminó despacio. Empujó la puerta con el pie.
—¿Amira?
Silencio.
Entró. El pasillo estaba vacío. La oficina, también. Los papeles seguían sobre la mesa. El mapa de Zafiro seguía allí. Pero la pistola de Amira ya no estaba.
Khalid sintió que el corazón le daba un vuelco.