En aquella época de reyes y emperadores, de los príncipes y grandes duques, de los condes y mariscales, aquella época en que la más estricta etiqueta marcaba El ritmo de la más alta convivencia social. Pero quizás donde se había centralizado más esta incomparable pompa era en el imperio de Austria, sobre todo en aquella capital llamada Viena.
Y era también cuando en la Alta Baviera, la duquesa Sofía esposa de el duque Nicolás Balmerino veía transcurrir su vida, sus cuatro hijos llamados Violet, Archie, Lilian, y Martín.
Violet era la primogénita, seguida de Archie, tiempo después había nacido el tercer hijo de los duques, una preciosa niña a quién pusieron el nombre de Lilian y que más tarde tenía que convertirse en la más encantadora de las muchachas, mimada por todos y distinguida con un afecto sin límites por el gran duque Nicolás.
Y a continuación nació el último de sus hijos el pequeño Martín que en aquel palacio pasó los primeros años de su existencia de forma plácida y sencilla, exento de la etiqueta cortesana que dominaba en la capital.
El duque Nicolás era un hombre sencillo y cordial que nunca negaba la entrada en su palacio, incluso a la gente más humilde, a pesar de que él era el segundo de los Balmerino, rama ducal, cuya familia reinaba entonces en Baviera.
Su esposa, con la que había contraído matrimonio era hermana de la reina Eloisa de Prusia, una ilustre dama que se preocupaba en gran manera de dar a sus hijos la más extensa de las educaciones y de enseñarles como era debido aquellas normas sociales que tan arraigadas tenía ella. Sin embargo el duque Nicolás, que, sin olvidar su rango social, se ocupaba de la caza y pesca e incluso de escribir obras poéticas, había influido en sus hijos que encontraban un gran aliado en su padre. Solamente Violet mantenía la correcta forma de comportarse, debido a que desde su más tierna infancia fue distinguida por su madre, que sentía un gran amor por todos sus hijos, pero ya tenía proyectada la vida que quería para Violet.
En épocas festivas la duquesa acostumbraba a realizar algunas excursiones al extranjero en las que se llevaba a sus hijos.
En cada viaje Violet asistía a una academia distinta, donde recibía toda clase de enseñanza acerca de modales, refinamiento y poesía.
_Eres la viva imagen de tu padre_ comentaba la duquesa, mientras observaba a su primogénita, _por eso debes esforzarte mucho, siento que debiste nacer siendo varón, pero lo compensaremos_.
Violet permanecía siempre en silencio, no era culpa suya ser idéntica a su padre, su hermosa cabellera rubia recogida en una elegante coleta, sus ojos azules claros siempre lucían tristes aunque lo disimulaba, o quizás, nadie lo notaba.
Bajo los consejos de su madre, se iba convirtiendo en una elegante dama, todo corazón y bondad, capaz de alternar en toda clase de reuniones con los máximos refinamientos.
En cambio Lilian que era la viva imagen de su madre, ojos castaños, un hermoso cabello pelirrojo , que como sabemos era la preferida de su padre, por su amor a la naturaleza, era sobradamente conocida en toda la región, era una linda muchacha que montaba a caballo con una destreza impecable y acompañaba a su padre por los bosques en busca de una buena pieza de caza, de la misma manera que, en su compañía, cogía las cañas para dedicarse a la pesca en el lago.
Además al igual que su padre, nunca rehuía la conversación, y consideraba que incluso sus criados eran sus amigos.
El ambiente familiar no podía ser más agradable, y, si alguien en alguna ocasión se preocupaba, era la duquesa, que, como buena madre, pensaba en el provenir de todos sus hijos.
Así Lilian llegó a cumplir 17 sin cambiar su carácter comunicativo y alegre. Montaba a caballo a sus anchas, gozaba de aquella selvática libertad que le permitía nadar y pescar en el lago. Cruzaba los prados y valles a golpe tendido, hacía que su corcel saltase matorrales y cuantos obstáculos se oponían a su paso.
El conde Nicolás estaba encantado con ella y jamás la hacía objeto del menor reproche. Muy al contrario, la felicitaba constantemente.