Damián Sotelo contempló la extensión de tierra que había pertenecido a su linaje durante casi cinco siglos.
Allí, sobre un promontorio de roca volcánica que se alzaba desafiante sobre el Atlántico, en el norte de Tenerife, su antepasado había levantado una estructura inspirada en las villas más imponentes de la Italia renacentista. La leyenda familiar decía que aquel primer Sotelo, un comerciante que amasó su fortuna entre las rutas de Indias y los puertos europeos, había robado los planos por pura envidia, jurando que su dominio sería el más sagrado y que jamás pertenecería a un hombre que no llevara su sangre.
Aquel acantilado, rodeado por el océano rugiente y con la sombra imponente del Teide a sus espaldas, lo era todo para su abuelo. Su padre había consumido su vida intentando mantenerlo en pie, sacrificando incluso la estabilidad de sus propios hijos para no romper el pacto con el pasado.
Damián había aprendido la lección de la manera más dura. Había aprendido que, cuando se carga con el apellido Sotelo, el deber está por encima de cualquier sentimiento. Si era necesario negar la propia humanidad para asegurar que el legado pasara a la siguiente mano, lo haría. La mano que portaba la antorcha podía quemarse hasta el hueso, pero la llama debía ser eterna.
Ahora, la responsabilidad de devolverle a la familia su gloria y su fortuna recaía exclusivamente sobre sus hombros.
De niño, Damián le prometió a su abuelo que reconstruiría su imperio. Su primo se rió de él entonces. Se rió de nuevo cuando Damián le advirtió que la única forma de saldar sus deudas de juego era vendiéndole su parte de la propiedad heredada.
Damián fijó la vista en la construcción que tenía delante. Su rostro, de una belleza fría y angulosa, parecía tallado en el mismo basalto que formaba la isla. Sus ojos, oscuros con destellos dorados —herencia de una antepasada del norte—, permanecían clavados en el horizonte donde el azul del mar se fundía con el gris del cielo tormentoso.
Su primo ya no se reía. Pero Damián sabía que estaría planeando su venganza. Siempre le había envidiado, siempre se había sentido en desventaja por ser el hijo del hermano menor, y culpaba a Damián de su propia mediocridad.
Damián era consciente de su reputación. En el sector de la construcción de las Islas, se decía que exigía lo imposible. No había magia negra en su ascenso meteórico desde la pobreza de su infancia hasta los miles de millones que ahora manejaba; solo había una determinación violenta y un trabajo extenuante. Su empresa, Sotelo Construction, no se alimentaba de maletines bajo la mesa, sino de una eficiencia despiadada. Él mismo supervisaba cada plano, cada cimiento, cada viga. El honor y el orgullo eran el cemento de su imperio.
Sabía que muchos hombres disfrutarían viéndole caer. Pero nadie conocía la isla, ni sus secretos, como él.
El sol del amanecer bañó su perfil por un instante, dándole la apariencia de un conquistador antiguo reclamando su territorio. A unos metros, su capataz esperaba junto a una hilera de maquinaria pesada que rugía impaciente.
—¿Qué quiere que hagamos, señor Sotelo? —preguntó el hombre, intimidado por la expresión adusta de su jefe.
Damián observó la vieja estructura, el símbolo de la decadencia de su primo, con un desprecio absoluto.
—Destrúyelo —ordenó con voz gélida—. Tíralo abajo y nivela el terreno hasta que no quede ni el polvo.
El capataz parpadeó, impactado. —Pero... su primo dijo que...
—Mi primo ya no tiene voz ni voto aquí —sentenció Damián girándose sobre sus talones—. Destrúyelo todo.
Mientras las mandíbulas de acero de las excavadoras empezaban a morder la piedra, Damián se alejó sin mirar atrás. El pasado estaba siendo demolido para dejar espacio a su nuevo orden.