—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Blanca con ansiedad.
Elena miró a sus hermanas. Ese instinto visceral de protección, el mismo que la había mantenido en pie durante los últimos seis años, dictó su respuesta antes de que su mente pudiera procesar el miedo.
—Solo hay una cosa que puedo hacer —sentenció—. Tendré que ir a buscarlo.
—¿A Tenerife? ¿Vas a volar hasta allí para enfrentarte a él?
—Es la única salida, Blanca. No va a responder a más correos de abogados.
—Pero no tenemos ni para el billete, Elena.
Esa era Rocío, de veintidós años, la menor. Estaba sentada a la mesa de la cocina vigilando a sus gemelos de cinco años, que devoraban su merienda frente al televisor. El silencio de la casa, una vez llena de risas, ahora pesaba como el plomo.
No tenían dinero. Y Elena cargaba con esa culpa como si fuera una piedra al cuello.
Seis años atrás, el mar se había llevado a sus padres durante unas vacaciones, dejando un vacío que Elena intentó llenar dejando la universidad y asumiendo el mando. Se convirtió en decoradora de interiores en Madrid, luchando por mantener el estatus de una familia que, según descubrió tarde, vivía de castillos en el aire. Sus padres, encantadores y bohemios, les habían dado una infancia de cuento de hadas en una casona de piedra en la sierra, pero tras su muerte, el cuento se reveló como una pesadilla de hipotecas impagadas y deudas bancarias.
Elena vendió todo. Se mudaron a un piso más modesto y, con el último aliento de sus ahorros, montó su propio estudio de diseño. Al principio, el boom inmobiliario la favoreció; decoró villas de lujo y lofts de diseño. Se confió. Compró una furgoneta para el trabajo, una casa más grande para que los gemelos de Rocío —fruto de un desengaño amoroso que casi destroza a la pequeña de las hermanas— tuvieran jardín, y firmó préstamos que entonces parecían asumibles.
Pero la crisis no avisó. Los proyectos se cancelaron, los clientes dejaron de pagar y los ahorros se evaporaron. Y ahora, el nombre de Damián Sotelo aparecía en cada documento de embargo. Él no era un banco lejano y frío; era el hombre que había comprado su deuda, el contratista que ahora poseía, literalmente, el techo bajo el que dormían sus hermanas.
En aquel momento, Blanca trabajaba como jefa de proyectos en una constructora local y Rocío se ofreció a buscar cualquier empleo. Pero sus hermanas se negaron en redondo; querían que los gemelos tuvieran a su madre en casa, la misma infancia protegida que ellas habían disfrutado. Elena, con ese optimismo que empezaba a flaquear, les aseguró hace seis meses que ella podría encontrar un empleo fijo en cualquier estudio de diseño si su propio negocio fallaba.
Además, varios clientes importantes le debían facturas astronómicas. "Nos apañaremos", solía decir.
Pero la realidad fue una bofetada de realismo. Nadie contrataba en Madrid; los estudios estaban reduciendo plantilla, no ampliándola. Sus clientes habituales cancelaron proyectos de un día para otro, y las deudas que esperaba cobrar se convirtieron en silencios administrativos.
La situación llegó a tal extremo que Elena ya había decidido bajar al supermercado del barrio para pedir trabajo reponiendo estanterías. Pero entonces llegó aquella carta. Y con ella, la desesperación absoluta.
Dos de sus clientes más antiguos, promotores con los que había trabajado a menudo, le habían encargado el diseño de interiores de un pequeño bloque de apartamentos de lujo. El lugar: un promontorio salvaje en el norte de Tenerife. Iba a ser la primera fase de un complejo turístico de élite que incluiría villas integradas en la roca, hoteles de gran lujo y un puerto privado.
Le habían dado carta blanca para recrear una estética de "lujo mediterráneo-bohemio": paredes de un blanco nuclear, acabados en piedra volcánica, suelos de mármol pulido y muebles de cristal que dejaran pasar la luz atlántica. Un refugio minimalista en medio del caos volcánico.
Elena puso todo lo que le quedaba en ese proyecto. Compró materiales por adelantado, contrató artesanos y se endeudó para cumplir con los plazos. Lo que no sabía era que sus clientes estaban al borde de la quiebra y que Damián Sotelo estaba esperando en la sombra para absorberlo todo... incluyendo su contrato y su deuda.
Elena voló a Tenerife para ver los apartamentos con sus clientes, los Reinilla, una pareja de mediana edad con la que nunca había llegado a conectar del todo. Al aterrizar y dirigirse al norte, la desilusión fue inmediata. Esperaba una arquitectura que respetara el entorno volcánico, algo orgánico y valiente; en su lugar, se encontró con un bloque rectangular de seis plantas, un mazacote de hormigón que parecía una herida abierta en el acantilado. No había rastro del lujo que le habían prometido.
Cuando Elena les confesó sus dudas, advirtiendo que aquello sería imposible de vender a un público exclusivo, Basile Reinilla se limitó a soltar una carcajada condescendiente.
—Escucha, Elena, conseguimos un precio tan ridículo del constructor que no podríamos perder dinero ni aunque lo intentáramos —bromeó Basile.
O al menos, ella quiso creer que era una broma. Basile siempre alardeaba de su "olfato" para los negocios, una herencia familiar de la que su esposa sacaba pecho constantemente. "Basile nació con estrella para las inversiones", solía decir ella. Pero la estrella se había apagado, dejando tras de sí un rastro de deudas y facturas impagadas.
Al verse acorralado y sin liquidez para pagar los honorarios de Elena, Basile le hizo una propuesta desesperada: en lugar de dinero, le entregaría el veinte por ciento de la propiedad de aquel edificio en Tenerife. Elena habría preferido el efectivo para salvar su propia casa y el futuro de sus hermanas, pero su abogado fue tajante: "Acepta el porcentaje o no verás ni un céntimo".
Así fue como Elena acabó convertida en socia de un edificio fantasma, atrapada legalmente con los mediocres Reinilla y con el dueño del terreno: el primo de Damián Sotelo, un hombre que, según descubrió después, le había ocultado que la guerra por esa tierra ya estaba perdida.