¡No! Aquello era, sencillamente, imposible. El edificio de apartamentos no podía haber desaparecido por arte de magia. Pero así era.
Elena parpadeó con fuerza, deseando que el sol de la tarde le estuviera jugando una mala pasada, una especie de espejismo volcánico. Pero no sirvió de nada. El bloque de apartamentos se había esfumado. Allí donde esperaba encontrar el familiar perfil rectangular de seis plantas, solo quedaba una explanada de tierra removida, herida por las huellas profundas de la maquinaria pesada y el polvo en suspensión.
Había sido un viaje agotador. El taxi que la trajo desde el aeropuerto del sur había recorrido la isla a una velocidad suicida, con un conductor que parecía ignorar cualquier norma de tráfico, sumado al cansancio de un vuelo de bajo coste que se le había clavado en los huesos. Finalmente, tras dejar la autopista principal, el coche se había adentrado por un camino estrecho y polvoriento que serpenteaba hacia el acantilado.
Mientras el taxi daba tumbos, Elena se aferraba al asiento, dándose cuenta de que el paisaje había cambiado. Donde el año pasado solo había una valla de espino oxidada bloqueando el paso, ahora se alzaban unas imponentes puertas de hierro forjado, cerradas con una cadena y un candado que brillaban bajo la luz canaria.
El taxista se negó a avanzar más cuando los surcos del camino se hicieron demasiado profundos para su vehículo. Elena, consciente de cada céntimo que le quedaba, le pagó la tarifa acordada de antemano. Antes de que se marchara, le pidió su tarjeta; necesitaba una vía de escape para cuando tuviera que bajar a la ciudad a enfrentarse a Damián Sotelo, una vez se hubiera "instalado" en su apartamento. Qué estúpida se sentía ahora.
Elena se quedó sola, mirando el suelo donde una vez se alzó el bloque de hormigón. Alzó la cabeza y giró hacia el cabo, donde la vegetación baja y seca se encontraba con el azul profundo y violento del Atlántico. El viento soplaba con fuerza, trayendo un sabor a sal... ¿o era la sal de sus propias lágrimas de impotencia? ¿Qué demonios estaba pasando? Basile le había jurado que su veinte por ciento le garantizaba la propiedad de dos apartamentos valorados en una fortuna. Pero ese valor se había evaporado con el edificio. Era un dinero que no podía permitirse perder; era la vida de sus hermanas.
Se encontraba en mitad de la nada, con menos de cincuenta euros en el bolsillo, sin techo, sin transporte y sin el activo que venía a defender. No tenía nada. Excepto, por supuesto, la amenaza de la carta que quemaba en su bolso. Todavía tenía que enfrentarse a eso... y al hombre que, sin duda, era el responsable de este desierto de escombros.
Decir que Damián Sotelo no estaba de buen humor era quedarse corto. Su presencia era capaz de hacer vibrar el aire con la amenaza de una tormenta inminente; tenía esa capacidad de los hombres poderosos para asfixiar el espacio que los rodeaba cuando su ira se desataba. Como ahora.
El motivo de su furia era su primo. Tras el fallido intento de Tino de sacarle dinero utilizando las tierras del abuelo mediante triquiñuelas legales, ahora había optado por el chantaje directo. Tino aseguraba que en el testamento del patriarca quedaba implícito que la propiedad debía pasar de varón a varón, y que Damián, al no tener descendencia ni estar casado, estaba vulnerando el espíritu de la herencia. Damián lo sabía, por supuesto. Sabía que, tarde o temprano, necesitaría un heredero para que el imperio Sotelo no se desmoronara. Sus abogados, en un exceso de prudencia que a él le resultaba insultante, le habían aconsejado que evitara juicios interminables y guerras públicas. "Dale el millón de euros que pide y que desaparezca", le habían sugerido.
¿Ceder al chantaje? Jamás. Damián apretó los labios con una mezcla de amargura y orgullo indomable.
—En ese caso, quizá deberías plantearte buscar una esposa —le había dicho su abogado principal durante su última reunión en Santa Cruz.
—¿Para qué? Lo que dice Tino no tiene ni pies ni cabeza —gruñó Damián.
—Porque él no tiene nada que perder y tú lo tienes todo. Tiempo, dinero y reputación. Una batalla legal de este calibre puede durar años.
Y Damián sabía que, una vez que entrara en esa batalla, no se detendría hasta aniquilar al contrario. No era el millón de euros; para un hombre con su patrimonio, esa cifra era calderilla. Era el principio de la cuestión: Tino creía que podía extender la mano y recibir un dinero que no se había ganado con sudor. Damián intentaba aplacar su furia arrancando las ramas secas de un viejo árbol retorcido por el viento cuando vio un taxi bajar por el camino de tierra hacia el cabo. El coche se detuvo, soltó a un pasajero y dio media vuelta a toda prisa, levantando una nube de polvo rojizo.
Damián entrecerró los ojos. Al disiparse el polvo, vio a una mujer de pie frente al solar vacío donde hasta ayer se levantaba el edificio de su primo. Parecía perdida, frágil y completamente fuera de lugar en aquel entorno hostil.
Damián llevaba puesto un viejo sombrero de lona con el logo de Sotelo Construcción. Con los brazos curtidos al aire, una camiseta blanca que se pegaba a su pecho y los vaqueros manchados de polvo hundidos en unas botas de trabajo, parecía una extensión más de la roca volcánica. Se acercó desde la linde de los árboles y observó a Elena, que miraba hacia el mar con los brazos cruzados, protegiéndose de un frío que no era solo ambiental.
Elena se dio la vuelta para caminar hacia el solar donde antes estaban los apartamentos y se quedó paralizada al descubrirlo. Aquel hombre la observaba como un depredador que encuentra a un intruso en su cubil.