Una Deuda con el Magnate Griego.

Capítulo 3

El trayecto hasta la Hacienda Sotelo se realizó en un silencio sepulcral. Damián conducía un todoterreno negro que parecía devorar la pista de tierra con la misma agresividad con la que él manejaba su vida. Elena miraba por la ventanilla, viendo cómo las luces de los pueblos lejanos de Tenerife empezaban a parpadear, sintiéndose como una prisionera siendo trasladada a una fortaleza.

Finalmente, el vehículo se detuvo ante una verja de piedra y hierro que se abrió automáticamente. Al final de un camino flanqueado por palmeras, se alzaba la mansión: una construcción señorial de estilo canario, con balcones de madera tallada y una iluminación que resaltaba su imponente arquitectura.

Damián bajó del coche y, antes de que ella pudiera reaccionar, abrió su puerta.

—Bienvenida a su nuevo hogar, señorita Elena —dijo él con una sonrisa carente de toda calidez—. Al menos, hasta que decidamos cómo va a pagar su deuda.

—¿A dónde vamos? —preguntó Elena con voz insegura, una vez que recuperó el equilibrio y se aseguró de que él mantenía una distancia prudencial.

—A ninguna gruta donde pueda encerrarte como a una ninfa cautiva para satisfacer las necesidades de un dios, si es eso lo que estás imaginando —respondió Damián con una ironía que cortaba como el hielo—. Estamos regresando a la Hacienda Sotelo, que es donde tengo el coche.

—¿La Hacienda Sotelo? ¿Es ahí donde vives? —quiso saber ella. Necesitaba desesperadamente desviar el tema hacia algo trivial; cualquier cosa era más segura que seguir pensando en la peligrosa combustión que sus cuerpos habían provocado hace apenas unos minutos.

—No. Mi residencia habitual es un ático en el centro de Santa Cruz, sobre las oficinas de Sotelo Construcción. La hacienda es muy antigua y está en un estado delicado. Tino estaba convencido de que acabaría demoliéndola; decía que era un estorbo y un peligro para el complejo de lujo que pensaba levantar aquí... pero estoy seguro de que eso ya lo sabes. Después de todo, era vuestro plan maestro, ¿no?

Casi habían llegado a la cima de la pendiente. Aunque Elena estaba sin aliento por el esfuerzo físico, se giró para enfrentarlo. Sus ojos, normalmente de un gris suave, lanzaban ahora destellos plateados de auténtica furia.

—Ya te he dicho que nunca he visto a tu primo. ¡Ni siquiera sabía que existía esta casa! —estalló ella—. Jamás escuché sus planes de negocio más allá de la decoración de interiores.

—Planes que incluían manipularme para que le vendiera mi mitad de la herencia de mi abuelo —continuó Damián, ignorando su protesta—. Quería obligarme a destruir el hogar de mis ancestros para poner una piscina y un bar de copas.

Damián terminó de subir los últimos metros del camino con zancadas poderosas. Elena lo siguió, pero se detuvo bruscamente al coronar la cima. Lo que vio abajo, bañado por los últimos y sangrientos rayos del sol canario, la dejó sin respiración.

Al final de una entrada estrecha y larga, flanqueada por cipreses y rodeada por jardines que evocaban la Toscana, ligeramente elevada sobre el terreno volcánico como una perla con el Atlántico de fondo, se alzaba...

—Es una réplica de Villa Emo —murmuró Elena sin aliento, clavando la vista en la construcción. Se giró hacia Damián, incapaz de dar crédito a lo que veía—. Es exactamente igual al palacio diseñado por Palladio a las afueras de Venecia. ¿Cómo es posible?

A ambos lados del edificio principal, unas alas se extendían en perfecta simetría, rematadas en cada extremo por torres clásicas.

—Es una preciosidad —susurró ella, maravillada por la increíble armonía del edificio y preguntándose cómo aquel sueño arquitectónico veneciano había terminado en este remoto rincón de Tenerife.

—Algunos dirían que es una belleza maldita —respondió Damián, y su voz estaba cargada de una amargura tan densa que el aire pareció enfriarse—. Alguien se empeñó en poseerla y mi abuelo estaba decidido a no entregarla. Esa tozudez les costó la vida a mi padre y al padre de Tino.

Sin esperar respuesta, Damián caminó con paso firme hacia la entrada. Elena lo siguió de inmediato, impulsada por una mezcla de asombro y una empatía que no podía frenar.

—¿Qué le sucedió a tu padre? —preguntó ella cuando estuvo a su altura. Ella también había perdido a los suyos; conocía ese vacío.

—¿Qué le sucedió?

Damián se detuvo tan de golpe que Elena estuvo a punto de chocar contra su espalda. Para estabilizarse, apoyó la mano en su antebrazo. El contacto fue como una descarga; la piel de Damián estaba caliente y dura como el metal al sol. Elena retiró la mano al instante, asustada por esa familiar oleada de deseo que la recorría cada vez que lo tocaba. ¿Cómo podía ese hombre despertar en ella algo que nadie había logrado jamás, y hacerlo sin siquiera intentarlo?

Damián volvió a hablar, y ella hizo un esfuerzo titánico por concentrarse en sus palabras y no en el latido desbocado de su propio pulso.

—Hace décadas, durante los años más oscuros del régimen, un alto mando militar se encaprichó de esta finca. Cuando mi abuelo se negó a vender, decidieron que debía elegir entre la villa y la vida de sus hijos. Juzgaron mal a mi abuelo, me temo. Él eligió la villa.

—¿Antes que a sus propios hijos? —Elena no pudo disimular su horror—. ¿Cómo pudo alguien hacer algo así?

Habían entrado en la zona de los jardines, pero Elena ya no veía la arquitectura ni las flores. Estaba demasiado abatida por la historia de sangre que sostenía aquellos cimientos.

—Para él, la tierra y el honor eran lo único que sobrevivía al hombre —afirmó Damián mientras salían de la sombra de los árboles hacia un patio de gravilla donde descansaba su todoterreno—. No creía en las amenazas, hasta que fue tarde.

—Entonces... ¿qué le pasó a tu padre? —Elena necesitaba cerrar esa herida abierta en la conversación.

—Les dispararon. A los dos —sentenció Damián con una frialdad que helaba la sangre—. Pero no al mismo tiempo. Al padre de Tino, el más joven, lo soltaron primero bajo la promesa de que convencería a mi abuelo de ceder. No lo consiguió. Al final, a mi padre lo ejecutaron de frente. A mi tío le dispararon por la espalda mientras intentaba huir por los barrancos.




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