Una Deuda con el Magnate Griego.

Capítulo 8

Cuando llegaron a la galería en el centro de Santa Cruz, la entrada estaba bañada por el resplandor de los focos y el destello de los diamantes que lucían los invitados. Damián tomó a Elena del brazo con firmeza y la guió a través de la masa de paparazzis que se agolpaban para fotografiar a la élite tinerfeña. Los flashes estallaban a su paso, capturando la imagen del heredero de Sotelo Construcción con su misteriosa acompañante.

—Ahora entiendo por qué despreciabas mi ropa —se vio obligada a reconocer Elena una vez estuvieron a salvo en el interior del edificio—. Está claro que para ser considerada digna de ti tendría que haberme vestido de forma muy distinta.

Había observado a las demás mujeres: llevaban vestidos minúsculos, literalmente pegados a sus cuerpos esculpidos, revelando piernas bronceadas y escotes imposibles. Comparada con ellas, Elena se sentía como una sombra elegante, pero fuera de lugar. Entendía ahora por qué él había ridiculizado su estilo previo; si aquello era lo "normal" en su mundo, ella era una anomalía.

—Las mujeres que estás viendo son piezas de caza —le aseguró Damián con una seriedad gélida—. Están en venta, buscando maridos ricos que financien su existencia. La ropa que llevan delata su profesión, igual que su afán por ser el centro de cada fotografía. No las confundas con lo que tú representas esta noche. Ven conmigo.

Como por arte de magia, la masa de cuerpos bronceados y perfumes caros se abrió para dejarles paso. Elena notó las miradas hambrientas e invitadoras que las mujeres le lanzaban a Damián, y cómo esas mismas miradas se transformaban en puñales de envidia al posarse sobre ella y el anillo de su dedo. Aparte de las chicas de compañía y de los hombres que pululaban a su alrededor, en el interior de la galería había varios grupos de personas influyentes de las islas: empresarios con trajes de corte impecable y mujeres elegantes vestidas con las últimas colecciones de Milán y París.

La gente se arremolinó de inmediato a su alrededor entre susurros y exclamaciones de sorpresa. Elena no tuvo que fingir la súbita timidez que la hizo acercarse instintivamente a Damián; él, en respuesta, le tomó la mano con firmeza y la acomodó sobre su brazo, un gesto protector que a ojos de los demás rebosaba devoción. Uno de los hombres se acercó a ellos con la mano extendida y una sonrisa de tiburón.

—Damián, amigo mío, me alegro de verte por aquí.

—Eso solo lo dices porque quieres convencerme para que compre alguna de estas piezas, Esteban —respondió él, girándose hacia Elena con una naturalidad que la dejó helada—. Cariño, permíteme que te presente a Esteban. Debo advertirte que insistirá en ofrecernos alguna espantosa pieza de supuesto arte moderno como regalo de bodas.

«Cariño»... La palabra sonó tan íntima, tan cargada de una posesión fingida pero creíble, que Elena sintió un escalofrío. Damián había anunciado su compromiso y su inminente boda con una inteligencia táctica demoledora, sin dejar espacio a las preguntas.

—Damián, ¿cómo es posible? Siempre has jurado que nunca te casarías.

La que hablaba era una mujer que tendría la misma edad que el propio Damián. Sonreía, pero había una dureza en su mirada y un matiz amargo en su voz que le hizo pensar a Elena que tal vez ella había sido una de las muchas mujeres que pasaron por su vida. Aunque llevaba un anillo de casada y la acompañaba un hombre de mandíbula cuadrada que parecía ser su marido, su interés por Damián seguía siendo evidente.

—Elena me ha hecho cambiar de opinión, Elena —respondió Damián, usando el nombre de la mujer con una cortesía cortante.

Él la miró entonces a ella, a su Elena, con una intensidad tan fingida y a la vez tan perturbadora que el resto del mundo pareció desaparecer por un segundo.

—Ella es la única mujer que ha conseguido que el futuro tenga sentido para mí —añadió él, apretando ligeramente su brazo contra su costado.

La sonrisa que Damián le dedicó cuando se giró para mirarla le hizo sospechar que, si le hubiera sonreído así de verdad, se habría derretido allí mismo.

—Bueno, no podéis pasaros la noche pegados como un par de tortolitos —replicó Eleni, con una voz que destilaba veneno—. Quiero que convenzas a mi marido para que me construya una nueva villa en la costa... Y tú, por supuesto, debes encargarte de la obra, Damián. No existe otro constructor en todas las Canarias al que pudiéramos encargarle algo así. Tengo pensado que copies Villa Sotelo para nosotros, ya que insistes en negarte a vendernos la propiedad original.

Elena sintió al instante cómo el brazo de Damián se volvía rígido contra el suyo. Si habían tenido algo en el pasado, la separación no había sido amistosa; el resentimiento flotaba en el aire como el humo de un incendio. Eleni debía saber perfectamente que Damián jamás vendería la casa de su familia.

—¿Te ha enseñado ya Damián la villa, Elena? —continuó la mujer, clavando sus ojos en ella—. ¿Te ha dicho que espera que la conviertas en tu hogar? Personalmente, yo no podría vivir en un lugar tan apartado, en medio de esos riscos volcánicos. Una no puede evitar preguntarse qué estará haciendo su marido en la ciudad mientras ella está atrapada en una península en medio de la nada.

—Yo nunca me casaría con un hombre en el que no confiara plenamente —respondió Elena pausadamente, con una callada dignidad que sorprendió incluso a Damián.

—Querida, eso es muy valiente por tu parte —Eleni estaba literalmente ronroneando—. Odio decirte esto, pero aunque los hombres prometen cualquier cosa en los comienzos del amor, el matrimonio trae cambios. Cuando la mujer se ocupa de la casa, el marido busca diversión fuera. Después de todo, los hombres de sangre fuerte siempre han buscado aventuras. Está en su naturaleza.

—Si un hombre es realmente feliz en su matrimonio no busca satisfacción fuera de él, Eleni. Y sé que con Elena encontraré toda la felicidad que necesito —sentenció Damián.




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