Elena sintió que el rubor se extendía por su pecho, subiendo por su cuello hasta encender sus mejillas. Miró la copa que él acababa de rellenar.
—Ya me he tomado una copa entera —le recordó ella.
—Y si tomas dos puede que no seas capaz de controlar el deseo que sientes por mi cuerpo? —la retó.—Tengo la sensación de que la mejor manera de sofocar tu curiosidad sexual sería satisfaciéndola.
¿Era el alcohol lo que la hacía considerar aquello, o era la devastadora honestidad de Damián?
—¿Estás sugiriendo que... que tengamos una noche de bodas real para "quitarnos esto de encima"? —preguntó ella, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. Como si fuera una cláusula adicional de tu contrato.
Damián arqueó una ceja, impresionado por la capacidad de Elena para llamar a las cosas por su nombre incluso bajo presión.
—Llamémoslo una medida de control de daños —respondió él, su voz bajando un octavo de tono hasta volverse peligrosamente íntima—. Ambos sabemos que esta tensión no va a desaparecer por arte de magia. Está interfiriendo en el trabajo, en nuestras conversaciones... incluso en el modo en que nos miramos delante de los demás. Podríamos pasar meses luchando contra ello, o podríamos simplemente... aceptarlo.
Elena apretó los dedos alrededor del tallo de la copa. La lógica de Damián era aterradora porque, en el fondo, ella sabía que tenía razón. Cada roce accidental, cada mirada prolongada, la estaba consumiendo. Pero había un miedo más profundo: ¿qué quedaría de ella si permitía que Damián Sotelo entrara en su cama y en su cuerpo, sabiendo que su corazón seguía bajo llave?
—¿Y qué pasará mañana? —le retó ella, sosteniéndole la mirada—. ¿Crees que después de... después de eso, podremos volver a ser simplemente dos extraños que comparten un apellido y un ático? ¿Qué pasará cuando esto termine y yo no sea más que otra muesca en tu lista de conquistas?
Damián se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia sobre la mesa hasta que Elena pudo ver las motas doradas en sus iris oscuros.
—No eres una conquista, Elena. Eres mi mujer —dijo él, y por primera vez la palabra no sonó a contrato—. Y mañana seguiremos siendo lo que somos: dos personas con un objetivo común. Solo que, tal vez, dormiremos mejor.
Elena guardó silencio un largo minuto, observando a la familia feliz de la mesa de al lado, y luego volvió a mirar a Damián. Aquel hombre era su salvador y su captor, su marido y su mayor tentación. Se negó a responderle. Sencillamente, no se atrevía; sentía que cualquier palabra que saliera de su boca en ese momento sería una rendición absoluta.
No le gustaba el modo en que Damián la estaba mirando, con esa fijeza de quien ha diseccionado todos tus secretos. Y no le gustaba nada que aquella mirada estuviera haciendo que el fuego líquido del deseo corriera por sus venas, como si fuera una adolescente en presencia de su ídolo, indiferente a la realidad o al peligro. Tampoco le gustaba el modo en que, de pronto, sus ojos se sentían atraídos magnéticamente por la boca de Damián. Apenas podía respirar ni pensar en nada que no implicara cierta intimidad con él. Quería descubrir si aquel labio inferior, firme y carnoso, se sentiría tan suave como imaginaba. ¿Qué sucedería si lo tocaba con las yemas de los dedos, si lo exploraba con la lengua, si finalmente rompía la barrera de cristal que los separaba? Desesperada, Elena le dio un sorbo a su copa de champán. Necesitaba algo, lo que fuera, para enfriar el calor sensual que se había apoderado de ella. Pero Damián seguía mirándola, como si supiera perfectamente que el hielo del champán no podía apagar el incendio que él mismo había provocado.
Elena aspiró con fuerza mientras la conciencia la aguijoneaba. «De acuerdo —se admitió en un arranque de honestidad brutal—, me gusta. Me gusta que me desee, pero no me gusta que me guste tanto».
Diez minutos más tarde, cuando Damián le abrió la puerta del Bentley frente al edificio, Elena bajó del coche con las piernas temblorosas. Se dio cuenta de que la verdad era simple: por mucho que deseara vivir la experiencia de estar con él, y por muy dispuesta que estuviera a explorar cada rincón de aquel hombre complejo, seguía siendo lo suficientemente mujer como para querer algo más. Necesitaba que fuera él quien diera el primer paso definitivo. Necesitaba sentir su deseo, un hambre tan voraz que él no pudiera negarla ni escudarse en el cinismo de un acuerdo comercial. Solo entonces, cuando viera que el impecable Damián Sotelo perdía el control por ella, se dejaría llevar por su pasión. Y por supuesto, se dijo mientras subían en el ascensor privado hacia el ático, eso no iba a suceder... ¿verdad?
Al entrar en el salón, el silencio era absoluto. Damián se quitó el reloj, lo dejó sobre la mesa de entrada y se volvió hacia ella. La luz de la tarde bañaba el salón, dándole a su piel un tono bronceado y peligroso.
—Has estado muy callada durante el trayecto, Elena —dijo él, acortando la distancia—. ¿Estás volviendo a levantar ese muro de cojines en tu mente o estás esperando a que yo lo derribe?
—¿Qué es esto? —preguntó Elena con curiosidad, olvidando por un segundo su incapacidad para hablar mientras se inclinaba para recoger un pequeño abalorio de cristal azul que brillaba en el suelo, junto a la puerta del ático.
—Está claro que María ha pasado por aquí y que sabe perfectamente qué día es hoy —respondió Damián. Le quitó el abalorio de los dedos y volvió a colocarlo en el suelo, con un respeto que sorprendió a Elena—. Es un ojo turco, aunque aquí en las islas muchos lo usan también para proteger del mal de ojo. Es una tradición. Significa que María aprueba nuestro matrimonio y, al dejarlo ahí, cree que nos está protegiendo de la mala suerte.
Elena asintió en silencio. Le habría gustado quitarse ya el vestido de seda blanca y la chaqueta, ponerse algo menos arreglado y más "ella", pero le preocupaba que cualquier movimiento hacia el dormitorio fuera malinterpretado por Damián después de la conversación en el restaurante.