Una Deuda con el Magnate Griego.

Capítulo 12

—Hoy he disfrutado mucho. Gracias por traerme y enseñarme la villa —le dijo Elena mientras caminaban hacia el Range Rover.

Él también había disfrutado, reconoció Damián para sus adentros. Cuando no tenía que luchar contra la marea de sentimientos que ella despertaba en él, la compañía de Elena era... necesaria.

Se detuvieron en el mismo pueblo costero para tomar algo antes de seguir hacia la capital. Estaban terminando su café en la terraza de una tasca frente al mar, protegidos de la brisa, cuando sucedió. Un sonido profundo, como un trueno subterráneo, y el movimiento violento de la tierra bajo sus pies.

La mesa se tambaleó, derramando el café sobre el regazo de Elena. Al instante, Damián se puso de pie, la agarró por la cintura con una fuerza asombrosa y la tiró al suelo, cubriéndola completamente con su propio cuerpo.

—Es un terremoto —le advirtió él contra el oído.

—¿Un terremoto? —repitió Elena, con el corazón en la garganta.

—Son frecuentes en las islas. No va a pasar nada, solo quédate quieta —ordenó él con voz firme, mientras su mano derecha sujetaba la parte posterior de la cabeza de ella en un gesto protector.

Elena se quedó inmóvil bajo el peso de Damián, con el rostro apoyado contra su hombro. Podía sentir el aroma a sándalo y lluvia de su piel, ahora tan familiar. Sus propios latidos eran erráticos; esperaba que él creyera que era por el susto y no por la proximidad eléctrica de sus cuerpos. El destino parecía burlarse de ella: había deseado que él la estrechara entre sus brazos, pero no precisamente bajo la amenaza de un desprendimiento de rocas.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó ella mientras el estruendo crecía.

—Rocas desprendiéndose de la ladera —explicó él sin soltarla.

La tierra volvió a sacudirse. Damián la abrazó con más fuerza, pegándola al suelo. Elena cerró los ojos. Si él la amara, este momento de peligro sería una comunión de almas, una celebración de la vida frente a la muerte. ¿Por qué se había enamorado de él? ¿Por qué no podía simplemente desearlo físicamente y nada más?

Cuando el suelo finalmente se asentó, Elena se sintió extrañamente a salvo. Con él, su integridad física estaba protegida; era su integridad emocional la que corría un peligro mortal.

—Creo que ya ha pasado —susurró Damián. El calor de su aliento le provocó escalofríos. Estaba tan cerca que Elena recordó el roce de su lengua en la piscina y tuvo que luchar contra el impulso de besarlo allí mismo.

—¿Habrá afectado a la finca? —preguntó ella, tratando de desviar sus pensamientos.

—No. Esa zona es de roca sólida, no hay riesgo —respondió él, pero tardó unos segundos en retirar su cuerpo del de ella.

Cuando se puso de pie, ayudó a Elena a incorporarse. Sus ojos se encontraron.

—Tienes polvo en la cara —dijo él. Antes de que ella pudiera reaccionar, Damián se inclinó y le limpió la mejilla con el pulgar, con una suavidad que la desarmó.

Elena se inclinó hacia él, buscando prolongar el contacto, pero Damián reculó de inmediato, recuperando su distancia de seguridad. Él se sentía como un extraño en su propio cuerpo. Desde que Elena había entrado en su vida, el hombre racional y calculador que solía ser estaba perdiendo la batalla contra un desconocido impulsivo que solo quería protegerla. Un extraño cuyo primer instinto, puro y visceral, había sido proteger a Elena. «¿Por qué?», se preguntaba Damián con una furia silenciosa mientras se sacudía el polvo de los vaqueros. Se respondió con la lógica de un contrato: porque le convenía protegerla. Después de todo, era su esposa ante la ley; su seguridad era un activo necesario para el éxito de su plan contra su primo. Cualquier otra explicación era inadmisible.

En el pueblo, la vida retomaba su pulso con la parsimonia de quienes están acostumbrados a los caprichos de la tierra. Los pescadores ya retiraban los escombros de la carretera y las cafeteras volvían a silbar cuando Elena se puso de pie, todavía con las piernas de gelatina.

—¿Estás bien? —preguntó Damián, recuperando ese tono metálico que usaba en las juntas de accionistas.

—Sí, gracias a ti —respondió ella, buscando sus ojos.

Pero él ya se estaba apartando. Definitivamente. Rechazaba su gratitud con la misma eficiencia con la que descartaba un presupuesto inflado. Rechazaba cualquier contacto emocional y, con un brusco asentimiento de cabeza que dolió más que la caída al suelo, la devolvió al frío territorio de la sociedad mercantil.

—En la Antigüedad se creía que la ira de los dioses era la responsable de estos temblores —comentó unos minutos más tarde, mientras le abría la puerta del Range Rover con una cortesía gélida—. Ahora, simplemente construimos edificios especialmente diseñados para absorber el impacto y resistir el movimiento.

Era una metáfora perfecta de sí mismo: él era ese edificio, diseñado para no sentir la sacudida, para permanecer impasible mientras todo a su alrededor se agrietaba.

Elena subió al coche en silencio. Se dio cuenta de que Damián no solo construía rascacielos en Santa Cruz; también había construido una fortaleza inexpugnable alrededor de su propio pecho.

La fiesta en el Casino de Santa Cruz era un despliegue de opulencia que, en cualquier otra circunstancia, habría fascinado a Elena. Pero esa noche, el cansancio se le hundía en los huesos. El amarillo vibrante de su vestido de seda de marca —una elección de Damián para proyectar éxito y luz— contrastaba con la sombra de agotamiento bajo sus ojos. Había aprendido rápido: ser la "Señora Sotelo" era un trabajo de tiempo completo. Las joyas que pesaban en su cuello y muñecas no eran adornos, sino señales de humo para los inversores. Una esposa impecable significaba un marido solvente, y de la solvencia de Damián dependían cientos de familias trabajadoras en las islas.

Damián, solicitado por un grupo de constructores alemanes, le había pedido disculpas con una inclinación de cabeza casi imperceptible antes de dejarla sola. Elena sostenía una copa de agua con determinación; se había jurado mantener los sentidos alerta mientras durara esta farsa. Buscaba refugio visual en una conocida de la galería cuando, de repente, una figura robusta le bloqueó el paso. El corazón le dio un vuelco violento. Era Tino Sotelo, el primo de Damián.




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