Una Deuda con el Magnate Griego.

Capítulo 13

Elena esperó a que el motor se detuviera en el garaje privado para romper el silencio. Habían cerrado la noche con el compromiso de cenar la semana siguiente con los Constantino, consolidando la farsa social.

—Tenías razón respecto a tu primo, Damián —admitió ella con un hilo de voz—. Sería una locura confiarle el futuro de cualquier hijo. ¿Crees que se ha creído lo que dijiste de nosotros ante todo el mundo?

—Espero que sí —respondió él, escueto.

«Porque quiere librarse de mí cuanto antes», pensó Elena con una punzada de amargura.

Damián estaba furioso consigo mismo. El hecho de que Elena reconociera su error respecto a Tino le había recordado la aterradora vulnerabilidad de su legado. ¿Por qué le importaba tanto la opinión de ella? ¿Y por qué, en un momento de debilidad mientras la veía defender su honor en el salón, cruzó por su mente la peligrosa idea de que Elena sería la madre perfecta para sus herederos? Sacudió el pensamiento de inmediato. Había tomado una decisión vital: su linaje sería una transacción controlada. Elena podía tener todos los hijos que quisiera... siempre y cuando no llevaran su sangre.

—Buenas noches —le dijo Elena al entrar en el apartamento, quitándose el abrigo de seda con gestos bruscos—. No te entretengo más. Seguro que tienes mucho trabajo importante que hacer en tu despacho.

¿Por qué lo había dicho? Damián no era estúpido; era un hombre extremadamente perceptivo y captó al instante la nota ácida, el pequeño dardo cargado de resentimiento que ella le lanzaba deliberadamente. Elena contuvo el aliento, esperando que él la desafiara, que le preguntara por qué estaba tan irritable, que la obligara a confesar. Pero Damián simplemente se apartó y se marchó hacia su zona del ático sin decir una palabra.

Sola en el vestidor, Elena colgó el abrigo con manos temblorosas. Sabía que, si él hubiera exigido una explicación, habría sido demasiado fácil derrumbarse. Habría sido demasiado fácil admitir que aquel comentario era el resultado de un deseo desesperado: el de que él olvidara el trabajo, olvidara a su primo y volviera a llevarla a la cama para amarla de verdad.

Damián abrió su ordenador portátil en la mesa de cristal del salón. Elena tenía razón: siempre había trabajo que hacer. Desde hacía años, el trabajo no era solo su motor, sino su anestesia preferida, el aliado más fiel en su lucha por mantenerse independiente de cualquier exigencia emocional. El trabajo lo sostenía, y estaba convencido de que, en cuanto las cifras y los planos de la constructora llenaran la pantalla, los pensamientos sobre Elena y las emociones no deseadas que ella despertaba se evaporarían.

Pero, por primera vez en su vida profesional, la magia falló.

Por mucho que intentara concentrarse en los costes de materiales o en los plazos de entrega, detrás de sus párpados solo veía la imagen de Elena. Veía su sonrisa al recibir las fotos de sus sobrinos, la curva de su cuello bajo la seda amarilla, la mirada de gratitud que le había lanzado en la fiesta. «¿Qué me está pasando?», se preguntó con una furia contenida. No había sitio en su esquema vital para esto. No había sitio para ella. Pero cuanto más negaba lo que sentía, más reclamaba su cuerpo la presencia de Elena. «Es solo deseo físico», se mintió a sí mismo. «Es la falta de sexo y el hecho de compartir techo con una mujer atractiva. Cualquier mujer me provocaría lo mismo».

Pero si era "cualquier mujer", ¿por qué era el rostro de Elena el que lo perseguía? ¿Por qué el recuerdo de su piel era el único que hacía que sus manos temblaran sobre el teclado?

—No —susurró para el salón vacío, cerrando el portátil de golpe—. Me niego a aceptar que haya conseguido entrar en mi cabeza. Es sexo. Solo eso.

«Demuéstralo», le retó una voz interior, fría y despiadada. «Ve a buscarla ahora mismo. Estréchala entre tus brazos, tócala y demuéstrate que lo único que sientes es una respuesta fisiológica, una pulsión sexual sin una gota de emoción que la empañe».

La atmósfera en el dormitorio principal del ático se volvió densa, cargada de una expectativa que hacía que el aire mismo pesara. Damián miró la puerta con una mezcla de desprecio por su propia debilidad y una determinación gélida. Aquello era ridículo. No tenía nada que demostrarle a nadie, y mucho menos a sí mismo. Sin embargo, sus pies se movieron por voluntad propia, alejándolo de la seguridad de sus gráficos y planes de obra para dirigirlo hacia la habitación de Elena.

Elena estaba terminando de desmaquillarse, con el vestido amarillo de seda descansando sobre una silla como un recordatorio de la farsa del Casino, cuando la puerta se abrió. Damián entró con una expresión indescifrable.

—Esta noche... he pensado en acostarme pronto también —le dijo con una voz ronca, antes de desaparecer en el vestidor hacia el baño privado.

Elena se quedó paralizada un instante. Se deslizó bajo las sábanas de hilo, sintiendo cómo su corazón martilleaba contra sus costillas. Trató de respirar con normalidad, de convencerse de que Damián solo estaba cansado, que sus palabras no eran una invitación ni una declaración de intenciones. Pero la incertidumbre y una emoción eléctrica le impedían relajarse.

Mientras tanto, bajo el chorro de agua de la ducha, Damián libraba su propia batalla. «No tengo necesidad de hacer esto», se repetía mientras el agua golpeaba su espalda. «¿Acaso temes no ser capaz de cumplir lo que te has propuesto?», le espetó esa voz interior que tanto detestaba.

—¡No! —gruñó él para sí mismo, cortando el grifo con violencia.

Salió de la ducha y se envolvió en una toalla, buscando excusas en el vapor del baño. Si ella no le hubiera tocado la mandíbula con esa ternura devastadora frente a Tino... si no le hubiera mirado con esa gratitud que parecía real... entonces él no estaría allí, ardiendo. Pero, ¿qué excusa tenía para el deseo que sentía cada noche al ver la luz bajo su puerta? ¿Qué excusa tenía para la necesidad física de sentirla cerca que lo asaltaba en mitad de una reunión de directorio? «Es sexo. Solo sexo», se dijo, apretando los puños. Todavía tenía tiempo de dar media vuelta. Podía salir de allí, encerrarse en su despacho y dejar que su legendaria fuerza de voluntad silenciara el hambre de su cuerpo. Había tiempo para salvar su independencia emocional. Pero cuando abrió la puerta que conectaba el baño con el dormitorio y vio la silueta de Elena bajo la luz tenue de la mesilla, tuvo que rendirse a la evidencia: todo su mundo, toda su voluntad y todo su deseo estaban centrados únicamente en ella.




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