Elena contuvo un bostezo culpable, sintiendo que el cansancio le pesaba en los párpados como si fueran de plomo. Ahora se arrepentía amargamente de haber aceptado con una sonrisa la invitación de Ariadne la semana pasada. Aquel "estaría encantada" resonaba en su cabeza como una burla, especialmente dada la distancia glacial que Damián había interpuesto entre ellos tras la noche del "experimento" fallido.
Él apenas la miraba. No la hablaba si no era estrictamente necesario para mantener las apariencias, y cualquier rastro de contacto físico —incluso el más accidental— había sido erradicado con una eficiencia quirúrgica. No hubo más paseos por el norte, ni más confidencias sobre arquitectura o legados familiares. Era como si odiara tenerla allí, reconoció Elena con una tristeza punzante. Como si cada segundo de su matrimonio fuera una deuda que lamentaba haber contraído, a pesar de que él mismo había redactado el contrato.
La comida era exquisita, una mezcla audaz de sabores que en otro momento habría despertado su curiosidad de diseñadora, pero Elena no tenía apetito. Se preguntó si aquel cansancio crónico que la invadía últimamente era simplemente un síntoma de su corazón roto, una forma que tenía su cuerpo de pedirle que cerrara los ojos y bloqueara la realidad de su fracaso emocional. Con solo recordar la frialdad de su voz aquella noche y el modo en que se había apartado de ella como si su tacto fuera veneno, sentía que un nudo se le instalaba en la garganta. Le escocían los ojos con una urgencia de llorar que le resultaba humillante. «Pareces una adolescente a merced de sus hormonas, Elena, contrólate», se recriminó a sí misma mientras apretaba la servilleta bajo la mesa. La cena en el nuevo restaurante del muelle de Santa Cruz, una arriesgada apuesta de cocina fusión, debería haber sido el escenario perfecto para consolidar su imagen pública. Sin embargo, para Elena, cada minuto sentada a esa mesa era una tortura de guante blanco.
En ese momento, Ariadne y su marido se levantaron para dirigirse a la pequeña pista de baile del restaurante. Elena los observó con una envidia que le quemaba el pecho. Verlos fundirse en un abrazo, en una discreta pero absoluta demostración de amor público, le pareció lo más parecido al cielo que podía imaginar. Todo su cuerpo tembló ante la intensidad de lo que deseaba y no podía tener. Damián, sentado frente a ella, observaba la pista con una expresión de piedra, pero sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre el mantel, delatando una inquietud que no encajaba con su máscara habitual.
Los Constantino regresaron a la mesa entre risas y gestos de complicidad. Pidieron otra botella de champán, pero Elena negó con la cabeza antes de que el camarero se acercara. No había vuelto a probar una gota de alcohol desde aquella noche en la piscina, la noche en que Damián y ella habían hecho el amor. O mejor dicho, habían mantenido relaciones sexuales, se corrigió con crueldad. Porque eso era todo para él. Sexo. Deseo. Un error de cálculo. No podía permitirse ni un gramo de embriaguez; en su estado de vulnerabilidad, no sabía de qué sería capaz de decir o cómo podría humillarse cuando se quedaran a solas en el ático.
Los otros tres bebieron y charlaron, mientras Elena se hundía en un silencio espeso. Cuando Ariadne sugirió ir al tocador, Elena aceptó de inmediato. Cualquier cosa era mejor que estar sentada al lado de Damián, sintiendo el muro de hielo que él había levantado y sabiendo lo mucho que deseaba librarse de ella.
Una vez frente al espejo del baño, el cansancio la golpeó de nuevo, una ola pesada que la obligó a cerrar los ojos.
—Lo siento, Ariadne —se disculpó, forzando una sonrisa—. No sé qué me pasa, estoy agotada. Espero no parecer una maleducada.
—No te preocupes en absoluto —le respondió Ariadne con una mirada cargada de sabiduría femenina—. Te entiendo perfectamente. Yo me sentía exactamente igual cuando estaba embarazada de mi primer hijo. Todo el mundo me hablaba de las náuseas matinales, pero lo mío era un sueño que no me dejaba vivir.
Embarazada.
La palabra resonó en las paredes de azulejo como un estruendo. El cuarto de baño empezó a dar vueltas a su alrededor y Elena tuvo que aferrarse al borde del lavabo para no caer. El frío del mármol bajo sus palmas fue lo único que la mantuvo anclada al suelo. Ariadne, asustada, se acercó para sujetarla por el brazo. El mundo pareció detenerse en aquel baño. Las palabras de Ariadne no fueron un comentario casual; fueron un proyectil que atravesó todas las defensas que Elena había construido para justificar su agotamiento.
—¿Elena? ¡Estás pálida! ¿Te encuentras bien?
—Estoy... estoy bien —logró articular Elena, aunque sentía que el aire no llegaba a sus pulmones—. Es solo que... no se me había ocurrido pensar que...
Que la noche en la piscina, aquella entrega desesperada que Damián tanto lamentaba, podría haber tenido una consecuencia permanente. Un hijo. Un heredero Sotelo nacido de un contrato de conveniencia y una noche de pasión prohibida. Recordó la cara de Damián, su pánico ante la idea de que ella estuviera esperando un hijo suyo.
—¡Oh! —exclamó Ariadne, llevándose un dedo a los labios con genuina emoción—. No te habías dado cuenta... y yo he sido la primera en saberlo cuando debió ser Damián. No te preocupes, guardaré el secreto como una tumba, ni siquiera se lo diré a Stavros.
El baño de mármol parecía haberse convertido en el epicentro de un nuevo seísmo, uno mucho más profundo que el de las rocas del norte. Elena se detuvo bruscamente, con el corazón martilleando contra sus costillas, pero el brillo en los ojos de Ariadne confirmaba que el secreto había sido desvelado antes siquiera de ser procesado.
Ariadne le apretó el brazo con una calidez que Elena no recordaba haber sentido en meses.
—Si quieres, puedo darte el nombre de mi ginecólogo. Es discreto y el mejor de las islas.