Una Deuda con el Magnate Griego.

Capítulo 15

Elena le dirigió una débil sonrisa a María, la mujer que ayudaba con las tareas del ático, mientras entraban juntas en el ascensor de cristal. Había salido a caminar por Santa Cruz, intentando que el aire del mar despejara sus dudas, pero la frialdad de Damián la seguía como una neblina. La semana había sido un desierto de silencio. Elena se sentía como una sombra en su propio hogar, moviéndose por el ático mientras Damián la evitaba con una precisión matemática. Ella había guardado su secreto como un tesoro frágil, esperando el momento de valor para decirle que, aunque a ella la tratara como a un socio comercial más, su hijo tenía derecho a algo que el dinero no podía comprar: su amor. Sumida en la desesperación, Elena cometió un error: olvidó darse la vuelta. Siempre se mantenía de espaldas al cristal para evitar el vacío, pues su miedo a las alturas era una fobia que la acompañaba desde niña. Al ver el mundo encogerse bajo sus pies a través de la transparencia del elevador, el vértigo se mezcló con las náuseas del embarazo. El suelo pareció ondularse. María, rápida y protectora, la agarró del brazo cuando el ascensor se detuvo.

—Venga, señora, un paso más —la guió con firmeza hacia el interior del apartamento.

Elena se dejó llevar, con un sudor frío perlándole la frente y el estómago del revés. Pero en cuanto María la soltó para cerrar la puerta principal, las fuerzas le fallaron por completo. El mundo se volvió negro y Elena cayó al suelo.

Cuando volvió en sí, sintió unas palmaditas maternales en la mano. María estaba arrodillada a su lado, con el rostro encendido por una alegría desbordante.

—No se preocupe, mi niña —le aseguró con una sonrisa de oreja a oreja—. Es el bebé que le ha hecho don Damián lo que la ha tumbado. Va a ser un Sotelo fuerte, ya está dándole guerra a mamá. Quédese quieta, que ahora mismo telefoneo al señor y le digo que avise al médico.

—¡No! —protestó Elena, incorporándose con un gemido de horror—. ¡No, María, por favor!

No era así como quería que Damián se enterara. No quería que una llamada de pánico fuera el anuncio de su paternidad. Pero fue inútil; María ya estaba dándole al botón de llamada y hablando a toda velocidad.

Elena se puso de pie con sumo cuidado y caminó hacia el salón, dejándose caer en el sofá. Se sentía débil; no había desayunado nada y sospechaba que el pequeño heredero estaba protestando. Una sonrisa triste asomó a sus labios al recordar cómo regañaba a Rocío para que comiera bien cuando esperaba a los gemelos.

Minutos después la voz de Damián retumbaba en el pasillo, un torrente afilado mientras interrogaba a María. El corazón de Elena martilleaba contra sus costillas con una fuerza dolorosa. Se acabó. La delicada arquitectura de su secreto se había derrumbado de la forma más caótica posible.

La puerta del salón se abrió de par en par. Damián entró como una tormenta negra. Se había quitado la chaqueta y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, revelando la tensión en su cuello. Sus hombros, esa estructura poderosa en la que Elena había soñado con refugiarse, parecían ahora muros diseñados para aplastarla.

—María dice que te has desmayado —soltó él. Su voz no era de preocupación, sino áspera, casi un gruñido.

Elena luchó contra una nueva oleada de náuseas. "Galletas de jengibre", pensó febrilmente, recordando lo que ayudaba a Rocío con sus nauseas. Necesitaba algo sólido a lo que aferrarse, porque el mundo volvía a tambalearse.

—¿Es cierto? —preguntó Damián, plantándose frente a ella con una seriedad gélida—. ¿Viene un hijo en camino?

Elena fue incapaz de articular palabra. El nudo en su garganta era demasiado grueso. Solo pudo asentar con la cabeza, esperando el impacto de su rechazo.

Lo que vio en los ojos de Damián no fue decepción, sino una furia salvaje y ciega. Una explosión que devoró en un segundo cualquier rastro de la ternura que habían compartido en el pasado. Para Damián, ese niño no era un milagro, sino una cadena. Un lazo humano que lo ataría para siempre a la mujer que intentaba desesperadamente arrancar de su mente y de su cama.

—Lo has hecho adrede —la acusó, señalándola con un dedo tembloroso de rabia, olvidando por conveniencia que él había sido parte activa de esa noche en la piscina—. Sabías que yo no quería esto. Supongo que este niño es tu plan de pensiones, ¿verdad? Un salvoconducto para vivir rodeada de lujo el resto de tus días a costa de los Sotelo.

Elena sintió que el alma se le fragmentaba. El dolor físico de sus palabras fue peor que cualquier desmayo.

—¡No! —logró decir, con la voz rota—. Jamás pensé en algo así.

—¿Ah, no? —la retó él, inclinándose sobre ella con una sonrisa cruel—. ¿Crees que soy tan estúpido? Ahora lo veo todo claro. Aquel "te deseo" en la piscina... lo que realmente deseabas era lo que ahora llevas ahí dentro. Mi hijo. Un heredero nacido dentro de un matrimonio legal. Un hijo del que no puedo renegar y que te servirá para reclamarme dinero el resto de tu vida.

El ático de Santa Cruz se sentía ahora como una jaula de cristal de la que necesitaba escapar antes de que el aire se volviera irrespirable. Damián se había marchado, dejando tras de sí un rastro de palabras crueles que Elena no pensaba permitir que alcanzaran a su hijo. No iba a llorar más. Se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y, con una determinación que nacía directamente de su instinto maternal, terminó de cerrar la maleta. No se llevaría nada que hubiera venido de las manos de Damián: ni los vestidos de marca, ni las joyas que pesaban como cadenas. Solo se llevaba lo que era suyo antes de este error... y, por supuesto, la vida que crecía en su interior. Hizo la última llamada: un taxi para el aeropuerto de Los Rodeos. El vuelo a Madrid era corto, pero para ella representaba el abismo entre la frialdad de los Sotelo y el calor de su verdadera familia. Visualizó a Rocío y Blanca recibiéndola en Barajas, y esa imagen fue el único bálsamo para su dolor. Ellas entenderían. Ellas no preguntarían por contratos ni herencias; solo abrazarían a su hermana y al nuevo sobrino que venía en camino.




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