La terminal del aeropuerto de Los Rodeos se sentía inmensa, un laberinto de cristal y metal que parecía conspirar contra ella. Elena se apoyó contra la pared fría del baño de señoras, intentando que el mundo dejara de dar vueltas. Las náuseas no eran solo físicas; eran el eco del desprecio de Damián.
Aún no había tenido el valor de escribir a Rocío y Blanca. ¿Cómo decirles que el sueño se había roto en mil pedazos de hielo? ¿Cómo explicarles que regresaba a Madrid con una nueva vida en su vientre que su padre ya había rechazado?
Mientras tanto, el estruendo de un helicóptero privado cortaba el aire de la pista. Damián saltó a tierra antes de que las aspas se detuvieran, corriendo con la desesperación de quien sabe que su alma se juega en los próximos minutos. Había tenido una suerte infernal: su piloto de confianza estaba de guardia.
Al entrar en la terminal, vio que la puerta del vuelo a Madrid estaba cerrándose. Pero Damián Sotelo no conocía la palabra "imposible". Si ella despegaba, él compraría la aerolínea si hacía falta para hacer aterrizar ese avión, o volaría en su propio jet tras ella hasta Barajas.
—Última llamada para el vuelo con destino a Madrid. Pasajera Elena Sotelo, por favor diríjase a la puerta número diez.
Damián se detuvo en seco, con el pecho agitado. ¿No había embarcado? Miró la sala de espera: estaba desierta. El pánico le atenazó la garganta. ¿Dónde estaba?
En ese momento, Elena salió del baño, pálida pero decidida, apretando su bolso contra el pecho. Las náuseas habían remitido. Corrió hacia la puerta 10, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. Y entonces, lo vio. Allí, recortado contra el cristal de la puerta de embarque, estaba él.
—Necesito hablar contigo —dijo Damián. Su voz no era la del hombre implacable de hacía unas horas; estaba rota, cargada de una urgencia humana que ella nunca había escuchado.
—Voy a perder el vuelo —respondió Elena, intentando endurecer su corazón contra la imagen de ese hombre desarmado frente a ella—. Mis hermanas me esperan en Madrid. Déjame pasar.
Aspirando el aire con una fuerza que delataba su agitación, Damián le tendió la mano. Era un gesto casi de súplica, impropio del heredero de los Sotelo.
—Por favor, Elena.
Ella quiso negarse. Debía hacerlo. Por su propia cordura, por la paz de Rocío y Blanca que la esperaban en Madrid, y sobre todo por el bien del niño. Pero la debilidad de sus piernas y la intensidad en la mirada de Damián la anclaron al suelo. Él, detectando su vacilación, se dirigió a la azafata con autoridad renovada para informar de que la pasajera no volaría; al no haber facturado maletas, el avión podía partir sin ella.
—Sentémonos —sugirió Damián, rodeándola con el brazo de forma protectora—. No deberías estar mucho tiempo de pie, teniendo en cuenta que...
¿Estaba mostrando preocupación? ¿Por ella y por el bebé? Aquello provocó en Elena un temblor tan profundo que se dejó guiar hasta una hilera de asientos fríos. Damián se sentó a su lado, inclinándose hacia ella.
—Lo que te dije en el ático estuvo mal. Muy mal —admitió, y las palabras parecieron costarle un esfuerzo físico—. Quiero que te quedes. El hecho de que vayas a tener un hijo mío lo cambia todo. Su lugar está aquí, conmigo. Y tu lugar está con él. Los dos sois mi responsabilidad. Es mi deber ocuparme de vosotros.
Elena cerró los ojos un instante. Las palabras de Damián sonaban estiradas, torpes, como si estuviera leyendo las cláusulas de un nuevo contrato humanitario.
—El deber no es un sustituto del amor, Damián —le aseguró Elena con una tristeza infinita—. Y no puedo vivir en un matrimonio sin amor. Desear algo que no se puede tener es destructivo; lo acaba devorando todo. Verse atrapado en una unión no deseada hace que la persona que no ama anhele su libertad, y de ahí nacen el desprecio y la hostilidad. No quiero que nuestro hijo crezca en un ambiente así, dividido entre un padre y una madre que solo están juntos "por él". Es una carga demasiado pesada para un niño. Es mejor que me vaya a Madrid.
Se detuvo un instante, buscando en el rostro de él alguna señal que fuera más allá de la responsabilidad familiar.
—Por favor, no me hagas esto más duro de lo que ya es —suplicó Elena, con la voz quebrada—. Le contaré al niño todo sobre ti, lo especial que eres... lo orgulloso que puede sentirse de ser un Sotelo...
Se detuvo porque la emoción le cerró la garganta. Deseaba con todas sus fuerzas acariciar el contorno de su rostro, pero temía que ese contacto la desarmara por completo.
—Le diré lo mucho que te amo, y que no pude soportar la idea de cargarte con ese amor sabiendo que tú no me correspondías. Espero que seas feliz, Damián, y que la vida te envíe a alguien a quien puedas amar de verdad, porque...
—Ya lo ha hecho... —la interrumpió él, y el tono desesperado de su voz la obligó a mirarlo—. Pero yo estaba demasiado asustado para aceptarlo, Elena. Te amo. Por favor, dame una segunda oportunidad. Debemos estar juntos... nuestro hijo, tú y yo.
Elena negó con la cabeza.
—Estás diciendo esto por el bebé. Porque crees que tienes que hacerlo por tu apellido.
—Lo estoy diciendo porque es la verdad —insistió Damián. Al ver la duda en los ojos de ella, aspiró aire con fuerza y colocó su mano sobre el vientre de Elena, todavía plano—. ¿Sabes por qué ocurrió esto?
—Porque te deseaba... —susurró ella.
—No. Sucedió porque yo permití que pasara. Porque secretamente quería que ocurriera, aunque mi orgullo me impidió reconocerlo. Algo dentro de mí, algo más valiente que yo, supo qué era lo que más necesitaba. Te respeto y te valoro más de lo que creí posible. Supe que quería que fueras la madre de mis hijos la noche que estuvimos juntos. Por eso ignoré deliberadamente cualquier precaución.
Damián le sostenía la mano, transmitiéndole una seguridad que ella nunca había sentido antes.
—Te necesito, Elena. Me has cambiado tanto que ya no reconozco al hombre que era. Necesito que me enseñes a ser la persona que quieres que sea. Crecí en una casa de piedra sin saber lo que era el amor... necesito tu ayuda para conocerlo.