Una Deuda, Una Oportunidad De Encontrar El Amor

CAPITULO 14

La nueva semana iba viento en popa. Adela estaba al mando completo de la vida agraria de las tierras de Julian, éste llevaba ya dos semanas fuera, llamaba a Mario cada dos días para hacer seguimiento de sus negocios, ordenaba algunas entregas y coordinaba el flujo del dinero; el resto era de acuerdo al proceder de los capataces. 

El capataz equino, como lo llamaban ahora los obreros para evitar confusiones, supervisaba la alimentación, cuidado y preparación general de los animales, con un énfasis férreo en el entrenamiento de los animales para su participación en la feria. En ocasiones, dejaba a alguien a cargo, tomaba a Zeus y se paseaba por los cultivos de manera distraída. Todos lo tomaban como parte de la rutina de supervisar el funcionamiento rutinario. Nadie vió nunca a la chica capataz mostrarse intimidada por la presencia del hombre. 

A veces él solo miraba todo de lejos, apartado, con expresión firme sin intervenir en nada. En otras ocasiones, cuando la muchacha estaba organizando algo con los peones, en particular cuando era un grupo, se acercaba sin opinar solo colocandose al lado de ella con los brazos cruzados sobre pecho, en escucha atenta, examinando a cada trabajador con sus enormes ojos azules en llamarada. Dos veces, después de dispersado el grupo se quedaron dialogando: él con la misma expresión, ella con su singular semblante entre la sonrisa y la burla. Nadie conocía de qué hablaban, pero si se sorprendían de que el capataz no se le molestaba jamás, manteniendo su expresión seria, toleraba la actitud irreverente que la muchacha evidenciaba con él. 

El jefe nunca era grosero con nadie, no obstante, todos conocían de su temperamento fuerte y su disciplina en el trabajo. Su presencia intimidaba, no tenía necesidad de mandar a nadie para que la gente le funcionara, por eso pensaban que esa era la razón por la que aún rondaba los campos: para respaldar a la chica capataz. 

Sin embargo, era claro que ella no lo necesitaba; solo se reía con o de él, con el resto era seria, directo al grano con los procesos, si tenía que ponerse a la par de un campesino para recoger, sembrar o cargar  simplemente se bajaba de su montura para ayudar. Se ganó el respeto de todos a pulso de trabajo duro y de direcciones claras durante las dos semanas posteriores al entrenamiento e inducción del nuevo cargo. 

- ¿Otra vez molesto?- sonreía Adela con picardía, su compañero miraba el trabajo en la huerta.

- Es la segunda vez que te encuentro rodeada de los hombres con los que trabajas. No lo hagas, aunque sean buenas personas, son hombres- Los celos teñían cada palabra, dichas en voz baja, cargadas de una ira disimulada.

- Ya vas de nuevo - la sonrisa se le ensanchaba, no debía provocarlo, pero realmente lo disfrutaba - Son mis hombres, ellos siguen mis órdenes, es necesario que les indique cómo quiero algunas cosas para optimizar los tiempos, ¡aunque hay más de uno que se ve en muy buena forma, no te lo puedo negar!

- Muñeca no te pases - no volteó el rostro, ella soltó una carcajada, los trabajadores simulaban no observarlos- estas tentando tu suerte.

- ¿Qué me harás?¿Quitarme el empleo? - siempre retadora.

- Te mando a trabajar conmigo en los corrales, te pongo en los establos a alimentar caballos o me vengo de supervisor tuyo- la sonrisa de ella se ensanchó, se le colocó de frente para que dejara de ignorarla con la mirada; Adela encontraba un gusto especial en mirarlo a los ojos cuando se le encendían, le recordaban las profundas emociones que ese hombre temperamental podía llegar a experimentar cuando algo le apasionaba- ¡no me sonrias que no voy a ceder ante tu bella carita!

- Tus amenazas hasta me resultan atractivas, más por lo de “bella carita”- pausó y cambió de expresión a una más  conciliadora- no te molestes, yo me se defender, si pudiera hacerlo hasta te abrazaba aquí mismo para que dejes de enfadarte.

- Muñeca no estoy enfadado contigo- ahora la miraba aprovechando el ala del sombrero para ocultar su rostro ante los demás y suavizar con ella la expresión- te estoy evitando un mal rato. Tú no te puedes ver a tí misma, yo sí; sé cómo piensa un hombre, los escucho hablar acerca de ti, escúchame por esta vez.

- Mi querido hijo de poseidón - bajó la voz al mìnimo, solo para ellos - No me interesa lo que ninguno de ellos piense de mi.

Y, simplemente terminaba la conversación marchando en pos de sus deberes.

Él reconocía que la muñeca podía defenderse sin necesidad de ayuda, la sabía capaz de cualquier cosa, la dificultad estribaba en su propia naturaleza de protector.

Por su parte Germinia continuaba al mando de la casona, volvió a su deber de los pagos semanales llevando la contabilidad de los abonos por salario de la esposa del señor; le consiguió un par de mudas de ropa extra para trabajo, con mejor presentación de la que tenía en posesión la muchacha, le entregó un dos mudas extra para usar fuera de los tiempos laborales que consistían en dos pantalones cortos, un par de camisetas deportivas y tenis con sus respectivas medias.

Adela quedó consternada de la precisión de las tallas, le agradeció por lo entregado y empezó a trabajar con sus dos nuevos uniformes que diariamente eran lavados por el servicio para que siempre trabajara limpia. La relación entre ellas continuó sin grandes cambios, aunque la tensión empezó a disminuir. La historia de las pérdidas vividas por el ama de llaves eran evidencia de que los seres humanos no siempre cuentan con la oportunidad de tener a su lado a los seres que aman, correspondiéndonos una constante resignificación para continuar adelante y encontrar en algún momento la plenitud.




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