Una Deuda, Una Oportunidad De Encontrar El Amor

CAPITULO 18

Por su parte Julian Santoya regresó a Los Laureles. Al traspasar la puerta de la casona inspiró profundo absorbiendo los aromas que llenaban su extravagante existencia. Olores que traían a su memoria recuerdos antiguos y nuevos, memorias de su pasado y de su presente, de pérdidas que llevaron a nuevas oportunidades. 

Subió a su habitación, aquella que empezó a ocupar luego de la muerte de Aleida; tuvo que abandonar su alcoba matrimonial en la primera planta y cambiarse a la alcoba principal, la de sus padres, donde muchas veces de niño durmió entre amos buscando una protección en contra de la oscuridad, ya que el recuerdo de su viudez y los remordimientos lo estaban volviendo loco.

Desde entonces esa alcoba de protección paterna se convirtió en su refugio. Regresó cansado, con el remordimiento de la discusión con Germinia a cuestas. Ella no se merecía el sufrimiento que le causaba la sola mención de la Doña de los Montes de María; sin embargo estaba convocada a confiar en que él procedía en los marcos de la decencia y el buen juicio. Hablaban todos los días por teléfono, con el límite de los absolutamente administrativo, en ningún momento durante sus conversaciones le permitió abordar el asunto. 

Tomó una ducha y bajó al despacho para enfrentar la situación de manera personal, como a ella le gustaba: cara a cara. Al entrar, la mujer se notaba conmocionada.

- Hola Mina- saludó poniéndose de pié cuando la vio aparecer.

- Buenas tardes señor Julian- fueron sus palabras.

- Cierra la puerta por favor- ella procedió- ¿continúas molesta?

- Si

- ¿Qué puedo hacer para que me perdones?

- Ya conoces la respuesta

- Mina, La doña es una de mis socias más importantes.

- Y asesinó a nuestra Aleida.

- La investigación no lo demostró.- el tono era cansado, la misma conversación cada año, más de diez años eran ya un calvario.- Ten en cuenta que el río por más que lo desvíes, al llegar la tormenta siempre toma su caudal.

- ¿Te respondo con la sabiduría popular de los refranes Julian? 

- No me vengas con eso.

- “No hay peor ciego que el que no quiere ver”

- Vengo de la Guajira, encontré un par de personas dispuestas a dar su testimonio, solo hay que protegerlas hasta que se consigan más valientes con los cuales se pueda armar un proceso en grande en su contra

- Sin el cargo de asinato de tu difunta esposa- el llanto aguantado por dos semana se derramó en un torrente- recuerda que de nada a servido eso antes, todos desaparecen en algún momento, debiste dejar que hicieran una necropsia más profunda.

- Eso era profanar el cuerpo de ella- la tristeza afloraba en la voz del hombre que aún no se quebraba.- El cielo pondrá todo en su lugar.

- Quisiera tener tu misma certeza, Julian a veces eres tan honorable y otras rayas en lo despreciable; por un lado buscas incansablemente y por otro te casas por el capricho de castigar a un apostador al que no le pudiste quitar su tierra.

- Siempre severa en tus juicios. Ven acá.

Se sentaron en el sofá del estudio, él le tendió el pañuelo, ella lo tomó.

- Mina, tu sabes lo importante que eres para mí, en parte todo estos recorridos, rastreo de pruebas, búsquedas de testigos son por tí. Para que sientas que de alguna manera María paga por sus acciones y de paso si mató a Aleida, también pague por eso, aunque sea indirectamente.

La abrazó mientras ella desahogaba en llanto su dolor, dolor causado por las acciones de él. Por la presencia de Adela, por la posible visita de María y por tener que aceptar cada paso de la vida de él.

- Algún día sacaré las fuerzas suficientes para marcharme Julian.

- Espero que ese día nunca llegue y que te quedes siempre a mi lado.- Dijo mientras le acariciaba el cabello de la coleta.

Por su parte, en las caballerizas Mario esperaba a su muñeca sin saber que su amigo había regresado. La impaciencia no lo dejaba estar sentado. Era plenamente consciente de su ausencia en la vida de la muchacha por varios días, sin embargo no deseaba generar comentarios ni sospechas. Eso traería sus consecuencias, con las cuales estaba dispuesto a combatirse con tal de que su chica (“que descaro, mi chica”, pensó irónico ante las circunstancias) no fuera señalada.

Adela se tomó su tiempo, eran cerca de las 6: pm cuando apareció caminando junto a su montura tirada por las riendas. “Carajo, conociéndola se vino caminando solo para dilatar el tiempo” pensó. La luz del sol en el ocaso daba contra sus espalda y solo se vislumbraba su silueta, que al paso le permitía contonear la cadera de manera sensual, sin que ella percibiera su propia naturaleza cautivadora. 

Cuando estuvo a pocos metros notó el fuego de la ira en sus pupilas. “la cosa está maluca” pensó con malicia. Entre más duro de domar era la yegua, mejor caminaba después al son del jinete, la metáfora no le gustaría a la chica capataz, pero qué más daba era un hombre de campo, sus pensamientos siempre se relacionarían con su contexto cotidiano. En ese momento, ante la furia percibida, decidió no esperar a dejarla hablar. Rápidamente corrió los pocos metros que los separaban y la cargó a la altura de su rostro diciéndole:




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