Una Deuda, Una Oportunidad De Encontrar El Amor

CAPITULO 31

Al día siguiente Adela retomó sus labores. Misma hora, mismas rutinas. Mario hacía igual. Durante el transcurso del día se acercaba por los campos supervisando o ayudando con los proveedores principalmente. Aprovechaba para hablar con ella en términos siempre laborales,... eso ya era bastante, permitiéndose mensajes indirectos. 

Los primeros días decidió no regresar a la cabaña gracias a que un par de hombres le preguntaron por la situación dada en la fiesta con la chica capataz y la Doña de los montes de María, mejor sensatez y cautela ya eran muchos los problemas con los cuales lidiar. Su respuesta, simple:

- La señorita Adela cumplía órdenes de la señora Germinia.

Ella por su parte, cada vez que lo veía llegar sentía un nudo de culpabilidad en la garganta. Al principio le trató con algo de indiferencia, sin embargo, el mismo ritmo de trabajo les permitió retomar las conversaciones de manera profesional y tranquila. Tenía la absoluta certeza de ser observada, no sabía quién, no obstante la sensación estaba allí. 

La primera noche le dió una sorpresa escribiéndole, empezando así una nueva etapa entre ellos.

- Hola, Mi Arpía favorita me regaló un celular con plan y todo. 

- ¿Muñeca?- preguntó dudoso del otro lado de la línea

- Pregunta algo que solo nosotros dos sepamos.

- ¿Cómo me apodas?

-Semidiós, hijo de poseidón.

- Muñeca de mi corazón, te puedo llamar

- Dale.

El capataz guardó el número y le marcó de inmediato.

- ¡La Germinia se me adelantó!- sonaba molesto

- ¿Por qué tienes rabia?

- Cuando me despedí de tí me sentí estúpido de mandarte a comprar un celular, sabiendo que yo te lo podia regalar, entonces decidí pensando en invitarte el sabado en la tarde al pueblo a ver qué conseguíamos que te gustara. Pero como siempre la doñita se mete en todo.

- ¿Me ibas a invitar a salir?- sonreía y se emocionaba dando pequeños saltos en la cama.

- No te “iba”, lo del celular era una excusa, la invitación sigue en pie.

- No se, dejame y lo pienso, realmente tenía una cantidad de planes que van desde lavar mi ropa, recuerda que tu amigazo me cortó mis supuestos derechos, hasta asear el lugar.

- Eso lo arreglamos después. Mi amada muñeca te invito a salir el sábado en la tarde. Tal y como se merece una chica con un alma tan bella.

El corazón le saltaba, era tan fácil volver a hablar con él así fuera solo escuchando su voz semirronca, fuerte, agradable, de esas voces que te llegan hasta el alma. Se acordó de que nunca había tenido una cita, y se dió cuenta de que él quería darle lo que ella no había podido tener.

- Gracias por acordarte de esos detalles.-Suspiró

- Contigo nada me representa un esfuerzo, Adela, mi Adela. - Hizo una pausa- Aclarame porqué lo de hijo de Poseidón y lo de semidios. Recuerda que los hijos de Poseidón eran monstruos. No creo que yo sea tan feocomoun cíclope.

- Noooo- ella reía a carcajadas- Te explico, los hijos de poseidón monstruos eran los nacidos con deidades menores, no con humanos. Pero Poseidón ayudó en la creación de los caballos o los creó, algo así; él le regaló estos a los atenienses cuando disputaba con la diosa Atenea por ser patrono de la ciudad. Bueno, al parecer perdió, pero sus hijos tenían grandes habilidades con estos animales, y pues entre el color de tus ojos como el cielo de medio día que son como los mares que se representan en los libros y la habilidad que tienes con los caballos, digamos que me pareció de lo más acertado.

- O sea, ¡te gusta que entrene caballos!

- También me gusta verte cabalgar, mirarte a los ojos, cuando me abrazas, me gusta tu voz… ufff

- Eres todo un caso. - sonreía sonrosado del otro lado de la línea.

Así, cada noche conversaban, se animaban. En el día se dedicaban a hacer su trabajo, a veces debían reunirse con Germinia, quien estaba algo descompuesta, Julian los supervisaba a los tres y se le iban los ojos tras su Mina que ya no lo determinaba en absoluto. Una coraza estaba alrededor de ella, su última defensa contra el trato recibido sin compensación en cuanto a su posición de Señora. 

El viernes en la noche Adela estaba molesta porque Mario no le respondía. Generalmente él la llamaba apenas llegaba al pueblo, hacían una pausa mientras se bañaban, luego comían juntos por teléfono. 

Se  puso a lavar la ropa a mano, restregándole el jabón en el lavadero, desquitandose la rabia con las camisas y la ropa interior, después pasó a la preocupación y le saltó el corazón cuando llamaron a la puerta de la cabaña.

La costumbre de esperar la voz del otro lado se convirtió en su forma de protegerse ante cualquier extraño. Volvieron a tocar, ella se acercó sin abrir, sin preguntar quién estaba allí. Tomó el celular, le escribió a Mario: “ hay alguien en mi puerta”, Agarró el arma, se colocó los zapatos. El picaporte comenzó a ser tironeado.

“Mario, están intentando abrir la puerta”




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