Observo la agonía de mi rostro en el cristal del ventanal que refleja la luz fría de Seattle, pálido y tenso. Al otro lado de la cocina, Mauricio de la Rúa ríe. Es un sonido limpio, honesto, tan ajeno a la vida que me ha tocado vivir que hace que un nudo de nervios se instale en mi estómago.
Tan diferente al hombre que me abandonó.
Él está arrodillado sobre la finísima alfombra que adorna el rellano de la gran cocina. Frente a él, haciendo muecas con la cara inclinada hacia arriba, está Carlo. Mi hijo. La única razón por la que sigo respirando.
Es mi primer día en esta mansión de acero, una jaula de oro donde debo ganarme el pan diseñando el menú perfecto para la boda de Mauricio. Mi secreto, el que me oprime el pecho, es que este hombre es el hermano de quien me engañó y me dejó marchita.
La escena frente a mí es tan bella que no puedo evitar aterrarme. Carlo, que rara vez confía en extraños, tiene las manos enredadas en el cabello oscuro de Mauricio, soltando una carcajada pura de niño. Uno de cinco años que, hasta este momento, solo yo era su mundo. Mauricio le susurra algo sobre dragones de juguete con un gesto tierno, casi paternal.
Me acerco despacio, como si el sonido de mis pasos pudiera desaparecer la divina imagen que se halla frente a mí. Suspiro y miro de nuevo. Entonces lo noto: la forma en que el sol cae sobre su perfil. El puente de su nariz. La curva de su mandíbula. Son las mismas líneas que veo cada mañana en mi hijo. Mi corazón se salta un latido. Lo que realmente me quita el aire es la verdad que se esconde detrás de sus párpados.
Mauricio levanta la mirada hacia mí y el mundo se detiene. Su mirada es intensa, pero mi cuerpo se estremece ante el reconocimiento.
Sus ojos…
Son de un verde profundo, un tono esmeralda con destellos dorados. Son idénticos a los del hombre que se fue a Rusia sin mirar atrás. Y son, irrefutablemente, los ojos de mi hijo: Carlo.
Mauricio sonríe, ajeno a mi tormenta mental, y me ofrece una disculpa:
—Perdón, Allegra. No pude resistirme a este hombrecito; me tiene encantado —su sonrisa hace que la piel de mi nuca se erice—. Hay algo en él… —percibo la similitud incluso en el timbre de su voz—. Debe ser la cercanía de la boda; el solo pensar que voy a tener hijos me entusiasma. Es una locura, pero me gustaría que se parezcan a este galán.
Siento el frío del metal en la encimera mientras me apoyo para no caer. La mentira que he guardado durante años se convierte en una verdad que me abre el pecho en dos.
“Tú no eres el padre, Mauricio. Es mucho peor que eso: eres su tío. Y no puedo decirte la verdad, no ahora.” “No creo que pueda hacer esto”, pienso en la manutención de mi hijo y me retracto enseguida de cualquier pensamiento intrusivo.
—Se que, serán como usted los desea —trago el nudo de espinas hecho en mi garganta —. Por ahora solo necesitamos concentrarnos en el banquete.
—Confío en que todo saldrá perfecto, me han recomendado mucho su trabajo —responde él con una calidez que me marea.
La ternura en esos ojazos idénticos a los de mi hijo me desarma. Pero entonces recuerdo la casa vieja, las facturas sin pagar y el legado de mi padre a punto de perderse. Recuerdo el contrato que acabo de firmar. No es solo el dinero lo que necesito ahora; al verlo ahí, resguardando a mi hijo entre sus brazos, me doy cuenta de que necesito algo mucho más peligroso: su protección.
—No se preocupe, señor de la Rúa —respondo con una voz que suena extrañamente firme—. Todo saldrá a pedir de boca.
Es una dulce mentira. Y sé, en este mismo instante, que será mi ruina.
***
Espero que les este gustando hasta ahora
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Les abrazo.
Katia Parra
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Editado: 07.01.2026