Allegra Santorini
El olor a pan recién horneado y café cargado me hace suspirar. Tomo un trozo aún caliente y lo sumerjo en la taza, dejando que el sabor me devuelva a la tierra. Mi cocina es pequeña, pero huele a perfección, a realidad. Es lo único que me queda de mi padre, de su legado: el conocimiento de que la comida debe ser honesta y el amor incondicional por los míos.
Frente a mí, en la mesa de madera desgastada, descansa un sobre. El contrato con las iniciales M.R. impresas en un dorado tan brillante que lastima mis ojos. De la Rúa. Mi mano tiembla al sacar el cheque. La cifra es inmensa, suficiente para saldar las deudas, salvar la casa de mi padre y darle a Carlo la educación que se merece. Es mi salvación, pero ¿a qué precio?
—Es demasiado riesgo —susurro las palabras mientras le doy un sorbo a mi café.
Miro hacia el pasillo y escucho la risa de Carlo mientras juega con sus bloques. Sus ojos… Esos preciosos ojos verde esmeralda que heredó; los mismos que ayer me miraron con curiosidad desde el rostro de Mauricio de la Rúa.
Ayer, durante ese primer encuentro en la mansión, juré que mi hijo jamás volvería a pisar ese suelo. Los De la Rúa son una bomba de tiempo, y mi hijo es el detonante que la puede hacer explotar. De ninguna manera puedo permitir que hallen la familiaridad entre ellos, esa sí que sería mi ruina de verdad.
Tomo el teléfono y marco el número de mi única esperanza.
—Tía Sofía…
—Allegra, ¿cómo te fue con el magnate? ¿Firmaste? —La voz de Sofía es un suspiro de anhelo.
—Firmé. Pero necesito un favor enorme, Sofía. Necesito que te quedes con Carlo, sin falta, todos los días hasta que termine este contrato. Es una cuestión de vida o muerte… profesional. Y personal.
—Pero, ¿por qué la urgencia? Sabes que lo adoro, pero pensé que podrías llevarlo contigo algunas tardes…
Cierro los ojos, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se aprieta. No puedo decirle que el hombre que me contrató es el hermano del que me abandonó. No puedo decirle que los ojos de mi hijo son un espejo de ese linaje que tanto daño me hizo.
—Es el ambiente, Sofía. Son una familia millonaria, exigente y con todo tipo de prejuicios. Temo que, si se enteran de que no tengo quien cuide a Carlo, rescindan el contrato y tú, más que nadie, sabes cuánto necesito ese dinero.
Ella duda, pero termina aceptando. Al colgar, me siento como una criminal. La primera mentira de la mañana y ni siquiera he salido de casa.
...
La mansión de Mauricio de la Rúa es una ofensa a la humildad. Es demasiado grande, demasiado pulcra; huele a dinero viejo y a una limpieza aséptica, pero carece completamente de vida; no es un hogar.
Aquí soy la "Chef Santorini", no Allegra, la hija de Marcos Santorini, ni la madre soltera que cuenta los centavos. Me dirijo a la cocina industrial con mi portafolio bajo el brazo y el rostro lleno de dignidad, aunque me encuentre aterrada por lo que me vaya a encontrar.
Observo el lugar: es un santuario de acero y espejos con equipos de última generación. Mientras reviso el inventario, una voz autoritaria, casi ruda, me saca de mis pensamientos.
—Chef Santorini. Me alegra ver que es puntual.
Es Elena, la prometida. Es alta, rubia, delgada y perfecta. El tamaño de la piedra que lleva en su mano izquierda podría tapar el sol si quisiera. Brilla con el peso de una pequeña hipoteca. Intenta que su sonrisa sea agradable, pero no llega a sus ojos.
—Señorita D’Angelo —respondo con la formalidad que exige el hielo de su azul mirada.
—Pronto seré la señora De la Rúa, gracias —de pronto su actitud cambia a una hostil—. Quiero ser muy clara, Chef. Adoro su trabajo, su toque es exquisito, pero mi boda es un asunto de alta diplomacia social. Cero distracciones. Cero problemas. Y, sobre todo, cero… asuntos personales si no quiere que prescinda de sus servicios al instante.
El dardo es directo, lanzado con precisión. ¿Sabe algo de Carlo? ¿O es solo el instinto de una mujer que marca su territorio? Me observa de arriba abajo como si fuese poca cosa; me odia por mi peso, pero el nombre de su futuro esposo es quien aparece en el contrato.
—Soy una profesional, señorita D’Angelo. Mi enfoque está exclusivamente en el menú.
—Eso espero. Porque mi prometido… es un hombre muy protector. Si él siente que alguien de mi personal está bajo estrés o tiene complicaciones externas, lo despide sin pensarlo. Y esta boda es mi proyecto. ¿Entendido?
Asiento mientras la humillación quema en mis ojos, pero me niego a dejar salir las lágrimas.
—Entendido.
Elena se marcha, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una amenaza implícita.
Media hora después, estoy sumida en mis notas, esbozando el menú de degustación, cuando la atmósfera en la cocina cambia. El aroma a hombre inunda la instalación y mis piernas parecen gelatina.
Mauricio.
No lleva el acostumbrado traje de diseñador, solo unos pantalones oscuros y una camisa blanca que lo hace parecer más joven, aunque su autoridad sigue llenando la estancia. Sus ojos verdes se encuentran con los míos. El mismo color de Carlo, pero en él son un abismo profundo intentando engullirme.
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Editado: 08.01.2026