Una dulce mentira

CAPITULO 2

Allegra Santorini

La mañana se hace difícil entre preparar el desayuno de Carlo, cambiar el pantalón que llevo puesto porque se ha dañado la cremallera y tratar de que mi dignidad siga en pie luego de este primer día formal de trabajo. Encierro el miedo, los prejuicios sobre mi peso y todo lo negativo que pueda erigirse o interponerse en mi camino para comenzar la faena con decencia y buenas vibras. Aunque recordando el rostro de mi jefe nada es sencillo, y menos cuando el rostro de su prometida aparece en mis sueños como una llama de fuego queriéndome quemar porque soy gorda.

No necesito que me lo diga para saber que me odia por serlo. Soy la gorda. Esa que nunca encajaba en ninguna parte porque era siempre mucho más ancha que el sitio. De la que se burlaban los compañeros de clase hasta en la universidad. Pero llegó él.

Alejandro de la Rúa, el hombre que me trató como si fuera de seda, ese que debilitó completamente mis defensas y me enamoró prometiéndome un hogar y, sobre todo… estabilidad, tanto emocional como económica. Y era feliz entonces. Pero todo se evaporó de un plumazo y aquí me encuentro con lágrimas en los ojos mirando a mi precioso hijo Carlo, quien es toda mi vida y mucho más porque es mi motor, ese que me impide detener la marcha con sus manitas en mi rostro o con solo decirme: "Te amo, mamita".

Arreglo la vianda para Carlo con alimentos sanos y fruta fresca. El contrato sigue en mi cabeza, el cheque que no he cobrado y, por supuesto… los hermosos ojos de Mauricio que sonríen solo con mirarme. Como si yo fuese importante. Como si quisiera decir más de lo que expresa.

—Debo dejar de imaginarme cosas o me irá muy mal —el ruido del teléfono me saca de los pensamientos. De todos.

—Allegra, te pido perdón, tengo una situación complicada. Me acaban de llamar del hospital. Mi hija… es grave, el bebé ya viene y no está bien. No puedo quedarme con Carlo —la voz de Sofía se escucha rota al otro lado de la línea.

Siento cómo la habitación se mueve a mi alrededor. Tengo los pies en el piso, pero siento cómo floto en el aire y, con mis cien kilos, al caer me voy a golpear muy fuerte. Observo el teléfono en mis manos con la desesperación de alguien que no tiene con quien contar mientras mi tía llora con desconsuelo al otro lado de la línea.

—¡Sofía, tranquilízate! —los sollozos se escuchan aun cuando no tengo el teléfono pegado al oído—. Descuida, buscaré ayuda. Espero que todo salga bien con el nuevo bebé y que ella esté bien.

—Gracias, cielo. Espero que encuentres a alguien.

Tengo en mente a mi amiga Yara, solo espero que pueda al menos unas horas.

Hoy es el día de la prueba de menú con el equipo de banquetes. La presentación crucial. Miro el reloj. Tengo cuarenta minutos. Llamo a Yari y responde al instante.

—¡Hola, gordibuena! —es venezolana, hermosa. Con un corte de cabello envidiable y una manera de hablar que quita el aliento—. Espero que ya estés enredada entre las piernas del millonetis buenísimo —sonrío; ella es mi ancla a la realidad junto al café con pan.

—Se va a casar, ¿recuerdas? —chasquea la lengua. Me preparo para que lance una de las suyas.

Tiene una mente muy abierta; no entiendo cómo lo hace. Pero es lo que más me gusta de ella.

—Casado, pero no capado, Reina del Flow. En fin, tú te lo pierdes porque es tu oportunidad de hacerte un futuro —niego con una sonrisa—. Es el tío de Carlo, tu excuñado, ¡y el morbo, uf!

—¡Madre del amor hermoso! Qué terrible eres —le grito—. Necesito un gran favor, Yari.

—Dispara, chica sexy —responde y alguien detrás grita.

—Necesito que te quedes con Carlo unas horas. Hoy es el día de las pruebas del menú con el equipo de banquetes.

Silencio.

—¿Yara?

—Aquí. Está bien, no te preocupes, lo cuidaré. Solo debes traerlo y ya, o lo mando a buscar con Herodes.

Ese sujeto es muy agradable, pero no le confío mi hijo a nadie.

—No te preocupes, lo llevo.

Ella responde que me espera.

—Vístete, mi amor. Vamos a hacer algo de magia —le digo a Carlo y este va a buscar la ropa.

El taxi se detiene frente a un edificio de apartamentos y Yari me espera en la acera. Abro la puerta y Carlo sale corriendo a abrazarla.

—Tía Yari, amo —tiene una dislalia a la que le daré seguimiento en cuanto pueda, tras terminar el trabajo—. Mami dijo me cuidarás.

—Así es, beibi, nos divertiremos hoy.

El novio de Yari sale a buscarlos. Herodes es un gigante escandinavo de ojos casi blancos y cabello largo muy rubio que ama a mi hijo. Veo que Carlo lo abraza y mis ojos se llenan de lágrimas ante la escena. Lo sube a sus hombros y ríe a carcajadas.

—Te llamo, gracias por salvarme —hace un ademán con la mano derecha restándole importancia a la situación.

—Cuando quieras, amiga. Ahora largo de aquí, necesitamos que llegues a tiempo para que enamores al millonetis y se lo quites a la perra culo plancho.

Nos carcajeamos y Carlo me grita un “adiós, mamita”.

—En la tarde regreso, mi amor, te amo más…




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