Una familia sorpresa

Capítulo 1

Adriana
Miré a mi alrededor sintiendo que estaba involucrándome de más y cuán peligroso era eso, lo había aprendido a lo largo de los años, no todos los casos eran iguales, pero involucrarse de más en situaciones como esta solo hacía que las cosas fueran más difíciles en el momento en que tuviese que marcharme, sin embargo, no podía alejarme a pesar de saber eso.

Observé a Anthony McCoi desde el otro lado de la sala mientras fingía revisar unos documentos que ya conocía de memoria. No estaba leyendo nada. En realidad, estaba midiéndolo, intentando descifrar cuánto tiempo tardaría aquel sujeto en hablarme.

Miré al hombre que caminaba de un lado a otro como una fiera encerrada, pasándose una mano por el cabello oscuro, desordenándolo con cada movimiento y debía admitir que en un bar, con música country y después de dos daiquiris habría sido el cierre perfecto de una noche, pero en este momento solo tenía pinta del tipo incapaz de hacerse cargo de sus errores.

Cambié de hoja pensando en que no era la primera vez que veía a un hombre así. Había trabajado con suficientes empresarios, padres ausentes, hombres que sonreían con facilidad, que sabían decir lo correcto… y desaparecer cuando la responsabilidad se volvía demasiado real.

Anthony golpeó ligeramente la mesa y luego me observó, me sorprendió que tardara tanto tiempo en intentar librarse del… problema.

—Esto no es normal —dijo él por cuarta vez, deteniéndose frente a mí—. Usted no puede simplemente aparecer con una niña y decirme que voy a cuidarla, ¿es eso legal acaso?

—No “simplemente aparecí” —respondí con calma, cruzando las manos sobre la carpeta—. Estoy cumpliendo con una obligación legal… y moral de una mujer que murió —miré a la pequeña al otro extremo del sofá—. He intentado que una niña tenga una vida feliz.

Él soltó una risa seca, sin humor, antes de acercarse para hablarme solo a mí, debía admitir que también olía muy bien.

—¿De verdad cree que esto es lo mejor para ella?, esa niña no me conoce, yo no la conozco y lo que tuve con su madre no fue lo suficientemente…

—Fue suficiente para tener una hija —dije con firmeza— y estamos aquí para que se conozcan —miré a la pequeña en silencio desde mi lugar.

La pequeña estaba sentada en el borde del sofá, abrazándose a su oso mientras mantenía la vista fija en el suelo. Elizabeth era una niña dulce, realmente merecía una vida mejor y yo sabía perfectamente que en un hogar de acogida no lo sería.

—Créame, señor Coi —respondí, alejando la vista de ella—. Crecer con un padre, aunque sea… de su tipo, es mejor que cualquier hogar de acogida.

—¿Mi tipo? —cuestionó el hombre, incrédulo ante mi comentario—. ¿Cuál es mi tipo?

Me puse en pie y me acerqué a él, deslicé mis ojos, quizás demasiado despacio, por su cuerpo.

—Usted no está listo para comprometerse con nada, tiene una vida ocupada y todas las… amigas que quiera.

—No soy… —se pasó la mano por el rostro—. No soy ese tipo de hombre.

—Sí lo es, pero no importa —contesté—. Esta niña solo necesita que no le fallen.

El silencio que siguió fue incómodo, pero no estaba dispuesta a negarme, no después de conocer en mi propia niñez lo terrible que era crecer en el sistema.

—Tiene miedo —dije finalmente y Anthony frunció el ceño—. Beth ha pasado por mucho, de verdad le necesita —miró a la niña y continué—. Ese muñeco —continué— es lo único que le quedó de su madre.

Él tragó saliva y no dije más, no hacía falta. Anthony se quedó quieto, mirándola, y de repente la niña saltó del sofá, se acercó a él y lo miró.

—Quiero quedarme aquí, señor —dijo la niña—, mamá me dijo una vez que tenía un papá muy bueno, ¿usted es bueno?

Anthony no supo qué decir, yo no fui capaz de hacerlo tampoco, era la primera vez que Beth hablaba con un extraño desde que la sacaron del hospital y me asignaron su caso. Había pasado meses antes de que dijera algo.

—Claro que vamos a quedarnos, querida —dije mirando a su padre con determinación—, ahora deja que tu papá y yo hablemos de las reglas.

La niña asintió, ambos observamos en silencio cómo se alejaba hasta la puerta principal para sentarse en las escaleras del porche. Miré a Anthony y él me devolvió la mirada con advertencia.

—No debió decir eso, yo no voy a…

—Sí, sí que lo hará, ahora siéntese, hablaremos de cómo haremos esto.

—¿Haremos? —dijo él, alzando una ceja—. ¿Los dos?

—Por supuesto, ya dije que voy a quedarme el tiempo que sea necesario.




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