Anthony
No estaba preparado para que aquella niña que acababa de conocer me pidiera quedarse en casa, no sabía qué le había contado su madre, pero sin lugar a dudas me había comprometido.
Miré a la mujer extraña que se había plantado en mi casa y debía admitir que no sería capaz de echarla, era una mujer fuerte, lo podía ver, pero me inquietaba tener toda esta… situación apareciendo en mi vida de la nada.
—Bien… —exhalé—. Hagamos esto más fácil —miré a la mujer que acababa de llegar a mi vida a desordenarla—, esta es mi casa, ¿por qué usted pone las reglas?
—Porque usted necesita acostumbrarse a ser padre —declaró Adriana— —suspiró—. Ahora, la primera es no huir.
—¿Huir?, usted no me está dejando esa opción, señorita…
—También es verdad, ahora número dos —continuó, ignorando mi sarcasmo—: nada de… —me miró de esa forma rara— conductas de playboy frente a la niña, nada de traer a sus amigas a casa.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo ofensa y bufé enfadado.
—¿Qué está insinuando?, no traigo mujeres a casa.
—Estoy afirmando algo, y bueno, me alegra no tener que lidiar con… novias.
—Qué prejuiciosa —dije, pero una vez más me ignoró.
—No fue prejuicio, es experiencia.
—Bueno, ¿y si le digo que no soy ese tipo de hombre?
Me miró directamente a los ojos.
—Demuéstrelo, ahora dejemos esto a un lado y hablemos de la niña.
Asentí, metí una mano en mi bolsillo y saqué una barra de cereal que había reservado para comer cuando me fuera al campo. La mujer me observó cuando salí de casa para acercarme a la pequeña.
La niña, que se aferraba a su osito, me miró curiosa, pude ver la preocupación en sus ojos. Algo dentro de mí se movió y por un infierno no podría sacar a esta niña de mi vida, no ahora.
—¿Te gustan las fresas? —dije mostrándole la barrita—. ¿Qué tal un poco de esto?
La pequeña extendió su mano y mis ojos se movieron hacia el oso en su otra mano, aquel muñeco remendado, estaba manchado de sangre, estaba seguro de que esa era la costra marrón en su pelo blanco.
Mi pecho se contrajo ante la idea de esta pequeña viviendo ese momento sola, pasé una mano por su cabello con una sonrisa forzada. La niña no me miró mientras comía la barrita y mis ojos se encontraron con la mujer que se había acercado a nosotros.
—Bueno, veo que no está tan perdido —declaró ella—. ¿Tiene niños en su vida, señor McCoi?
—Tengo una sobrina —dije poniéndome en pie—, ve que usted no me conoce.
—Veo que quizás pueda hacer el trabajo más fácil —declaró, incapaz de admitir que se había equivocado un poco con su opinión sobre mí—. Ahora dígame dónde vamos a dormir Elizabeth y yo.
Le habría dicho que ella podía dormir en mi cama si le interesaba, pero esa mujer me odiaba y solo estaba ahí por aquella hija que acababa de descubrir, una hija que había sufrido demasiado para su corta edad.
#385 en Novela romántica
#156 en Novela contemporánea
amor odio humor, vaqueros caballos romancedevaqueros, hijo inesperado
Editado: 05.05.2026