Una familia sorpresa

Capítulo 5

Adriana
Sin lugar a dudas, aquella cama era una buena cama, admití bajando de la cama donde había pasado la noche, ignorando el aroma que parecía haberse impregnado en mí la noche anterior y el hecho de que pensara demasiado en vaqueros y chicos malos.

Miré a la niña dormida aún en su lado de la cama y suspiré ante la vista más allá de la ventana. Me crucé de brazos ante la vista más allá de ella y admití que aquello era lo que siempre soñé vivir, quizás con una familia, tranquilidad, lejos de la ciudad o de los fríos pisos en edificios demasiado altos o grises.

Caminé fuera de la habitación en silencio, aquel sueño había quedado atrás cuando comencé a incluir en mi vida niños y niñas que, como yo, no habían tenido la mejor infancia o una familia, pero quizás este tiempo en esta casa sería una pequeña muestra de lo que pudo ser una vida soñada.

Llegué al arqueado pórtico que dividía el pasillo del salón principal y mis pies se detuvieron justo cuando mis ojos se encontraron con el hombre dormido en el sofá del salón. Llevaba un pantalón de pijama de color gris con rayas café, sin lugar a dudas lo último que esperé que llevara un sujeto sexy como él, pero quién era yo para juzgar.

Me envolví más en la bata de cachemir que había comprado hacía cinco años atrás y caminé en silencio hacia la cocina. Aquella era mi casa por el momento, así que simplemente abrí la nevera y examiné el contenido.

Tomé un par de huevos, tomates cherry y pan, junto a unas naranjas. Quería hacer un desayuno sencillo, llevarlo a la habitación para Elizabeth y luego evitar a toda costa a su padre, sin embargo, ese plan se fue al diablo cuando casqué el primer huevo.

—No necesita hacer el desayuno —alcé la vista ante esas palabras e intenté no mirar el masculino torso expuesto a mis ojos—, pudo quedarse en la cama un poco más, yo habría…

—No estoy acostumbrada a dormir hasta la mitad de la mañana, preferí hacer algo de comer para Elizabeth y… para nosotros.

Me sentí estúpida al sonrojarme ante aquellas palabras, aquello no era una novela romántica, él no era mi pareja y sin dudas nosotros no éramos ni de lejos compatibles.

—Bueno, ¿y cuál es su plan de… adaptación aquí? —cuestionó él, sentándose en una de las sillas junto a la isla de la cocina—. ¿Qué planea supervisar?, ¿me vigilará como profesora de colegio o algo así…?

—No, en realidad no voy a… hacer eso.

Clavé la vista en el pan y preferí ignorarlo, no tenía un plan, en realidad no debería estar supervisando nada, debería estar de vacaciones, en algún hotel barato cerca del campo donde creció como cada año.

—Suena como si no supiera qué tiene que hacer, señorita —mi pecho se apretó ante aquellas palabras, pero el hombre frente a mí suspiró con aburrimiento—, supongo que es su primera vez supervisando… cosas —se burló—. En fin, saldré al pueblo en un rato —me miró—, dime si necesitas algo y lo traeré para ti.




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