Una familia sorpresa

Capítulo 7

Adriana
Entré en la casa con el corazón desbocado, miré las bolsas en mis manos y las dejé justo en la encimera antes de beber directamente un poco de agua de la jarra junto al fregadero. Miré hacia la puerta abierta y sentí que mi rostro estaba demasiado rojo.

Había estado en el sofá, sentada pensando en un plan para justificar mi presencia en esta casa mientras Elizabeth miraba la tele en silencio, cuando había escuchado el auto y, al no ver al señor McCoi salir, me preocupé.

¡Pero él había estado demasiado cerca!

Mi pecho se agitó un poco más y me sentí como una tonta, no era una virgen o una puritana inexperta, pero la realidad era que jamás había estado tan cerca de un hombre como Anthony, tan… tan… fuera de mi alcance.

Miré a la niña, que no había alejado la vista de la tele desde la cocina, y me recordé que no estaba allí para vivir una historia, sino para arreglar las cosas para una niña que realmente no tenía nada, una pequeña que merecía tener una vida feliz como jamás pude tenerla yo.

—¿Le gusta andar descalza por casa? —mi vista se movió hacia esa voz—. El hombre que acababa de entrar por la puerta de la cocina, con lo que parecían dos botellas de vino, me miró—. No parece ese tipo de mujer.

—Usted no sabe qué tipo de mujer soy —aunque si quisiera averiguarlo… —miré las botellas ante ese pensamiento—. ¿Piensa seguir bebiendo?

—Esto es para la cena —dijo molesto—. ¿Me dice qué tipo de mujer es la señorita Adriana?

Abrí y cerré mi boca, no quería decirle cualquier cosa a aquel sujeto porque sabía que saldría perdiendo. Él simplemente suspiró, dejó las botellas sobre la encimera y miró hacia el salón por unos minutos.

—Bueno, creo que es hora de tomar un poco de aire fresco —me miró—. Póngase unos zapatos y lleve a la niña fuera.

—No sé si eso sea bueno, generalmente Beth ve televisión hasta que…

—Estamos en el campo, tiene terreno para correr, no va a pasar el día viendo la tele —golpeó ligeramente la encimera—. Cuando salga, señorita, traiga con usted las bolsas.

Anthony me guiñó un ojo y luego se marchó por la puerta por la que había entrado. Pude negarme, pero la verdad es que tenía razón, así que simplemente fui por unas chanclas a la habitación antes de acercarme a Elizabeth.

—Beth, sabes que tu papá quiere que… salgamos fuera, ¿vamos?

La niña me miró, no dijo nada, pero se puso en pie, apagué la televisión mientras ella tomaba su muñeco y estábamos a punto de salir al jardín trasero cuando me habló.

—No vamos a irnos, señorita Adriana —dijo de repente—, ¿verdad?

Mi corazón se rompió ante aquellas palabras y la angustia detrás de ellas. Mordí mi labio inferior un momento para luego asentir. La tomé en brazos, brindándole una sonrisa antes de prometer algo que me esforzaría por cumplir.

—No vas a irte, Beth, esta es tu casa ahora, así que salgamos fuera a ver qué… quiere mostrarnos tu papá, ¿sí?

La pequeña asintió y empujé la puerta para salir al exterior. Mis ojos se movieron de la cuerda que ahora colgaba de un árbol al fondo del patio, bamboleándose con inercia, hasta el hombre a su lado que checaba la resistencia del tablón a modo de asiento en aquella cuerda.

—¿Qué es eso? —fue lo que pude decir mientras Elizabeth bajaba de mis brazos—. ¡No es lo que creo que es, verdad!

Anthony me miró y volteó los ojos, luego caminó demasiado rápido hasta donde estábamos Elizabeth y yo.

—Es un columpio —admitió—, para Elizabeth —él miró a la niña, que parecía discretamente emocionada—. ¿Qué tal si lo pruebas?

—No —dije con firmeza—, eso es lo más inseguro que he visto en mi vida y no pienso dejar que ponga en riesgo a…

Dejé de hablar cuando mis pies se alejaron del suelo, el olor masculino a sudor y algo más salvaje se filtró en mis fosas nasales mientras era llevada hacia el columpio por Anthony.

—Cállese, señorita amargada —dijo el hombre en broma—, vamos a probar qué tan seguro es en este instante.

—¡Bájeme! —jadeé mientras veía a Elizabeth correr tras nosotros con una sonrisa—. Esto no es un juego, usted no puede tomarme en brazos y… y…

¿Subirme a un columpio?

Susurró la voz maliciosa en mi cabeza, quise alejarla, pero mi trasero golpeó contra la tabla del columpio en ese momento y el viento golpeó ligeramente mi cara cuando fui impulsada hacia adelante.

—¡Ve que sí es seguro! —gritó Anthony, cargando a Elizabeth en brazos—. ¡Ahora podremos montar a la niña sin preocuparnos de nada!

—Voy a matarlo —dije aferrándome a la cuerda con una sonrisa incapaz de controlar—. ¡Cuando esto se detenga, yo voy a matarlo!

—¡Entonces que no se detenga! —gritó, mirando a la niña en sus brazos antes de empujarme con una de sus manos—. ¿Verdad que sí, Beth?

—Sí… —respondió la pequeña, sorprendiéndome tanto a mí como al vaquero que la tenía en brazos.




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