Anthony
—¡No es para tanto! —dije mientras la asistente social que había aparecido en mi vida con mi hija seguía sentada en el suelo.
Había caído del columpio hacía unos dos minutos atrás y no había sido culpa de nadie más que de ella, quizás si no se hubiese soltado de la cuerda, no se habría resbalado, pero era algo que parecía no estar dispuesta a entender.
—¡No te atrevas a montar a Elizabeth en esto! —gruñó—. ¡No es seguro!
Volteé los ojos mientras la mujer se ponía en pie, sacudía su trasero y entraba en casa. La pequeña a mi derecha me miró durante unos segundos.
—¿De verdad puedo usarlo? —la voz pequeña vino junto a un tirón de mi camisa—. ¿De verdad?
Elizabeth seguía abrazando su oso contra el pecho mientras me miraba con emoción. La había visto sonreír por primera vez desde que llegamos y me agradaba que me hablase, generaba una sensación demasiado agradable en mi pecho.
¿Quizás aquello era la paternidad?
No lo sabía, pero ahora tenía todo el tiempo del mundo para averiguarlo. Sonreí a la pequeña.
—Claro que puedes —respondí, bajando un poco la voz sin saber por qué—. Pero Adriana no se puede enterar.
—¿Tenemos que mentirle a la señorita Adriana? —la niña negó—, eso no me gusta y si dice que es peligroso entonces… —murmuró desilusionada.
Bufé, acuclillándome frente a ella, acaricié su mejilla como solía hacer con Emma y le guiñé un ojo.
—La señorita Adriana dice muchas cosas y no le vamos a mentir… vamos a… evitar que nos vea —sonreí más animado—. Además estoy aquí para ti, si pasa cualquier cosa, ¿de acuerdo?
La niña asintió, la ayudé a subir al columpio después de acomodar el tablón de madera para que quedara más cómodo y la ayudé a aferrarse a la cuerda mientras colocaba su oso de peluche en su regazo.
—Bueno… aquí vamos.
Dije sonriendo mientras la empujaba. La pequeña se aferró con fuerza a la cuerda mientras comenzaba a balancearse y pude escucharla reír de emoción cuando aumenté un poco la velocidad.
Sus ojos se encontraron con los míos. Había miedo, sí… pero también algo más: felicidad, tranquilidad, una expresión que no había visto hasta ahora.
—Agárrate fuerte —le indiqué riendo.
Elizabeth soltó un chillido de emoción, mi pecho se sintió reconfortado con aquella emoción y por un segundo… todo estuvo bien.
—¡Anthony! ¡Dije que no la subieras en eso!
La mujer que había desaparecido por la puerta de la cocina ahora nos miraba desde la ventana, su rostro exaltado había cortado toda la emoción de aquel momento.
—¿Se puede saber qué está haciendo? —gritó—, se supone que sea responsable.
—Estoy siendo responsable —respondí, empujando el columpio para que la niña siguiera balanceándose—, solo nos divertimos y ella se sujeta mejor que usted.
—Eso no es seguro —replicó, mirando la cuerda como si fuera a romperse en cualquier momento.
—Ya comprobamos que sí lo es —dije, señalándola—. Sobrevivió, ¿verdad?
—¡Sí, y terminé sobre mi trasero! —espetó.
Rodé los ojos.
—Porque no se sujetó bien.
—Porque es inseguro —insistió—. Si se cae…
—No se va a caer —le corté y el silencio que siguió fue tenso.
Elizabeth dejó de reír y suspiré. Detuve el columpio y le pedí a la niña que se quedara en él un momento, luego me acerqué a la ventana de la cocina.
—Mire —dije—. No voy a hacerle daño, pero esa niña necesita divertirse.
—No sabe lo que la niña necesita —respondió ella, igual de baja—. No sabe nada de niños, menos de niños que han perdido su familia o a su madre.
—Sé que si te tratan con lástima terminas siendo inestable —declaré—, y sé que los niños quieren jugar, así que eso le estoy dando, deje de ser tan amargada y disfrute la vida.
Podría decirle mil maneras en que podríamos disfrutarla, pero preferí callar. La mujer negó, pero no dijo ni una sola palabra.
—Bueno, aprenderé a cuidar a una niña que perdió todo —declaré—, pero si va a estar supervisando, entonces venga aquí fuera y véala ser feliz, mientras preparo la cena para presentarla a mi hermano y su familia.
Sus ojos se clavaron en los míos, sorprendidos por un segundo y entonces… algo cambió.
Ella se alejó de la ventana, salió por la puerta con los brazos cruzados y miró hacia la niña sentada en el columpio.
—Más le vale que no se caiga —murmuró— y Elizabeth es alérgica al pollo, así que haga cualquier cosa… menos pollo.
—Oh —sonreí—, supongo que es mi hija después de todo.
La mujer me miró con una ceja alzada, pero no fui capaz de decirle nada porque pasó junto a mí para acercarse a la niña.
Resoplé cuando la vi empujar extremadamente suave el columpio, entré en casa y tardé justo dos horas en preparar la cena para cuando mi hermano llegara.
Beth entró justo una hora después de la mano de Adriana. La mujer se ofreció a ayudarme a servir la mesa después de darle un baño a la niña. Sin embargo, terminé antes de que ambas aparecieran, así que cuando escuché los pasos acercándose al comedor alcé la vista.
Me quedé congelado en el lugar, la mujer de antes había desaparecido, en su lugar una chica con el cabello suelto, ligeramente maquillada y con un vestido de color azul.
—Wow, supervisora —dije sin poder evitarlo—, si se viste así para cenar no quiero imaginar cómo sería si la invitara a una cerveza.
—No tomo cerveza con los padres de los niños que están a mi cargo —dijo ella sonrojada—, pero para tomar un vino… podría ponerme más elegante.
—¿Le interesaría tomar un vino después de la cena entonces? —dije acercándome demasiado a ella—, podríamos beberlo en la terraza y… mirar la noche.
Ella humedeció sus labios, mis ojos se clavaron en ese movimiento antes de subirlos hacia los suyos y ella negó antes de fruncir ligeramente la frente.
—No, eso no es correcto —declaró—, así que no vamos a hacerlo.
—Sí vamos a hacerlo —declaré, aunque no debía, aquello sin duda saldría mal—, así que piense durante la cena de qué deberíamos hablar con ese vino, porque tengo otras cosas en mente que… no son adecuadas.
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Editado: 05.05.2026