Una familia sorpresa

Capítulo 11

Adriana
No podía dejar de reír, a pesar de lo pasado en la cena. Ahora, cómodamente sentada en el sofá, viendo a Elizabeth hablar con Emma como si realmente fuese una niña normal, me gratificaba mucho.

—Adriana, ¿qué te parece el campo? —presté atención a la mujer sentada justo frente a mí—. Cuando llegué aquí fue una locura, así que sé muy bien lo que es ser una mujer de ciudad en medio de la nada.

—En realidad me gusta —admití—. Cuando era pequeña viví un tiempo en una granja, fueron los seis meses más agradables de mi vida.

—¡Oh, tus padres eran granjeros! —bebí de mi copa observando a Isabella.

—No, estuve en una casa de acogida cuando tenía diez años en Kentucky —sonreí al recordar lo único bueno de mi infancia—, pero luego volví a la ciudad y… la vida se volvió gris otra vez.

Intenté quitarle peso al asunto con mis palabras, pero las tres personas a mi alrededor se quedaron demasiado tiempo en silencio.

Conocía esta sensación, personas que miran con lástima a pesar de que no es su vida o fue su niñez la que pasó sin estabilidad, era algo que no me agradaba.

—Diablos, trabajadora social, lo siento mucho, no queríamos…

—Oh, no hay por qué sentirlo —di otro trago a mi copa—. Sigo en pie, sobreviví, hice una carrera y ahora ayudo a personas que, como yo, no tienen familia, es gratificante.

—Esta mujer me agrada —dijo Ethan señalándome—, es una lástima que mi hermano no sea material de marido, te daría mi bendición.

Me sonrojé ante esas palabras, Anthony a mi lado se atragantó con su cerveza e Isabella comió una porción de la fruta picada en la mesa, disimulando una sonrisa.

¿Así era como se sentía tener una reunión de amigos?

No tenía ni idea, había pasado años viviendo para el estudio y luego cargada de trabajo, así que mi vida social había constituido solo un cinco por ciento en toda mi vida.

—No soy una mujer que esté lista para casarse —dije mintiendo, quizás un poco—. Hay muchos niños que me necesitan, además de que estar ligada al padre de una de las criaturas a mi cargo es… ilegal.

—Bueno, pero en tres meses, si su supervisión es favorable, usted no tendría ningún impedimento con Tony —dijo Isabella—, quizás incluso podrías conseguir que…

—Basta —Anthony habló con pereza—, dejen de buscarme pareja como si fuera un soltero.

—Anthony, eres un solterón —insistió Isabella—, mírate, cumpliendo los cuarenta en un par de años y sin una mujer o… o… bueno, ya tienes una hija.

—Exactamente —dijo él—, no todo en esta vida es firmar un papel y ponerle un anillo a una mujer —miró su reloj—. Es tarde, deberían irse.

Me quedé congelada ante aquella deliberada manera de echar a su hermano y cuñada. Ethan suspiró, se puso en pie con pereza antes de ayudar a su mujer a hacer lo mismo.

—Emma, nos vamos.

La niña en cuestión nos miró, luego caminó hasta su padre y negó.

—Me quedaré a dormir con Beth, quiero que hagamos pijamada —declaró—, nunca había hecho una.

—Cariño, no puedes quedarte —intervino Isabella—. Mañana traeremos algunas cosas y así puedes quedarte, ¿bien?

—No, me quiero quedar hoy —la niña me miró—. ¿Puedo hacerlo, señorita?

—Oh, bueno, yo… —miré a Anthony—, no tengo problemas si tu tío…

—Claro que puedes quedarte —dijo sonriendo—, pueden dormir las dos en la habitación —me miró—, usted en el sofá y yo a sus pies —señaló el lugar del salón donde estaba la mesa de café.

—Oh, no hay por qué hacer esto, Tony, Emma, nos vamos —insistió el padre de la niña.

—No —respondió la niña.

—Déjala —declaró Anthony—, no es la primera vez que duermo en el suelo o con una mujer —tragué ante aquellas palabras.

Pero mi pecho se aceleró de una manera diferente y eso era exactamente lo que me preocupaba, porque estar con él se hacía cada vez más difícil.




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