Anthony
—Mañana le diré al tío que nos lleve al lago, la señorita Adriana puede venir —escuché las palabras de Emma desde la puerta de mi habitación y no pude evitar sonreír.
Mi sobrina era un encanto, sí, pero también podía ser un problema, sin embargo, en este momento me alegraba tenerla en casa, no solo por Elizabeth, sino también porque eso me daría tiempo de investigar realmente qué tipo de persona era Adriana.
Di un pequeño golpe en la puerta antes de entrar y las niñas, sentadas en medio de mi antigua cama, me miraron.
—Hola, tío —Emma habló sin dudarlo—. ¿Sucede algo?
—Sí —dije, caminando hasta ella para acariciar su cabello como hacía siempre que la tenía cerca—, es hora de irse a dormir —miré a mi hija y la despeiné un poco también—, y mañana no hay lago, tenemos cosas que hacer tu padre y yo.
—Pero, tío, Beth no conoce el lugar y Isa está…
—Isabella no va a ir con dos niñas al lago sola —dije con determinación—, el fin de semana, si son buenas, las dos —negocié—, podemos ir todos, ahora a dormir.
Emma volteó los ojos, luego se recostó en la cama antes de cubrirse con la sábana y observé a Beth aferrarse a su oso antes de hacer lo mismo. Me acerqué a mi hija, cubrí su cuerpo con la manta antes de hacer algo tonto como darle un pequeño beso en la frente, antes de hacer lo mismo con Emma para salir de la habitación.
—Las quiero dormidas —dije apagando la luz—, tengan buena noche.
Cerré la puerta de la habitación y mi corazón se paró por un segundo al ver a la mujer de pie contra la pared a mi derecha. El vestido sexy había desaparecido, pero en su lugar un pijama de color verde despintado estaba ahora abrazando aquel bonito cuerpo.
—Eso estuvo muy bien —dijo ella sonriendo ligeramente—, veo que Beth también tiene una familia que la va a cuidar, eso es… reconfortante.
¿Reconfortante?
Habían cosas que podían ser mucho más reconfortantes y la verdad era que estaba dispuesto a mostrárselas. Adriana tenía la misma vibra que la madre de Beth, aquella tranquilidad, aquella forma tan calmada de valorar las cosas, esa fragilidad oculta tras una, sin lugar a dudas, dura coraza.
—Soy buen tío, no debo estar lejos de ser buen padre —dije metiendo las manos en mis bolsillos—. ¿Está lista para la copa de vino?
—No, voy a dormir —dijo ella, cambiando la postura de repente—. Le sugiero que haga lo mismo.
Ella intentó pasar junto a mí y no le permití avanzar, la alcé en brazos antes de que pudiera hacer cualquier cosa para negarse y la llevé directamente hasta el comedor. La dejé sentada justo sobre la mesa.
—¿Qué hace? —jadeó cuando mis manos la acorralaron sobre la mesa—. Déjeme bajar.
—Estaba practicando para cuando tenga que preparar a Beth para el colegio —dije sonriéndole—. Mi plan es sentarla en la mesa, servirle el desayuno y terminar su lonchera antes de que llegue el bus —disfruté del aroma de su perfume—, así que usted fingirá ser Beth, así que quédese ahí —acaricié su mejilla—. Traeré el vino y si se baja —advertí—, la castigaré.
Le guiñé un ojo antes de darme media vuelta y dirigirme a la nevera para sacar el vino que definitivamente estaba dispuesto a beberme con ella.
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Editado: 05.05.2026