Adriana
Me quedé sobre la mesa, con mis ojos clavados en mis pies que colgaban desde el borde y me pregunté una vez más qué estaba haciendo. Aquellas realmente no eran unas vacaciones, ni siquiera debería estar teniendo contacto con este hombre tan… tan… vaquero.
—Sabe que aún no entiendo qué tipo de mujer es usted —escuché a Anthony decir desde la nevera—, me sorprende que sea tan intensa y a la vez tan agradable, pero sobre todo me sorprende ver hasta dónde ha llegado.
Alcé mis ojos del suelo ante esas palabras. El hombre que volvió hasta donde estaba con dos copas y una botella de vino me sonrió con sinceridad.
—Por lo que dijo, no pareció tener una vida fácil y está haciendo lo mejor que puede por niños que también la están teniendo —sirvió una copa y me la entregó—, es realmente admirable, yo solo he vivido con los privilegios que me dieron mis padres —bufó—, si es que responsabilidades se les llama privilegios, claro.
Aquello llamó mi atención, me di cuenta entonces de que realmente no sabía nada de la familia de Anthony o Antony en realidad. Bebí de la copa antes de preguntar un tanto insegura.
—¿Responsabilidades? Usted no parece haber sido tan responsable —admití—, ni siquiera sabía de Beth y…
—Fui joven, fui rebelde y traté con todas mis fuerzas de alejar a mi hermano de una vida dura —suspiró—, eso sí, con la madre de Beth fue… diferente, ella quería algo que no le podía dar, quería que me quedara con ella y dejara atrás mis compromisos —sonrió—, pude hacerlo, pero decidí poner delante a mi familia.
—¿Su familia? —dije mirándolo aún más curiosa.
—Mi hermano ha criado a su hija solo, se volvió más huraño de lo que solía ser y yo traté con todo lo que pude de sacarlo de ese hoyo —el hombre frente a mí llegó—, a veces creo que fue mi culpa que terminara involucrándose con una mujer como la madre de Emma. Quizás si no le hubiese obligado a amar esta tierra, él no se habría quedado a pesar de todo o quizás habría hecho una vida distinta en la ciudad o…
—Uno no puede culparse por las decisiones de otros —dije secamente—, si eso fuera así, quizás yo no habría podido seguir adelante con mi vida —dije pensando en esas emociones que había tratado de enterrar dentro de mí—. Mi madre me abandonó en el hospital cuando nací, según me dijeron, mi padre parecía ser un exconvicto que terminó muerto en una pelea callejera y sus familias… —negué—, sus familias no querían tener nada que ver con la desgracia que era yo, ¿me debería culpar por eso?
—No, claro que no —dijo Anthony tomando mi rostro en sus manos—, usted no es una desgracia, Adriana, es demasiado sexy para serlo, una desgracia sería no haberla conocido —el hombre sonrió—, sus abuelos y madre son desgraciados por no ver en lo que usted se convirtió, en la maravillosa persona que es…
Mi pecho se apretó ante aquellas palabras, miré al hombre frente a mí y sabía que estaba siendo sincero, sabía que no estaba intentando congraciarse conmigo. Nadie había dicho esas cosas de mí antes, quizás era porque no había dado tiempo a nadie de ir tan profundo, pero que un completo extraño, al que estaba a punto de entregarle una pequeña que había pasado por mucho, pero parecía haber tenido la suerte de encontrar una buena familia, hacía que mis pensamientos razonables se fueran al caño.
—Esto es un error —advertí, más para mí que para él.
Tomé el cuello de su pulóver de pijama, lo incliné hacia mí y sus labios rozaron los míos, intensos, furiosos, necesitados, con el sabor del vino embriagándonos. Sabía que no estaba correcto, pero después de todo yo ya había roto las normas viniendo a quedarme aquí en lugar de dejar a la niña e irme, así que qué más daba romper un par más con aquel vaquero sexy que, sin lugar a dudas, no volvería a ver después de que me fuera.
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Editado: 05.05.2026