Una familia sorpresa

Capítulo 20

Anthony

Supe desde la tarde que algo estaba mal. Miré a las mujeres sentadas al otro extremo de la mesa mientras tomaba un bocado del pollo frito en mi plato.

No hacía falta ser demasiado observador para notarlo. Adriana sonreía cuando Beth le hablaba o hacía cualquier cosa. Desde que la llamó su jefe en la tarde, solo había estado deambulando alrededor de la casa sin decir una palabra.

Quería preguntar, pero sabía que eso solo haría más tenso el ambiente y realmente no quería eso.

—Papá, mañana Emma me enseñará dónde está la biblioteca del colegio —dijo Beth aún masticando su pollo frito—. Dijo que había libros de animales ahí, a mi mamá le gustaban los conejitos.

Sonreí incómodo aún ante la forma tan calmada en que mi hija hablaba de su madre, como si aún estuviera presente.

—Bueno, creo que tu tío tiene un par de conejos en su casa —dije aún conmocionado porque me dijera papá tan tranquilamente—. Quizás podamos traer un par aquí. ¿Qué crees, Adriana?

La mujer, que había mantenido su vista en el plato intacto frente a ella, nos miró. Estaba seguro de que no había escuchado mi pregunta, así que repetí.

—¿Crees que podría ser buena idea traer un conejo para Beth a la casa?

Beth sonrió y siguió comiendo. Adriana me miró durante un segundo para luego encogerse de hombros.

—Es tu casa, si quieres tener mascotas no tengo problema. Creo que voy a… salir un poco fuera.

Vi a la mujer ponerse en pie y salir del comedor sin mirar atrás. Le di una pequeña sonrisa a la niña antes de ponerme en pie para ir tras Adriana y la encontré en medio del patio abrazándose a sí misma.

Los hombros le temblaban y entonces entendí que estaba llorando. Sentí un nudo en la garganta, mientras algo dentro de mí me decía que no me involucrara.

No sabía qué había pasado, pero verla así me hacía ignorar todas las alarmas dentro de mí, así que me acerqué despacio.

—Adriana, ¿estás bien?

La mujer en la oscuridad se limpió la cara con rapidez y negó antes de voltearse hacia mí.

—No es nada, solo… estoy un poco sensible estos días.

Mentira, incluso en la oscuridad se veía. Me acerqué más y, por un momento, dudé. Luego hice lo único que sentí correcto.

La abracé. Sus brazos quedaron rígidos entre nosotros apenas un segundo y luego se aferró a mi camisa como si hubiera estado esperando eso toda la tarde.

Sentí su respiración quebrarse contra mi pecho. Mis manos se cerraron en su espalda y aunque no entendía qué estaba pasando, una parte de mí solo quería quedarme así toda la noche.

—No sé qué pasa —murmuré junto a su cabello—, pero voy a ayudarte en lo que pueda.

Ella negó contra mi pecho.

—No puedes ayudar con nada, Anthony —dijo con total sinceridad.

—¿Por qué? —cuestioné—. Soy un hombre capaz de hacer muchas cosas.

Ella levantó su rostro hacia mí. Sus ojos estaban rojos y brillaban bajo la luz tenue del porche.

—Porque… porque esto es algo en lo que quizás… no tengamos derecho a reclamar.

Su voz me golpeó más de lo que esperaba. Llevé una mano a su mejilla, apartando una lágrima.

—Entonces lo haré a las malas —dije, haciéndola reír ligeramente—. Dos cabezas piensan mejor que una, así que solo cuéntamelo.

Ella no respondió, solo me miró y por alguna razón supe exactamente lo que iba a pasar antes de inclinarme.

La besé. No fue lento ni calculado, fue espontáneo, como si los dos hubiéramos estado necesitando aquello desde hacía demasiado tiempo.

Sus manos subieron a mi cuello y la apreté contra mí, sintiendo su cuerpo tibio, la suavidad de su boca y ese maldito alivio que no quería reconocer.

Cuando me separé, ambos respiramos demasiado rápido y entonces escuchamos la voz.

—Sabía que iban a besarse.

Nos apartamos de golpe. Beth estaba en la puerta, abrazando su muñeca, con expresión de absoluta satisfacción.

—Beth… —dije aún acomodando mi respiración.

Ella sonrió.

—Entonces ahora sí van a ser novios.

Adriana dio un paso atrás, avergonzada, mientras pasaba una mano por mi nuca.

—No es tan fácil, princesa.

Beth frunció el ceño.

—¿Por qué?

Buena pregunta, me dije. Abrí la boca para responder, pero no había nada que decir. La niña miró a Adriana y luego a mí.

—Le preguntaré a Emma. Ella sabe de esas cosas.

Solté una risa sin poder evitarlo. Beth caminó hacia nosotros y tomó la mano de Adriana.

Luego la mía, juntándolas.

—Quiero que sean mi familia.

Las palabras me dejaron inmóvil. Adriana bajó la mirada y la vi cerrar los ojos, como si aquello doliera. Luego retiró su mano lentamente.

—Sabía que esto solo complicaría más las cosas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.