Una fecha escrita

Prólogo

Hay decisiones que cambian una vida y otras que, sin pretenderlo, terminan cambiando dos.

Augusto Valmore había aprendido a reconocerlas.

Los años le habían enseñado muchas cosas: a construir una fortuna, a distinguir la lealtad de la conveniencia y a observar en silencio mientras otros revelaban aquello que intentaban ocultar. Había cometido errores, algunos demasiado grandes para corregirlos, pero jamás había olvidado una deuda. Mucho menos una de vida.

Por eso permaneció frente a aquella tumba varios minutos después de que los demás comenzaran a marcharse.

La lluvia de la madrugada había dejado la tierra húmeda. El cielo continuaba cubierto y el viento movía suavemente las ramas de los árboles que rodeaban el cementerio. Augusto apoyó ambas manos sobre la empuñadura de su bastón y contempló el nombre grabado en la piedra.

Alfredo Rivas.

Treinta años atrás, aquel hombre había sido simplemente un joven que necesitaba trabajo. Después se convirtió en su conductor, su guardaespaldas y, con el tiempo, en uno de los pocos hombres a los que Augusto había llamado amigo. En dos ocasiones distintas había puesto su propia vida entre él y una bala.

Resultaba extraño que una deuda tan antigua pudiera seguir pesando incluso cuando el hombre al que pertenecía ya no estaba allí para cobrarla.

—Viejo terco —murmuró.

Una sonrisa triste apareció brevemente en sus labios.

Alfredo jamás le habría pedido dinero, propiedades o favores. Durante todos aquellos años había aceptado muy poco y dado demasiado. Solo una cosa había conseguido preocuparlo realmente al acercarse el final.

Amara.

Augusto levantó la mirada.

A varios metros, junto a la salida del cementerio, la joven permanecía hablando con una mujer mayor. Vestía de negro y llevaba el cabello oscuro recogido de manera sencilla. El cansancio era evidente en su rostro, aunque durante todo el funeral había recibido a cada persona que se acercaba con una serenidad que Augusto conocía demasiado bien.

Alfredo había tenido esa misma dignidad.

Ahora Amara estaba sola.

Y Augusto sabía que la soledad no era el único problema.

Había visto al padre de la muchacha durante el funeral. No se había acercado a consolarla ni había fingido demasiado interés por la muerte del hombre que prácticamente había criado a su hija.

En cambio, había preguntado por la herencia.

Augusto apretó ligeramente la mandíbula.

Alfredo también le había hablado de él.

Había problemas que podían solucionarse con dinero. Otros requerían abogados, influencias o simplemente una llamada a la persona adecuada. Aquel, sospechaba, requeriría algo diferente.

—No voy a dejarla sola —prometió en voz baja—. Te di mi palabra.

No sabía si los muertos podían escuchar a los vivos.

Esperaba que aquel sí pudiera.

Se apartó finalmente de la tumba y comenzó a caminar hacia la salida. Su chofer avanzó para sostenerle el paraguas, pero Augusto hizo un gesto indicándole que no era necesario. Todavía podía soportar unas cuantas gotas.

Cuando estuvo cerca, Amara terminó de despedirse de la mujer con quien hablaba y se volvió hacia él. Tenía los ojos enrojecidos.

Aun así, sonrió.

—Señor Valmore.

—Amara.

Augusto sostuvo su mirada durante unos segundos. Alfredo le había hablado incontables veces de su nieta, de su carácter, de sus estudios y de lo orgulloso que estaba de ella. También de cuánto le preocupaba dejarla sola algún día.

Ese día había llegado demasiado pronto.

—Tu abuelo me pidió que me encargara de ti.

La sonrisa de Amara vaciló.

—No tiene que hacerlo.

Augusto estuvo a punto de sonreír. Era exactamente la respuesta que esperaba.

—No he dicho que tenga que hacerlo.

Ella guardó silencio.

—Lo haré porque quiero —continuó—. Y porque le di mi palabra.

Amara bajó la mirada por un instante.

—Estoy bien, señor Valmore.

—Lo sé.

Aquello pareció sorprenderla.

Augusto no necesitaba verla indefensa para reconocer que podía ayudarla.

—Pero estar bien no significa que tengas que encargarte de todo sola.

Los ojos de Amara volvieron a encontrarse con los suyos. Esta vez no respondió inmediatamente y Augusto decidió no presionarla. Todavía no.

—Descansa hoy. Mañana hablaremos.

—¿De qué?

—De tu futuro.

Amara frunció ligeramente el ceño, pero finalmente asintió.

Augusto se despidió y continuó hacia el vehículo que lo esperaba. Solo cuando estuvo sentado en la parte trasera permitió que el cansancio de aquella mañana se reflejara en su rostro.




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