Una fecha escrita

Capítulo 1 El plan

Axel

Por tercera vez en menos de una hora, levanté la mirada de los informes y observé a Nick con un desagrado que él, naturalmente, decidió ignorar.

Seguía sentado frente a mi escritorio como si no tuviera nada mejor que hacer, con una pierna cruzada sobre la otra y esa expresión satisfecha que aparecía cada vez que estaba convencido de tener razón.

—Necesitas salir.

Volví la atención al documento.

—Necesitas trabajar.

—Estoy trabajando.

—Llevas veinte minutos explicándome por qué debería ir a un bar.

—Porque es importante para tu bienestar.

Solté una respiración lenta. Habíamos pasado buena parte de la tarde revisando los informes de dos proyectos nuevos, uno de ellos una propiedad antigua que mi compañía pretendía convertir en un hotel boutique. Nick había mostrado verdadero interés durante la primera hora. Después se aburrió y, como ocurría siempre que se aburría cerca de mí, decidió ocuparse de mi vida personal.

—No necesito ir a un bar.

—Necesitas hacer algo que no incluya trabajar, dormir y volver a trabajar.

—Tengo otras actividades.

Nick esperó.

No respondí.

—Exactamente.

Dejé el informe sobre el escritorio.

—Tengo treinta y tres años. No necesito que organices mi vida social.

—Eso es precisamente lo preocupante. Tienes treinta y tres y hablas como si tuvieras sesenta.

—Tú tienes treinta y dos y sigues comportándote como si tuvieras veinte.

—Por eso nos complementamos tan bien.

Sonrió con absoluta tranquilidad.

Había conocido a Nick durante nuestro primer día en la universidad. Se acercó con un horario doblado en una mano y una expresión de desconcierto que intentaba disimular mientras preguntaba dónde quedaban las aulas. Compartíamos varias materias y le indiqué el camino.

Dieciséis años después todavía no había conseguido librarme de él.

Tampoco lo había intentado realmente.

Nick era una de las pocas personas capaces de permanecer durante horas en mi oficina sin que su presencia me resultara molesta. Había estado conmigo cuando empecé a apartarme de los negocios familiares, cuando fundé mi propia compañía y cuando mi padre aseguró que regresaría derrotado antes de cumplir un año.

También estuvo cuando no ocurrió.

Ahora dirigía conmigo varios proyectos y, aunque tenía una oficina tres pisos más abajo, parecía considerar la mía una extensión de ella.

—Podríamos salir el sábado —insistió—. Tomamos algo, escuchamos música, conoces a una mujer bonita y recuerdas que existe vida fuera de esta oficina.

—Tengo planes.

Una ceja se elevó.

—¿Voluntarios?

—Almuerzo con mi abuelo.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

Nick negó con una expresión de profunda decepción.

—Eres un hombre triste.

Tomé nuevamente el informe.

—Sal de mi oficina.

—Solo digo que podrías conocer a alguien.

—No estoy interesado.

—No dije que tuvieras que casarte.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Quieres conservar tus dientes?

Sonrió.

—Muchísimo.

—Entonces deja de hablar.

Su risa llenó la oficina.

No tenía nada contra las relaciones. Tampoco estaba resentido con las mujeres, a pesar de lo que Nick insinuaba cada vez que encontraba oportunidad. Simplemente había tenido dos relaciones suficientemente serias para aprender que la comodidad no era necesariamente intimidad.

Había elegido mujeres de mi mismo círculo porque parecía sencillo. Conocían a mi familia, entendían el apellido y se adaptaban perfectamente a un hombre que pasaba demasiado tiempo trabajando. Durante un tiempo funcionó. Después comprendí que ambas relaciones dependían demasiado de que yo siguiera ocupando exactamente el lugar que se esperaba de Axel Valmore.

Nieto de Augusto.

Heredero de un apellido conocido.

Una pareja conveniente.

La primera vez culpé a una mala elección. La segunda tuve suficiente sentido común para reconocer que yo también había elegido aquello porque no exigía demasiado de mí.

Desde entonces prefería evitar complicaciones innecesarias.

—Mírate —dijo Nick.

—¿Qué?

—Esa expresión.

—Estaba pensando.

—Ese es precisamente tu problema.

Antes de responder, el teléfono del escritorio sonó.

Presioné el botón.

—¿Sí?

—Señor Valmore, su abuelo está aquí —informó Helena.

Mi atención cambió inmediatamente.

—¿Mi abuelo?

—Sí. Dice que no necesita cita.

Una sonrisa mínima apareció.

—Nunca la necesita. Déjalo pasar, por favor.

Colgué.

Nick se incorporó.

—¿Augusto vino hasta aquí?

—Eso parece.

Compartía su sorpresa.

Mi abuelo llevaba casi cinco años retirado de la administración directa del grupo familiar. Conservaba acciones, influencia y una capacidad irritante para enterarse de absolutamente todo, pero rara vez visitaba una oficina sin un motivo específico.

Mucho menos la mía.

Había instalado mi compañía en otro edificio precisamente para mantener una separación clara entre mi trabajo y los negocios de los Valmore.

Augusto respetaba esa decisión.

Mi padre, bastante menos.

La puerta se abrió unos segundos después.

Me puse de pie.

Augusto Valmore entró apoyándose ligeramente en su bastón. A sus setenta y nueve años continuaba teniendo una presencia difícil de ignorar. Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado y llevaba el cabello blanco peinado hacia atrás. Los años habían marcado profundamente su rostro, pero no habían conseguido disminuir la firmeza de su mirada.

Nick se levantó primero.

—Abuelo.

Augusto sonrió.

—Mira quién decidió aparecer por aquí.

—Trabajo aquí.

—Según Axel, eso es discutible.

Nick me lanzó una mirada ofendida.

—No puedes hablar mal de mí con mi propio abuelo.

—Es mi abuelo.

—Detalles.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.