Una fecha escrita

Capítulo 2 La propuesta

Amara

Habían pasado cuatro días desde el funeral de mi abuelo y todavía esperaba escuchar su voz cada vez que bajaba las escaleras.

Sabía que era absurdo. Aun así, aquella mañana, mientras la madera crujía bajo mis pies, tuve la certeza de que al llegar a la cocina lo encontraría sentado junto a la ventana, con una taza de café entre las manos y los lentes demasiado abajo sobre la nariz.

No estaba.

La cafetera tampoco estaba encendida y su silla permanecía exactamente donde siempre, vacía.

Me detuve en el último escalón.

Había descubierto que el dolor tenía formas extrañas de manifestarse. No siempre llegaba acompañado de lágrimas. A veces era una taza que nadie había utilizado, unas pantuflas todavía junto al sofá o una silla que uno evitaba mirar demasiado tiempo.

Respiré profundamente y continué hacia la cocina.

No quería llorar. No porque considerara que hubiera algo malo en hacerlo; había llorado suficiente durante los últimos días para saber que no existía ninguna dignidad especial en contener el dolor. Simplemente estaba cansada.

Encendí la cafetera y abrí las cortinas. La luz de la mañana entró lentamente en una casa que parecía exactamente igual que una semana atrás y, al mismo tiempo, completamente distinta.

Mi abuelo había vivido allí durante más de treinta años. Yo, durante buena parte de mi vida.

Después de la muerte de mi madre, aquella casa se convirtió definitivamente en mi hogar. Mi abuelo nunca intentó reemplazarla ni fingió saber cómo criar a una adolescente de trece años que estaba enfadada con el mundo entero.

Simplemente estuvo.

Aprendió a hacerme una trenza horrible porque yo me negaba a ir al colegio con el cabello suelto. Descubrió qué productos comprarme en la farmacia sin morir de vergüenza, asistió a reuniones escolares, graduaciones y exposiciones universitarias. Años después escuchó durante semanas mis quejas sobre clientes que querían transformar apartamentos pequeños en palacios europeos.

Siempre estuvo.

Hasta que dejó de estar.

Serví café y me senté frente al computador.

Mi jefa me había dado la semana libre, pero permanecer sin hacer nada solo conseguía que contara las horas. Prefería trabajar. Había un apartamento que debía remodelarse antes de que sus propietarios se mudaran y llevábamos tres reuniones intentando decidir entre un diseño cálido y contemporáneo o algo que ellos describían como lujo clásico sin saber exactamente qué significaba.

Mi abuelo habría dicho que significaba caro.

Sonreí.

Probablemente tendría razón.

Trabajaba desde hacía casi tres años en un pequeño estudio de arquitectura y diseño interior. Había estudiado arquitectura, pero con el tiempo descubrí que lo que realmente me fascinaba era transformar los espacios existentes. La manera en que una misma distribución podía sentirse completamente diferente dependiendo de quién la habitara.

Siempre había pensado que las casas decían mucho de las personas. Lo que mostraban, lo que escondían, dónde descansaban y qué consideraban suficientemente importante para dejar a la vista.

Algún día quería tener mi propio estudio.

No necesitaba que fuera enorme ni famoso.

Solo mío.

Había empezado a ahorrar para conseguirlo, aunque mi cuenta bancaria todavía estaba bastante menos entusiasmada con el proyecto que yo.

Intenté concentrarme.

Duré siete minutos.

El timbre sonó.

Miré la hora. Poco después de las nueve.

No esperaba a nadie.

Cerré parcialmente el computador y caminé hacia la entrada. Antes de abrir, miré por la ventana lateral.

Mi cuerpo se tensó.

Mauricio.

Abrí la puerta solo lo suficiente para verlo.

—¿Qué quieres?

Mi padre permaneció al otro lado con las manos en los bolsillos. Había sido un hombre atractivo cuando era más joven y todavía conservaba parte de aquello: cabello oscuro con algunas canas junto a las sienes y una sonrisa capaz de resultar encantadora cuando necesitaba algo.

Conocía demasiado bien esa sonrisa.

—Buenos días para ti también, hija.

—¿Qué quieres?

—Podrías dejarme entrar.

—Podría.

Esperó.

No abrí más la puerta.

La sonrisa desapareció lentamente.

—Tenemos que hablar.

—No.

—Amara.

—Si se trata de mi abuelo, ya te dije todo lo que necesitabas saber.

Su mandíbula se tensó.

—Era el padre de mi esposa.

—Mi madre murió hace trece años.

—Eso no significa que dejara de ser familia.

Sentí la rabia despertar demasiado rápido.

—Qué curioso escucharte hablar de familia.

—No vine a discutir.

—Entonces dime para qué viniste.

Miró brevemente hacia la calle antes de regresar a mí.

—Necesito saber cuándo será la lectura del testamento.

Ahí estaba.

Cuatro días.

Habían pasado cuatro días desde que enterré al hombre que me había criado y mi padre ya estaba preguntando por dinero.

—No lo sé.

—Tú debes saber algo.

—No.

—Vivías con él.

—Eso no significa que hablara conmigo de su testamento.

Mauricio soltó una respiración impaciente.

—Amara, no seas ingenua. Tu abuelo tenía esta casa, terrenos y algunos ahorros. Seguramente dejó instrucciones.

—Probablemente.

—Soy familia.

—No eres su familia.

Sus ojos se endurecieron.

—Fui su yerno.

—Y él te detestaba.

El silencio fue inmediato.

Quizá no debería haberlo dicho.

Pero era verdad.

Mi abuelo nunca me pidió que odiara a mi padre. Incluso después de todo lo ocurrido con mi madre insistió en que mi relación con Mauricio debía ser una decisión mía.

Eso no significaba que tuviera que apreciarlo.

—Veo que todavía llenaba tu cabeza de cosas sobre mí.

—No necesitaba hacerlo.

—Soy tu padre.

—Biológicamente.

Dio un paso hacia la puerta.




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