Una fecha escrita

Capítulo 3 El encuentro

Amara

No dormí mal.

Habría sido más sencillo de explicar.

Dormí lo suficiente, pero desperté con esa sensación incómoda de haber pasado buena parte de la noche pensando incluso mientras dormía. La propuesta de Augusto seguía pareciéndome absurda; nada había cambiado en ese sentido.

La única diferencia era que ahora la propuesta tenía rostro.

Y, desafortunadamente, uno bastante difícil de ignorar.

Me quedé frente al espejo después de lavarme la cara. Tenía el cabello revuelto, una marca de la almohada junto a la mejilla y la expresión de una mujer que estaba preparándose para conocer a un posible esposo al que nunca había visto en persona.

Solté una risa breve.

Completamente normal.

No tenía sentido arreglarme demasiado. Tampoco quería parecer que había hecho un esfuerzo especial para conocerlo. Veinte minutos después estaba cambiándome de blusa por segunda vez y tuve que detenerme para reconocer lo ridículo de la situación.

Volví a la primera.

Elegí un pantalón claro, una blusa sencilla y zapatos bajos. Dejé el cabello suelto después de intentar recogerlo dos veces y apenas utilicé maquillaje.

Si Axel Valmore tenía algún problema con mi apariencia natural, probablemente sería útil descubrirlo antes de plantearme siquiera compartir una casa con él.

El chofer de Augusto esperaba frente a la entrada.

Naturalmente.

La residencia Valmore estaba más silenciosa aquella mañana. Teresa me recibió apenas entré y señaló el corredor que conducía al estudio.

—Augusto está allí.

Dudé antes de preguntar:

—¿Ya llegó su nieto?

La sonrisa de Teresa respondió antes que sus palabras.

—Hace unos minutos.

Perfecto.

Avancé por el corredor intentando recordar la ubicación exacta del estudio. Lo había visto de niña, aunque en aquella época todas las habitaciones de esa casa me parecían enormes y demasiado solemnes.

Escuché voces antes de llegar.

La de Augusto.

Después otra.

Masculina. Profunda. Tranquila.

Me detuve frente a la puerta.

No estaba nerviosa.

Eso me dije.

Era una mujer adulta. Había defendido proyectos frente a clientes insoportables y sobrevivido a reuniones donde seis personas querían cosas completamente distintas para un mismo espacio.

Podía conocer a un hombre.

Incluso si existía la posibilidad remota de terminar casada con él.

Respiré y levanté la mano.

La puerta se abrió antes de que pudiera tocar.

Y me encontré frente a Axel Valmore.

Durante un segundo ninguno habló.

Las fotografías no le hacían justicia.

Ese fue el primer pensamiento completamente inútil que atravesó mi cabeza.

Era alto. Mucho más de lo que parecía en las imágenes. Vestía un pantalón oscuro y una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos. No llevaba chaqueta ni corbata, lo que suavizaba ligeramente la imagen excesivamente formal que había construido de él.

Solo ligeramente.

El cabello negro estaba peinado hacia atrás sin demasiado esfuerzo y la barba corta marcaba una mandíbula firme. Pero eran los ojos los que conseguían toda la atención.

Oscuros.

Serios.

Atentos.

Su mirada recorrió mi rostro y después descendió brevemente. Sin descaro, aunque tampoco con suficiente sutileza para que no lo notara.

Yo acababa de hacer exactamente lo mismo.

Decidí no juzgarlo.

—Amara —dijo Augusto detrás de él.

Aparté los ojos.

—Buenos días.

Axel dio un paso hacia un lado para permitirme entrar.

Extendí la mano.

—Amara Rivas.

Sus ojos regresaron a los míos antes de aceptar el saludo.

—Axel Valmore.

El apretón fue firme y breve.

No sonrió.

Yo sí.

Por costumbre.

Perfecto.

Parecía encantador.

Augusto nos observaba con una tranquilidad que me hizo sospechar que estaba disfrutando demasiado de aquel momento.

—Siéntense.

El estudio tenía estanterías de madera oscura, grandes ventanales hacia los jardines y una zona de sillones alrededor de una mesa baja. Elegí uno y Axel se sentó frente a mí.

Eso me permitió observarlo otra vez.

Otro error.

Era atractivo de una manera que no parecía necesitar esfuerzo. Tampoco daba la impresión de estar especialmente consciente de ello.

O quizá simplemente no le importaba.

La seriedad contribuía bastante más de lo que debería.

Aparté la mirada.

Había cosas más importantes.

Como descubrir si tenía personalidad humana.

—Bien —comenzó Augusto—. Ya se conocen.

—Técnicamente.

Axel me miró.

Algo cambió apenas en sus ojos.

—Es un buen comienzo.

Aquello me sorprendió.

No había sonreído, pero tampoco había sonado desagradable.

Quizá existía esperanza.

Augusto se acomodó.

—Quiero repasar las condiciones generales. Después ustedes pueden modificar todo lo que consideren necesario.

—Las condiciones finales las estableceremos nosotros —dijo Axel.

Lo miré.

—En eso estamos de acuerdo.

—Entonces ya tenemos dos cosas.

Esta vez sí estuve segura de haber visto un pequeño destello de humor.

Augusto ignoró nuestra conversación.

—El acuerdo completo tendrá una duración de un año. El matrimonio deberá mantenerse al menos seis meses y durante ese tiempo vivirán en la misma residencia.

—Eso quiero discutirlo —dije.

Axel soltó una respiración.

—Yo ya lo intenté.

—¿Y perdió?

—Por ahora.

No pude evitar sonreír.

—No tienen que compartir habitación —aclaró Augusto.

Lo miré.

—Gracias por la precisión.

Axel bajó la mirada durante un instante.

¿Estaba conteniendo una sonrisa?

Decidí que probablemente lo imaginaba.

—La convivencia hace que el acuerdo sea creíble —continuó Augusto—. Especialmente frente a la familia.




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