Una fecha escrita

Capítulo 4 El acuerdo

Axel

El almuerzo fue extrañamente normal.

Eso fue lo primero que me incomodó.

Había esperado silencios largos o, como mínimo, otra conversación en la que mi abuelo intentara conducirnos hacia el matrimonio con la sutileza inexistente que lo caracterizaba. En cambio, Teresa había servido pasta, ensalada y carne al horno, Augusto hablaba de cualquier cosa menos del acuerdo y Amara parecía bastante más cómoda de lo que habría imaginado.

No estaba impresionada por la casa ni particularmente intimidada por mi abuelo. Hablaba con Teresa, preguntaba por algunas plantas del jardín y escuchaba historias sobre su infancia con una naturalidad que hacía evidente que aquel lugar no le resultaba completamente ajeno.

Quizá no lo era.

Alfredo había sido importante para mi abuelo durante décadas. Amara probablemente había estado cerca muchas veces cuando yo estaba demasiado ocupado con la universidad, la empresa o mi propia vida para notarla.

Aquella idea me irritó ligeramente.

No por ella.

Por mí.

—Deja de mirar y come —dijo mi abuelo.

Volví hacia él.

—Estoy comiendo.

—No desde hace cinco minutos.

Miré mi plato.

Tenía razón.

—Estoy pensando.

—Eso siempre parece peligroso —dijo Amara.

La miré.

Mantuvo una expresión perfectamente inocente mientras Teresa soltaba una risa junto al mesón.

—Veo que formaron una alianza rápido.

—No fue difícil —respondió Amara—. Parece que hay bastante material.

Negué con la cabeza y continué comiendo.

Había algo desconcertante en ella.

No se parecía demasiado a las mujeres que normalmente se movían dentro de mi círculo. No porque fuera ingenua o particularmente informal; evidentemente no lo era. Era algo más difícil de definir.

Amara parecía ocupar los espacios sin preguntarse constantemente qué impresión producía.

No intentaba agradar.

Tampoco provocar.

Simplemente estaba.

Y eso la hacía considerablemente difícil de ignorar.

—¿Siempre comen aquí? —preguntó.

Me tomó un instante comprender que hablaba conmigo.

—Cuando estoy en esta casa, sí.

—Pensé que utilizarían el comedor.

—Solo cuando hay invitados.

Miró alrededor.

—¿Yo no cuento?

—No después de que Teresa te dio tres galletas.

Frunció el ceño.

—Fueron dos.

—Vi una tercera.

—Eso fue antes del almuerzo.

—Precisamente.

Amara me observó.

—No sabía que llevabas un registro.

Guardé silencio un segundo.

Error.

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—Entonces estabas mirando.

Augusto bajó la cabeza hacia su plato. Reconocí perfectamente el intento de esconder una sonrisa.

—Come, Amara.

—Sí, señor.

La frase fue inocente.

El tono definitivamente no.

La miré.

Ella continuó comiendo con absoluta tranquilidad.

Y por primera vez pensé que convivir con aquella mujer podía ser considerablemente más complicado de lo que había previsto.

Después del almuerzo, Augusto decidió que ya había participado suficiente.

Nos dejó prácticamente abandonados en uno de los corredores con la orden de «seguir hablando» y desapareció bajo la excusa de una reunión que ninguno de los dos creyó.

Amara observó cómo se alejaba.

—Tu abuelo tiene un talento especial para lanzar una bomba y marcharse.

—Décadas de práctica.

—Lo hace muy bien.

—Demasiado.

Nos quedamos en silencio.

Fue ella quien miró hacia los ventanales.

—¿Quieres caminar?

—¿Por qué?

—Porque no quiero sentarme otra hora frente a una mesa hablando de contratos.

Eso era razonable.

—Y aparentemente tenemos que decidir si vamos a casarnos —añadió.

—También.

Salimos hacia los jardines.

Mi abuela los había diseñado muchos años atrás y, después de su muerte, Augusto se había negado a cambiar casi nada. Contrataba jardineros, reemplazaba plantas cuando era necesario y seguía instrucciones que ella había dejado escritas en varios cuadernos.

Era probablemente el lugar más personal de toda la propiedad.

Amara caminó despacio.

No hablaba simplemente para llenar el silencio.

Eso me gustó.

—Tu abuelo dijo que tu abuela diseñó todo esto.

—Sí.

Miró alrededor.

—Se nota.

—¿Por qué?

Se detuvo junto a uno de los senderos.

—Porque no parece hecho para impresionar.

La observé.

—¿Eso es malo?

—Todo lo contrario. Los caminos no llevan directamente a ningún lugar importante. Hay rincones para sentarse, sombra, plantas que deben cambiar durante el año... Es un jardín pensado para utilizarlo, no para verlo desde una ventana.

Nunca había pensado en él de esa manera.

—¿Analizas todos los lugares así?

—Casi siempre.

—Debe ser agotador.

—A veces.

Continuamos.

—¿Y tu casa? —preguntó.

—¿Qué pasa con ella?

—¿La diseñaste tú?

—No.

—¿La compraste terminada?

—Sí.

Su expresión cambió.

—Eso explica mucho.

Me detuve.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Amara.

Sonrió.

—Todavía no la conozco.

—Pero ya tienes una opinión.

—Una hipótesis.

—¿Cuál?

Me estudió durante unos segundos.

—Creo que tu casa parece un hotel.

—No parece un hotel.

—¿Minimalista?

—Sí.

—Colores neutros.

—Sí.

—Muy ordenada.

—Naturalmente.

—Pocas cosas personales a la vista.

Guardé silencio.

Su sonrisa aumentó.

—Hotel.

—No es un hotel.

—Lo decidiré cuando la vea.

—¿Vas a criticar mi casa?

—Soy profesional.

—Eso no respondió.

—Probablemente.

Negué con la cabeza.

No pude evitar imaginarla recorriendo mi casa y señalando todo lo que consideraba demasiado impersonal.

Curiosamente, la idea no me molestó.




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