Una fecha escrita

Capítulo 5 La casa de Axel

Amara

Aceptar casarme con Axel Valmore había resultado sorprendentemente sencillo.

Mudarse con él hizo que todo se sintiera mucho más real.

La diferencia se hizo evidente dos días después, cuando estaba de pie en medio de mi habitación observando dos maletas abiertas sobre la cama y preguntándome qué se suponía que debía llevar para comenzar una convivencia temporal con un hombre al que conocía desde hacía menos de una semana.

Ropa era sencillo.

El computador también.

Lo difícil eran las cosas pequeñas.

La manta que utilizaba para leer. La caja donde guardaba entradas de cine y tarjetas antiguas. Algunos libros que llevaba años prometiéndome volver a leer. Y, sobre todo, la fotografía que permanecía sobre mi mesa de noche.

Mi madre estaba detrás de mi abuelo, abrazándolo por los hombros. Yo tendría unos ocho años y aparecía sentada sobre una de sus piernas haciendo una mueca a la cámara. Mi abuelo tenía una expresión seria que nunca había engañado a nadie.

Tomé el marco.

—Tú vienes conmigo.

Lo acomodé cuidadosamente entre la ropa.

No sabía cuánto tiempo permanecería fuera de aquella casa. Seis meses, quizá. Un año si cumplíamos el acuerdo completo.

Era extraño que algo que todavía ni siquiera habíamos firmado pudiera cambiar tanto una vida.

Mi teléfono vibró.

Axel: Estoy afuera.

Fruncí el ceño.

Habíamos acordado que alguien vendría por mis cosas.

No que fuera él.

Me acerqué a la ventana y lo encontré junto a su automóvil, hablando por teléfono. Incluso desde el segundo piso parecía demasiado serio para una mañana de sábado.

Yo: Pensé que vendría alguien de seguridad.

La respuesta apareció enseguida.

Axel: Vine yo.

Muy esclarecedor.

Yo: Eso ya lo veo.

Los tres puntos aparecieron.

Axel: ¿Necesitas ayuda?

Miré las maletas.

Después la caja.

Finalmente, la cantidad completamente razonable de libros que todavía pretendía llevar.

Yo: Tal vez.

Cinco minutos después escuché golpes en la puerta.

No había tocado el timbre.

Eso me hizo sonreír.

Abrí.

Y durante un segundo olvidé qué iba a decir.

Axel llevaba una camiseta negra, pantalones oscuros y gafas de sol. Era la primera vez que lo veía completamente informal, sin camisa, traje ni esa imagen impecable que parecía acompañarlo incluso cuando intentaba vestirse de manera sencilla.

Fue un descubrimiento innecesariamente interesante.

—Hola.

—Hola.

Sus ojos pasaron brevemente por encima de mi hombro.

—¿Está tu padre?

La pregunta acabó con cualquier pensamiento inconveniente.

—No.

Su mandíbula se relajó apenas.

—¿Ha vuelto?

—Tampoco.

—Bien.

Se quitó las gafas.

—¿Puedo entrar?

Me aparté.

—Pensé que los hombres controladores simplemente entraban.

Axel levantó una ceja.

—Pensé que habíamos establecido que respeto puertas cerradas.

—Punto para ti.

—Empiezo a necesitar un registro.

—Ya existe.

Entró.

Su presencia consiguió que la casa pareciera más pequeña. Axel tenía esa capacidad extraña de llenar un espacio incluso cuando permanecía en silencio.

Miró alrededor con atención, pero sin curiosidad indiscreta.

—Así que esta es tu casa.

—La de mi abuelo.

Sus ojos regresaron a mí.

—También fue la tuya.

No discutí.

—Las cosas están arriba.

—¿Cuánto llevas?

—Dos maletas. Una caja.

Hice una pausa.

—Y libros.

—¿Cuántos?

—No es importante.

Su expresión indicó que sí lo era.

Subimos.

Cuando Axel entró en mi habitación, su mirada recorrió los planos apoyados contra una pared, las plantas junto a la ventana y los libros acumulados en una esquina porque hacía años que la estantería había perdido la batalla.

—No juzgues.

—Todavía no he dicho nada.

—Pero estás calculando.

La esquina de su boca se movió.

—¿Esto es todo?

Señalé las maletas y la caja.

—Sí.

Después miró los libros.

—¿Cuántos quieres llevar?

—Todos.

—Amara.

—Preguntaste.

Se acercó a la pila.

—Son más de veinte.

—Veintitrés.

Su mirada fue hacia mí.

—Los contaste.

—Antes de que llegaras.

Axel pareció debatirse entre discutir y rendirse.

—¿Vas a leer veintitrés libros en un año?

—No necesariamente.

—Entonces ¿por qué necesitas todos?

Lo miré como si acabara de formular una pregunta profundamente preocupante.

—Porque no sé cuál voy a querer leer.

Guardó silencio.

—No entiendo esa lógica.

—Eso explica bastante de ti.

Una sonrisa pequeña apareció.

—Llévalos.

Parpadeé.

—¿Todos?

—Hay espacio.

—Mucho espacio, imagino.

—Demasiado, según tu diagnóstico profesional de una casa que todavía no has visto.

Tomó una de las maletas y después la caja antes de que pudiera alcanzarla.

—Puedo cargarla.

—Lo sé.

—Entonces...

—Y yo también.

Suspiré.

—Esto va a ser agotador.

—Probablemente.

Tomé la otra maleta antes de que intentara hacerlo también.

Bajamos.

Al final hice tres viajes únicamente por los libros. Axel no se burló durante ninguno.

Cuando terminó de acomodarlos en el maletero, me miró.

—Veintitrés.

—Prometiste no juzgar.

—No prometí nada.

—Pero quieres hacerlo.

—Muchísimo.

Reí.

Después cerró el maletero y todo dejó de ser gracioso durante un instante.

Miré la casa.

Por primera vez desde la muerte de mi abuelo iba a salir de allí sin saber cuándo regresaría a dormir.

No era exactamente tristeza.




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