Amara
El domingo llegó demasiado rápido.
Durante la semana había conseguido mantener la comida familiar en una parte razonablemente pequeña de mi mente. Trabajé, revisé el acuerdo con mi abogada y aprendí algunas cosas sobre convivir con Axel.
Se levantaba demasiado temprano, podía pasar horas trabajando sin darse cuenta de que no había comido y utilizaba siempre la misma taza negra aunque tuviera una vajilla completa. También había descubierto algo más importante: vivir con él resultaba mucho más sencillo de lo que había imaginado.
No éramos amigos.
Todavía no.
Pero habíamos encontrado una rutina que funcionaba. Algunas noches cenábamos juntos; otras apenas coincidíamos en la cocina. Podíamos trabajar durante horas en la misma sala sin necesidad de hablar y Axel había sobrevivido a mi música, a mis libros y a una pequeña planta que había colocado junto a la ventana.
No le gustaba.
Pero no la había movido.
Consideraba aquello un triunfo.
Ese domingo, sin embargo, la tranquilidad desapareció frente al armario.
No tenía nada que ponerme.
Era mentira.
El problema era decidir qué vestía una mujer para conocer a la familia multimillonaria de su futuro esposo sin parecer que intentaba impresionarlos ni dar la impresión de que no le importaban.
Terminé eligiendo un vestido color vino, sencillo y de largo por debajo de las rodillas. Marcaba mi cintura sin ser demasiado ajustado. Dejé el cabello oscuro suelto, ligeramente ondulado, y utilicé poco maquillaje.
Cuando terminé de arreglarme, me observé en el espejo.
Seguía pareciendo yo.
Eso era suficiente.
Unos golpes sonaron en la puerta.
—Pasa.
Axel entró.
Y se detuvo.
Solo un instante.
Pero lo noté.
Yo también cometí el error de mirarlo demasiado.
Traje gris oscuro, camisa blanca, corbata negra. El cabello peinado hacia atrás y la barba perfectamente recortada. Era la versión que aparecía en fotografías empresariales, solo que aquellas imágenes no mostraban lo que ocurría cuando estaba a menos de tres metros.
—¿Está bien? —pregunté.
Su mirada recorrió el vestido antes de regresar a mi rostro.
—Sí.
Esperé algo más.
No llegó.
—Eres terrible haciendo cumplidos.
—No preguntaste si me gustaba.
Aquello consiguió que me quedara callada.
Axel sostuvo mi mirada.
—¿Te gusta? —pregunté finalmente.
Algo cambió en sus ojos.
—Sí.
Esta vez no sonó como una evaluación.
—Bien.
Tomé el bolso y caminé hacia la puerta.
—Amara.
Me detuve.
Axel seguía donde estaba.
—Estás muy bonita.
Su expresión era completamente seria.
Eso lo hizo peor.
—Gracias.
Salí antes de empezar a analizar por qué una frase tan sencilla había conseguido alterar mi respiración.
La casa de los padres de Axel era completamente diferente a la de Augusto.
Arquitectónicamente era preciosa. Piedra clara, ventanales enormes y jardines mantenidos con una perfección casi obsesiva.
Pero no tenía la calidez de la casa de su abuelo.
Todo parecía diseñado para impresionar.
No para quedarse.
Axel caminaba a mi lado cuando murmuró:
—No lo digas.
Lo miré.
—¿Qué?
—Estás analizando la casa.
—Es involuntario.
—Y no te gusta.
Sonreí.
—Estás aprendiendo.
Antes de llegar a la puerta, se detuvo.
Su mirada bajó hacia mi mano.
Entonces recordé.
Aquella no era simplemente una comida.
Era nuestra primera actuación.
Axel extendió la mano.
No necesitó explicar nada.
Puse la mía sobre la suya.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una naturalidad que no esperaba.
El contacto debería haber sido simple.
Parte del acuerdo.
Pero su mano era cálida, mucho más grande que la mía, y había algo demasiado fácil en caminar así junto a él.
—¿Bien? —preguntó.
Asentí.
—Bien.
La puerta se abrió antes de que pudiéramos avanzar.
Victoria Valmore no necesitaba presentación.
Era una mujer hermosa, de poco más de cincuenta años, con el cabello oscuro perfectamente recogido y un vestido crema que parecía elegido específicamente para una comida familiar que podía terminar fotografiada en alguna revista.
Sus ojos fueron hacia Axel.
Después hacia mí.
Finalmente hacia nuestras manos.
Sonrió.
—Axel.
—Madre.
Ella besó su mejilla.
—Pensé que llegarías tarde.
—Llegamos antes de la hora.
—Cinco minutos. Estoy impresionada.
Su atención volvió hacia mí.
Axel ajustó ligeramente los dedos alrededor de los míos.
—Amara, mi madre. Victoria.
—Mucho gusto, señora Valmore.
Me observó durante un segundo.
—Victoria está bien.
Sonreí.
—Entonces Amara también.
Hubo una pausa mínima.
—Por supuesto.
Entramos.
No tardé demasiado en comprender que la versión de Axel que yo estaba conociendo no era exactamente la misma que su familia veía. Victoria parecía sorprendida incluso por sus bromas más pequeñas.
Aquello me produjo una curiosidad que no necesitaba.
Llegamos a la terraza.
—¡Por fin!
Sonreí antes de poder evitarlo.
Nick.
Después de una semana escuchando hablar de él, sentía que ya lo conocía.
Era alto, de cabello castaño y con una expresión abiertamente divertida que contrastaba de manera perfecta con Axel.
—Tú debes ser Amara.
—Y tú el famoso Nick.
Su rostro se iluminó.
—¿Famoso?
Axel cerró los ojos.
—No empieces.
Nick me abrazó en lugar de ofrecerme la mano.
—Gracias por existir.
Me aparté riendo.
—¿Perdón?
—Llevo años esperando que alguien altere la rutina de este hombre.
Señaló a Axel.
—Llevas una semana y ya hay una planta en su sala.