Una fecha escrita

Capítulo 7 Demasiado cerca

Axel

El lunes después de la cena familiar encontré una taza sobre la mesa lateral de la sala.

No era la misma que Amara había dejado la primera vez. Esta tenía pequeñas flores azules y todavía conservaba un poco de café frío.

Me quedé mirándola más de lo necesario.

Durante años, aquella sala había permanecido exactamente igual. Cada objeto tenía un lugar, cada superficie estaba despejada y nadie dejaba cosas olvidadas. Amara llevaba poco más de una semana viviendo conmigo y ahora había una planta junto al ventanal, libros ocupando la estantería, una manta doblada sobre el sofá y un recipiente con galletas en la cocina.

No recordaba haber autorizado ninguna de aquellas cosas.

Tampoco había pedido que desaparecieran.

Eso era más preocupante.

Tomé la taza y la llevé a la cocina. Sobre la cafetera encontré una nota adhesiva.

No te acabes el café. También vivo aquí.

La observé durante unos segundos.

Después miré la cafetera.

Había suficiente para ambos.

Naturalmente.

Arranqué la nota con intención de tirarla.

Terminó pegada en un extremo del refrigerador.

No tenía ninguna razón para conservarla.

Nick estaba en mi oficina antes que yo.

Eso ya era suficiente motivo para desconfiar.

Lo encontré sentado frente al escritorio con dos cafés y una sonrisa que anunciaba problemas.

—No.

—Buenos días para ti también.

Dejé el maletín.

—¿Qué quieres?

—Nada. Tenemos una reunión en cuarenta minutos.

Tomé uno de los cafés.

—Entonces prepárate para ella.

—Ya lo estoy.

Esperé.

Nick sonrió.

—Me gusta Amara.

—Lo noté.

—Mucho.

Abrí el computador.

—También lo noté.

—Creo que deberías quedártela.

Lo miré.

—Es una persona, no un cachorro.

—Los cachorros requieren menos trabajo.

Ignoré la respuesta.

Nick no.

—¿Te gusta?

Mi mano se detuvo sobre el teclado.

—Es agradable.

Su expresión dejó claro lo poco que pensaba de aquella respuesta.

—¿Agradable?

—Sí.

—La miraste toda la noche.

—Estábamos interpretando una relación.

—Eso explica que le tomaras la mano.

—Exactamente.

—No explica que olvidaras soltarla cuando Claudia se fue.

Levanté la vista.

Nick parecía demasiado satisfecho.

—Mi madre seguía allí.

—Hablando con Augusto al otro extremo de la terraza.

—Podía mirar.

—Naturalmente.

Volví al computador.

—Tienes demasiado tiempo libre.

—Y tú te estás poniendo a la defensiva.

No respondí.

Nick dejó de sonreír.

—No estoy diciendo que hicieras mal anoche. Ramiro fue un imbécil.

Mi mandíbula se tensó.

—Lo fue.

—Solo digo que te afectó más de lo que esperaba.

—Amara entró en esta situación por una petición de mi abuelo y ahora tiene que lidiar con mi familia. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que la traten con respeto.

—¿Y si no existiera el acuerdo?

Lo miré.

—¿Qué?

—Si hubiera sido simplemente una mujer que llevaste a cenar. ¿Habrías reaccionado igual?

—Sí.

Nick arqueó una ceja.

—Probablemente.

—Eso suena más creíble.

Tomé café.

—¿Terminaste?

—Casi.

Naturalmente.

—Claudia no me interesa —dije antes de que preguntara.

Nick sonrió.

—Ni siquiera había mencionado su nombre.

Cerré los ojos un segundo.

Error.

—Pero ya que lo hiciste... Amara sí preguntó por ella.

Volví hacia él.

—¿Qué preguntó?

La sonrisa aumentó.

—Quién era. Cuánto tiempo estuvieron juntos. Si fue una relación seria.

—Curiosidad.

—Claro.

No me gustó cuánto me interesaba saberlo.

Tampoco lo que esa reacción decía de mí.

—Tenemos una reunión.

—En treinta y dos minutos.

—Entonces ve a prepararte.

Nick se puso de pie riendo.

Antes de salir se volvió.

—Por cierto, la forma en que ella te mira tampoco parece demasiado falsa.

—Sal.

—Con gusto.

La puerta se cerró.

Intenté regresar al informe.

Leí el mismo párrafo tres veces.

Finalmente cerré el computador.

Maldita sea.

Llegué a casa antes de lo habitual.

No por Amara.

Una reunión había terminado temprano y podía trabajar desde casa.

Completamente normal.

Escuché música apenas entré.

Después su voz.

Cantaba.

No especialmente bien.

Sonreí antes de verla.

La encontré sentada en el suelo de la sala entre muestras, planos y una cantidad considerable de papeles. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y un lápiz detrás de la oreja.

No me había escuchado entrar.

—No sabía que además de arquitecta eras cantante.

Amara dio un salto.

—¡Dios!

Reí.

—¿Hace cuánto estás ahí?

—Lo suficiente.

Se llevó una mano al pecho.

—Casi me matas.

—Entré por la puerta principal.

—Podrías hacer ruido.

—Vivo aquí.

—Precisamente.

Me acerqué.

—¿Qué pasó con mi sala?

—Estoy trabajando.

—Parece una explosión.

—La luz aquí es mejor.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre tengo razón.

Me quité la chaqueta.

—¿Qué proyecto es?

Amara levantó la mirada.

—¿Te interesa?

—Pregunté.

Su expresión cambió.

Ya había notado que le ocurría cada vez que hablaba de arquitectura. Todo su rostro parecía despertar.

Tomó dos muestras y empezó a explicarme.

Era un apartamento antiguo que el cliente quería renovar sin perder su estructura original. El problema, según ella, era que pedía espacios cálidos mientras enviaba referencias que parecían recepciones de hoteles de lujo.

—Eso es malo —dije.

—Muchísimo.

Me senté en el sofá mientras extendía varios planos sobre la mesa.




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