Amara
El problema de casi besar al hombre con el que vivías era que a la mañana siguiente seguías viviendo con él.
Desperté antes de que sonara la alarma y me quedé unos minutos mirando el techo, reconstruyendo una escena que no tenía ninguna utilidad repetir: la película, la manta, mi cabeza sobre su hombro, la forma en que Axel había dejado de mirar la pantalla y la distancia entre nosotros disminuyendo hasta que el teléfono de Nick decidió salvarnos —o interrumpirnos— en el momento exacto.
No había pasado nada. Ese era el hecho objetivo. No nos habíamos besado, no habíamos roto ninguna regla y ni siquiera habíamos hablado de lo ocurrido.
Perfecto.
Entonces no tenía ninguna razón para sentirme nerviosa al bajar.
La cocina estaba vacía.
Sentí alivio y, casi inmediatamente, una pequeña decepción que preferí ignorar.
Había café preparado y un mensaje en mi teléfono.
Axel: Salí temprano. Cambiaron una reunión. Llegaré alrededor de las seis. El evento es a las ocho.
El evento.
Durante unos treinta segundos había conseguido olvidarlo.
La empresa de Axel recibiría esa noche un reconocimiento por la restauración de un hotel histórico. La gala reuniría empresarios, arquitectos, inversionistas y medios especializados.
Yo asistiría con él.
Como su prometida.
Públicamente.
Hasta ese momento el compromiso solo era conocido por su familia. Esa noche dejaría de ser así.
Trabajar ayudó.
Pasé casi todo el día concentrada en una propuesta y conseguí mantener a Axel fuera de mis pensamientos durante periodos razonablemente largos.
A las cuatro cerré el computador.
El vestido había llegado esa mañana después de una discusión con Axel sobre quién debía pagarlo. Yo insistí en que podía comprar mi propia ropa; él respondió que nunca había dudado de ello, pero que acompañarlo a eventos derivados del acuerdo convertía ese tipo de gastos en parte del mismo.
Discutimos quince minutos.
Ganó.
Técnicamente.
Porque utilicé la tarjeta.
Pero el vestido lo elegí yo.
Era verde oscuro, largo y sencillo, con una caída suave que marcaba la cintura sin resultar excesiva. Dejaba parte de los hombros descubiertos y no tenía nada que me hiciera sentir disfrazada.
Seguía pareciendo yo.
Eso era importante.
Escuché la puerta principal poco después de las seis.
No bajé.
A las siete menos cuarto tocaron mi puerta.
—Pasa.
Axel entró.
Y se detuvo.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que yo lo notara.
Sus ojos recorrieron lentamente el vestido antes de regresar a mi rostro.
—¿Vas a seguir mirándome?
Pareció volver en sí.
—Probablemente.
Parpadeé.
—Eso fue inesperadamente sincero.
Axel llevaba un esmoquin negro, camisa blanca y corbatín oscuro. Era una imagen demasiado elegante para resultarme cómoda después de haberlo visto descalzo comiendo chocolate apenas unos días antes.
—Estás hermosa —dijo.
Mi respiración perdió el ritmo durante un segundo.
—Gracias.
Su mirada bajó hacia mi cuello.
—Falta algo.
—No necesito nada más.
Sacó una caja pequeña del bolsillo.
Lo miré.
—No.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Eres un Valmore sosteniendo una caja pequeña. No me gusta la estadística.
Abrió la tapa.
Dentro había un collar delicado, una cadena fina con una piedra verde rodeada por un borde discreto de diamantes.
Era precioso.
También demasiado.
—Axel.
—Es para esta noche.
—Dijimos nada personal.
—No es personal. Combina con el vestido.
Lo miré con incredulidad.
—¿Cómo sabías qué vestido elegí?
Hubo una pausa demasiado breve.
—Vi dónde hiciste la compra y pedí que confirmaran el color.
Abrí la boca.
Axel pareció escuchar su propia frase.
—Eso sonó peor en voz alta.
—Muchísimo.
—No revisé tus gastos.
—Solo investigaste qué compré.
—Para elegir esto.
Levantó el collar.
Era difícil discutir mientras sostenía algo tan bonito.
—Sigo molesta.
—Puedes estarlo usándolo.
Solté una risa.
—Eres imposible.
—¿Me dejas?
La pregunta cambió el tono.
Asentí.
Me giré y recogí el cabello hacia un lado.
Sentí sus dedos en mi nuca apenas unos segundos después.
Fue un roce mínimo.
Suficiente.
Axel pasó la cadena alrededor de mi cuello y cerró el broche con cuidado. Sus dedos tocaron otra vez mi piel y mi espalda se tensó demasiado para un gesto tan pequeño.
—Listo.
Su voz sonó cerca.
Solté lentamente el cabello y me volví.
Seguía a menos de un paso.
Nuestros ojos se encontraron.
La noche anterior apareció entre nosotros sin necesidad de mencionarla.
—Gracias —murmuré.
—De nada.
Ninguno se movió.
Respiré.
—Tenemos que irnos.
—Sí.
Axel retrocedió.
Y por alguna razón la distancia resultó más incómoda que la cercanía.
El evento se celebraba en el mismo hotel que recibiría el reconocimiento.
Me gustó antes de saber que era suyo.
La fachada original se conservaba casi intacta y el interior mezclaba piedra, madera y elementos contemporáneos sin borrar la historia del edificio.
Me detuve en el vestíbulo.
—Esto es precioso.
Axel me observó.
—¿De verdad?
—Sí. La restauración está muy bien hecha.
Una pequeña expresión satisfecha apareció.
—Es uno de nuestros proyectos.
Giré hacia él.
—¿Este?
—Sí.
Volví a mirar alrededor.
—No me dijiste.
—Quería una opinión sin influencia.
—Eso es trampa.
—Evaluación independiente.
Sonreí.
—Pues puedes presumir.
Axel extendió el brazo.
Tomé su antebrazo.
Esta vez el gesto no se sintió extraño.