Axel
Había cometido un error.
No había sido llevar a Amara a la gala, anunciar nuestro compromiso frente a media ciudad ni permitir que veintenas de personas comenzaran a hablar de una boda que todavía no tenía fecha.
El error había sido bailar con ella.
Porque después de tenerla entre mis brazos resultaba considerablemente más difícil fingir que aquella atracción podía administrarse con reglas.
Llegué a esa conclusión a las dos de la mañana, acostado y completamente despierto.
Había estado a punto de besarla otra vez.
La primera vez podía atribuirla a la cercanía, al silencio, a una película que ninguno estaba viendo. La segunda ya no tenía ninguna excusa. Había pasado toda la noche consciente de ella: del vestido verde, de su mano sobre mi brazo, de la facilidad con que encajaba entre personas que intentaban medirla por mi apellido y, especialmente, de la manera en que había bailado con Daniel.
Eso último me molestaba.
Más de lo razonable.
No tenía derecho a sentir celos. Nuestra exclusividad era una cláusula práctica, no sentimental. Amara podía conversar, bailar o reír con quien quisiera.
Lo sabía.
Seguía sin gustarme.
Me levanté.
Dormir parecía improbable.
Bajé por agua y encontré luz en la cocina.
Amara estaba allí.
Había cambiado el vestido por un pantalón corto y una camiseta amplia. Tenía el cabello recogido y estaba sentada sobre la encimera comiendo chocolate.
Me detuve.
—¿No puedes dormir?
—Podría preguntarte lo mismo.
Me acerqué.
—Esa es mi barra.
—Vivimos juntos.
—Utilizas demasiado ese argumento.
—Porque funciona.
Partió otro trozo y me lo ofreció.
Lo acepté.
Durante unos segundos ninguno habló.
La situación habría resultado perfectamente normal si no hubiéramos estado a punto de besarnos menos de una hora antes.
Amara balanceó ligeramente una pierna.
—Esto es raro.
—Sí.
Agradecí que lo dijera primero.
—¿Tenemos que hablarlo?
—Probablemente.
—No quiero.
La miré.
—Yo tampoco.
Sonrió apenas.
—Excelente. Matrimonio saludable.
Apoyé las manos sobre la isla.
—Nos atraemos.
Su sonrisa desapareció.
Directo.
Era mejor así.
—Sí —admitió.
No esperaba que lo negara, pero escucharla produjo un efecto que preferí no analizar.
—Y eso puede complicar el acuerdo.
—También.
—Entonces tenemos que ser cuidadosos.
Amara me observó.
—Ya dijimos eso.
—Y casi nos besamos veinte minutos después.
—Buen punto.
El silencio regresó.
—No me arrepiento —dijo.
La miré.
Ella sostuvo mis ojos.
—De casi hacerlo —aclaró—. No me arrepiento.
—Yo tampoco.
Algo cambió entre nosotros.
No era una solución.
Probablemente acabábamos de empeorar el problema.
Amara bajó de la encimera.
—Entonces tendremos que aprender a vivir con eso.
—¿Con qué?
Pasó a mi lado.
—Con querer hacer cosas que probablemente no deberíamos.
Se detuvo apenas un segundo.
—Buenas noches, Axel.
La vi alejarse.
—Amara.
Se volvió.
Pensé en decir algo.
No sabía qué.
Ella esperó.
—Buenas noches.
Su sonrisa fue pequeña.
—Cobarde.
Subió.
Me quedé solo en la cocina.
Sonreí.
Definitivamente aquella mujer iba a convertirse en un problema.
Los días siguientes demostraron que reconocer la atracción no servía absolutamente para controlarla.
Al contrario.
Ahora sabía por qué notaba cada vez que Amara entraba en una habitación.
Sabía por qué mi atención se desviaba hacia sus piernas cuando bajaba en pantalones cortos los domingos, por qué me gustaba encontrarla trabajando en mi sala y por qué empezaba a distinguir su champú del resto de olores de la casa.
Y sabía perfectamente por qué me irritaba recordar a Daniel.
La convivencia, sin embargo, continuó.
Eso era lo extraño.
Desayunábamos juntos cuando coincidíamos. Algunas noches cocinaba ella; otras pedíamos comida. Trabajábamos en la sala y discutíamos por la música. Amara seguía dejando tazas donde no correspondían y yo seguía recogiéndolas, aunque había dejado de hacerlo inmediatamente.
La planta de la ventana ahora tenía una compañera.
No pregunté.
Temía que interpretara mi silencio como autorización para construir un jardín.
El viernes regresé a casa cerca de las siete.
Encontré a Amara sentada en la mesa del comedor rodeada de papeles.
—¿Qué haces?
Levantó la mirada.
—Presupuestos.
Dejé las llaves.
—Parecen muchos.
—Porque son muchos.
Me acerqué.
Había cotizaciones de software, equipos, alquileres y mobiliario.
—¿El estudio?
Asintió.
—Empecé a calcular qué necesitaría.
Recordé nuestra primera conversación.
Entonces averígualo.
Había hecho exactamente eso.
—¿Y?
Amara dejó el lápiz.
—Es más caro de lo que esperaba.
Tomé una de las hojas.
—Esto está inflado.
—¿Qué?
Señalé una cifra.
—Este alquiler. Conozco esa zona.
—¿Desde cuándo sabes cuánto cuesta arrendar una oficina?
—Tengo propiedades.
—Claro. Pregunta estúpida.
Seguí revisando.
—No necesitas empezar con todo esto.
—Quiero hacerlo bien.
—Hacerlo bien no significa comprar todo el primer día.
Se recostó.
—¿Qué quitarías?
Tomé una silla.
Terminamos revisando los números durante casi una hora.
No intenté construirle el estudio ni resolverle el problema. Ella tampoco me pidió hacerlo. Simplemente discutimos qué era indispensable, qué podía esperar y qué gastos no tenían sentido durante los primeros meses.
—Podrías comenzar con menos de la mitad —dije finalmente.